Václav Havel, presidente de aquella Checoslovaquia hoy desaparecida y liberada del totalitarismo soviético tras la caída del Muro de Berlín, sostenía que el final del comunismo, como el del fascismo ,deja una advertencia para la humanidad: “La sociedad ha vuelto a atestiguar el rechazo del hombre a la manipulación y la rebelión de la singularidad humana contra su encarcelamiento en una ideología homogénea”.

Esa idea me lleva a reflexionar sobre el presente de la sociedad en la que vivimos.

La reflexión cobra actualidad a raíz de unas declaraciones del exdiputado socialista Eduardo Madina en un programa de radio, donde valoró la actuación del Gobierno ante la crisis de Ceuta. Su opinión podrá compartirse o discutirse, pero conecta con una inquietud extendida en amplios sectores de la sociedad: resulta difícil comprender cómo se pasó de definir lo sucedido como "una amenaza a la integridad territorial de España"—en palabras de Pedro Sánchez—a rebajarlo después a la categoría de "crisis migratoria".

Ceuta, sin embargo, no es solo una frontera ni un episodio administrativo: es una cuestión de Estado. Y, como tal, exige una respuesta a la altura, algo que no parece apreciarse ni en el Gobierno ni en el principal partido de la oposición. Hoy, Ceuta concentra una incertidumbre política de alcance imprevisible: afecta al partido que gobierna, y al propio Gobierno, tensiona el sistema de partidos y proyecta sus consecuencias sobre la política exterior, en especial sobre la compleja relación con el Reino de Marruecos.

El clima político se vuelve aún más sombrío cuando cualquier discrepancia es recibida como una afrenta, y más todavía cuando esa reacción procede de un ministro del Gobierno. El titular de Transportes y Movilidad Sostenible, señor Puente, no respondió al Sr. Madina con argumentos, sino con una descalificación personal tan áspera como innecesaria, al acusarlo de "rencoroso": "el rencor es un veneno que te tomas tú, creyendo que vas a matar al otro, pero el otro está vivito y coleando y es presidente del Gobierno, y tú andas de tertuliano exhibiendo tu rencor…".

Tal vez el comentario habría quedado en la anécdota si su autor no fuese ministro de España. Pero lo es, y por eso importa. Importa porque legitima un tono, porque alimenta una forma de entender la política como trinchera y porque empuja a otros militantes a disparar contra quien se atreve a disentir. Se puede tener razón o estar equivocado; se puede ejercer la crítica o practicar la adhesión. Lo que resulta inquietante es que algunos seguidores del señor Puente lleguen a tachar de "fascista", "facha" o "traidor" a quien simplemente piensa distinto, o da una opinión diferente de la oficial. Esa práctica, por desgracia, se ha convertido en una rutina contra muchos de quienes discrepan.

Todo ello refuerza una sospecha incómoda: una corriente seductora e intransigente se abre paso en una sociedad demasiado tensionada. No llega en forma de viejas consignas, sino con el ropaje amable de superioridad moral. Nos conduce hacia un populismo intolerante que, como un virus silencioso, se instala en las venas de la vida pública y acaba condicionando nuestra manera de pensar. Algunas gentes están predispuestas a no entenderse, sino a odiarse.

Hay quienes se creen tan libres que contemplan la enfermedad moral de "los otros" mientras se proclaman inmunes. Sin embargo, también el antifascismo y el anticomunismo pueden degenerar, si se ejercen desde la intolerancia, en reflejos autoritarios semejantes a aquellos que dicen combatir. Lo que creíamos sepultado en la noche de la historia regresa, disfrazado de virtud, como un viejo monstruo con piel nueva.

La verdad, o la opinión del diferente, incómoda: no somos tan libres como creemos. Estamos perdiendo la capacidad de discernir, de matizar, de escuchar, de argumentar. El discrepante ya no es un interlocutor, sino un sospechoso; ya no se le refuta, se le etiqueta; ya no se le responde, se le expulsa simbólicamente del espacio común.

Mientras tanto, la libertad se apaga lentamente, casi sin percibirse, como una lámpara que pierde. Hemos manoseado su significado, lo hemos reducido a consigna y, quizá por haberla recibido como herencia, hemos dejado de sentir su pérdida como amenaza. Así, con la ligereza de lo efímero, la democracia—asediada por quienes dicen defenderla y por quienes abiertamente la desprecian— se debilita día tras día sin que apenas reparemos en ello. Nos entregamos, casi sin resistencia, al vasallaje del seguidismo ciego.

Porque la libertad—la de pensar, actuar y discernir—nunca ha sido gratuita. Tiene un precio, y quizá el nuestro consista en defenderla cuando incomoda, cuando exige coraje y cuando obliga a enfrentarse a las consignas dominantes, a lo políticamente correcto.

Antes de que la sinrazón pueda cerrar las ventanas, conviene recordarlo con toda claridad: frente al ruido, más razón; frente al sectarismo, más democracia; frente al miedo, más libertad. Y frente al avance de las tinieblas, una exigencia irrenunciable: Luz, ¡¡¡más luz!!!

Fernando Mora es politólogo y secretario de Análisis y Estudios Estratégicos del PSOE de Castilla-La Mancha