Este verano ha hecho más calor que nunca. Incluso en el norte, tradicional refugio estival, que ha registrado marcas históricas en máximas y mínimas. Asturias, Cantabria, Guipúzcoa y mi querida León no estaban preparadas. Tampoco Andalucía, donde por primera vez se han activado avisos rojos por temperatura máxima en septiembre.
Durante los 92 días que incluye el verano meteorológico, en Castilla-La Mancha, salvo por esos días de finales de agosto, tampoco hubo tregua. En Zaorejas, Tobarra y Munera llegaron a 43 grados. Toledo y Alcázar de San Juan sumaron, respectivamente, 55 y 56 noches tropicales, esas en las que el mercurio no baja de 20. Y dando gracias, porque en Canarias hubo noches en las que superó los 30.
A falta del balance definitivo, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha señalado que este verano ha sido, con toda probabilidad, el más cálido de la serie histórica en la España peninsular. También ha sido el más letal: el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III y el Ministerio de Sanidad ha registrado más de cinco mil muertes atribuibles a la temperatura, 171 de ellas en nuestra región.
En una conversación posvacacional, el catedrático de Física de la Tierra Enrique Sánchez Sánchez afirmaba que la gravedad de este verano radica en la persistencia del calor, sin descensos térmicos de más de tres días, y temperaturas mínimas consecutivas tan elevadas que impiden el descanso, el sueño y la recuperación física de la población. Y desde muy pronto, porque ya hizo mucho calor a finales de la primavera.
Dice este profesor universitario que, en climas templados como el nuestro, hay que ir olvidando las estaciones tal y como las conocíamos. El verano se alarga, el invierno se difumina, la primavera y el otoño se desplazan. Habrá que redefinirlas todas, señala, pero con dos grados más cada una.
Para empezar el curso sin alegría, me da otra mala noticia. Se está formando un Niño "salvaje" que alcanzará su pico en diciembre. Este fenómeno cíclico que calienta las aguas superficiales del Pacífico central durante varios meses y que altera la circulación atmosférica, tendrá un impacto inusual en las lluvias y las sequías en varias zonas del planeta.
Es, según Sánchez, "el Niño de mayor incremento de temperatura del mar que se haya observado nunca desde que hay registros". Esa intensidad, explica, permite proyectar con bastante certeza que el año que viene rozaremos otro récord de temperatura: 2026 ya va camino de situarse entre los dos o tres años más cálidos y 2027 "tiene toda la pinta" de volver a batir la marca.
Ante semejante sopapo de realidad, cuesta creer que todavía haya apóstoles del negacionismo. El cambio climático no causa los incendios de sexta generación ni desastres como el de Nepal, pero el calentamiento global sí favorece la propagación del fuego y está detrás del colapso de los glaciares porque derrite el hielo, degrada el permafrost y desestabiliza las laderas.
La evidencia científica es indiscutible frente al discurso del ruido, que responde a dinámicas de confrontación y se sostiene únicamente en la polarización ideológica, el entusiasmo desinformado y muchas falsedades deliberadas, igual que ocurre con el terraplanismo o los antivacunas.
Desde la comunicación y desde la ciencia debemos hacer autocrítica e insistir en la pedagogía. Por el camino, tenemos que establecer mecanismos de adaptación, como la creación de espacios amables frente al calor o la protección y ampliación del arbolado en entornos urbanos. También es preciso mitigar, por ejemplo, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero mediante la adopción de hábitos de consumo asociados a procesos menos contaminantes.
Ya tenemos refugios climáticos y políticas públicas que incentivan la descarbonización, pero se impone doblar los esfuerzos y actuar de manera conjunta y sistemática. Porque, y en esto Sánchez es tajante, "muy probablemente, el verano de 2026 será de los más frescos de las próximas décadas".