Hay tragedias que son inevitables y hay otras que, sin poder evitarse por completo, se agravan por la negligencia, la improvisación y la falta de sentido común. Los incendios forestales que cada verano arrasan España pertenecen, en demasiadas ocasiones, a este segundo grupo.
No hacía falta ser ingeniero de montes, climatólogo o premio Nobel para anticipar lo que iba a ocurrir este verano. Después de un año excepcionalmente lluvioso, el campo ha explotado de vegetación. Lo que en primavera era una imagen de esperanza, en julio y agosto se convierte en millones de toneladas de combustible esperando una chispa. Era una evidencia. Una certeza. Una realidad que cualquiera podía prever y, sin embargo, una vez más, llegamos tarde.
Resulta desesperante comprobar que seguimos actuando como si los incendios fueran un fenómeno imprevisible. Cada verano se repite el mismo guion: ruedas de prensa, declaraciones solemnes, promesas de pactos, visitas institucionales, homenajes y millones de euros destinados a apagar fuegos que nunca debieron alcanzar semejante dimensión.
La prevención continúa siendo la gran olvidada.
Mientras tanto, para un pirómano sigue saliendo ridículamente barato prender fuego a un monte. Las consecuencias para quien destruye miles de hectáreas de patrimonio natural, pone en riesgo vidas humanas y arruina pueblos enteros deberían ser ejemplares. Porque quien incendia un bosque no ataca únicamente árboles; ataca el futuro de generaciones enteras.
Y cuando el fuego empieza, ya no existen milagros. Solo profesionales jugándose la vida.
Por eso resulta especialmente irritante escuchar ahora al Gobierno hablar de un supuesto Pacto de Estado contra los incendios si detrás de ese anuncio no existe un contenido concreto, financiación suficiente ni un compromiso real con la gestión forestal. España no necesita otro titular. Necesita motosierras, desbrozadoras, cortafuegos, limpieza de montes, caminos forestales en condiciones, vigilancia permanente y plantillas suficientemente dimensionadas durante todo el año.
No basta con apagar incendios. Hay que impedir que se produzcan o, al menos, reducir drásticamente su capacidad destructiva.
Durante demasiado tiempo determinadas políticas han convertido el simple desbroce de un monte casi en un pecado medioambiental. Cuidar el bosque no consiste en abandonarlo a su suerte. Un monte limpio no es un monte destruido; es un monte protegido. Gestionar la masa forestal no es atacar la naturaleza, sino defenderla. La biodiversidad no se preserva contemplando cómo arden miles de hectáreas cada verano.
La verdadera política ambiental no consiste en redactar documentos impecables ni en multiplicar los discursos grandilocuentes. Consiste en invertir donde realmente importa. En contratar más brigadas forestales. En mantener retenes durante todo el año. En recuperar el aprovechamiento tradicional del monte. En limpiar, desbrozar y planificar antes de que llegue el calor.
Porque, aunque algunos parezcan olvidarlo, prevenir siempre resulta infinitamente más barato que reconstruir.
Y mientras el país contempla con angustia cómo el fuego avanza, hay responsables públicos que parecen incapaces de entender la gravedad del momento. En lugar de aportar serenidad, unidad y responsabilidad institucional, aprovechan cualquier tragedia para alimentar la confrontación política.
Especialmente desafortunadas resultan las continuas intervenciones del ministro Óscar Puente en situaciones de máxima tensión nacional. En momentos en los que los ciudadanos esperan altura de miras y mensajes de apoyo a quienes luchan contra las llamas, entrar en la pelea política solo contribuye a aumentar la crispación. España necesita ministros concentrados en las responsabilidades de su cartera y un Gobierno que transmita liderazgo y coordinación cuando el país afronta una emergencia, no más ruido ni más división.
España no puede resignarse a convertir cada verano en una sucesión de catástrofes anunciadas. No puede aceptar que cada incendio sirva únicamente para inaugurar una nueva ronda de promesas que desaparecerán con las primeras lluvias del otoño.
Los héroes seguirán siendo los bomberos forestales, los agentes medioambientales, la Guardia Civil, la UME, los voluntarios y todos aquellos que arriesgan su vida para salvar la de los demás. Pero un país serio no puede conformarse con tener héroes. Tiene que tener gobernantes capaces de anticiparse.
Porque cuando el monte arde, el fracaso no empieza con la primera llama. Empieza mucho antes, cuando quienes tenían la obligación de prevenir prefirieron limitarse a reaccionar.