«Cerca del Tajo, en soledad amena…»
Garcilaso de la Vega
Garcilaso vivió en un tiempo diferente, cuando la relación con el paisaje no necesitaba pasar por tantas mediaciones ni traducirse inmediatamente al lenguaje de las estrategias, los indicadores y los planes de actuación. Podía acercarse al Tajo, sentarse junto al agua y escribir unos versos sin que nadie hubiera considerado necesario organizar previamente una jornada técnica sobre nuevos modelos de gobernanza fluvial. Como no disponía de hojas de ruta, procesos participativos ni presentaciones llenas de gráficos, tuvo que recurrir a un método que hoy podría parecernos algo temerario: mirar lo que tenía delante. Y como mirar significaba detenerse, escuchar y aceptar que la realidad podía decir algo antes de ser convertida en documento, encontró árboles, sombra, corriente, belleza y hasta ninfas. Hoy seguramente recibiríamos su entusiasmo con comprensión, aunque también procuraríamos actualizarlo mediante un enfoque transversal, resiliente y territorialmente integrado. Después lo invitaríamos a una mesa redonda, le concederíamos siete minutos de intervención y le rogaríamos que resumiera bastante lo de las aguas, porque el programa vendría muy ajustado.
La diferencia no consiste en que aquel tiempo fuera menos avanzado ni en que el nuestro haya perdido toda capacidad de contemplación, sino en que hemos adquirido una extraordinaria habilidad para colocar palabras entre nosotros y las cosas. Allí donde Garcilaso veía un río, nosotros distinguimos una masa de agua sometida a múltiples presiones; donde encontraba una ribera, detectamos un espacio susceptible de regeneración; y donde escuchaba el rumor de la corriente, apreciamos la conveniencia de crear un grupo de trabajo encargado de valorar la oportunidad de elaborar un documento previo. Puede que el agua no haya salido especialmente beneficiada de este progreso terminológico, pero nadie podrá negar que ahora somos capaces de describir sus problemas con una riqueza administrativa que habría dejado al poeta sin necesidad de recurrir a las musas.
Toledo conserva con su río una relación de una delicadeza admirable. La ciudad procura no invadir su intimidad, evita someterlo a una presencia excesiva y mantiene con él esa distancia educada que se reserva a los familiares lejanos, a las amistades de juventud y a determinados asuntos que podrían solicitar algún compromiso. Sabemos que está ahí porque aparece en las fotografías, porque lo cruzamos de vez en cuando y porque forma parte de esa silueta que enseñamos con orgullo a quienes vienen de fuera. Nos alegra comprobar que continúa rodeando Toledo y deseamos sinceramente que se encuentre bien, aunque tampoco parece razonable convertir el afecto en una relación cotidiana. Hay cariños que envejecen estupendamente cuando se administran desde un mirador.
La altura ha sido, en este sentido, una gran aliada. Desde arriba, el Tajo parece más limpio, las orillas resultan menos incómodas y cualquier deterioro adquiere una serenidad casi pictórica. La distancia posee una capacidad extraordinaria para mejorar la realidad sin modificarla. Lo que junto al agua podría parecer abandono se convierte, contemplado desde varios cientos de metros, en una textura paisajística de gran interés. Las tonalidades dudosas encuentran acomodo en la composición, los problemas pierden detalle y el conjunto recupera armonía. Si además coincide el atardecer, hasta la resignación adquiere una luz magnífica y puede compartirse en las redes sociales acompañada de una frase sobre la ciudad eterna.
Conviene reconocer que el Tajo cumple con notable profesionalidad la función que Toledo parece haberle asignado. Se coloca discretamente bajo la ciudad, dibuja la curva necesaria, realza la severidad de la roca y aporta profundidad a la panorámica. No reclama protagonismo, no interrumpe las visitas y, salvo alguna crecida inoportuna, suele permanecer dentro de los límites del encuadre. Es un río de una educación ejemplar, siempre dispuesto a embellecer a los demás y a ocultar sus propios problemas para no estropear la fotografía. Pocos elementos del paisaje trabajan tanto por la imagen de Toledo y reciben a cambio una relación tan cuidadosamente distante.
La dificultad comienza cuando alguien recuerda que debajo de la imagen existe un río verdadero. Entonces aparecen cuestiones de peor gusto, como la calidad del agua, el estado de las riberas, la vida del cauce, la pérdida de usos o la extraña relación de una ciudad que presume de estar abrazada por el Tajo mientras procura no bajar demasiado hasta él. Son preguntas poco elegantes porque obligan a abandonar la panorámica. Desde cerca desaparece parte de la poesía institucional y comparece la materia. Hay barro, vegetación, sedimentos, olores, residuos y una realidad que no siempre ha tenido la cortesía de consultar el folleto turístico antes de presentarse.
Toledo, por otra parte, tiene mucho trabajo administrando su propia importancia. La ciudad lleva siglos contemplándose y ha adquirido una notable experiencia en la materia. Cada calle posee un relato, cada esquina reclama una anécdota y cualquier piedra parece haber participado, de un modo u otro, en la construcción de la civilización occidental. Hemos alcanzado tal nivel de especialización que un desnivel puede convertirse en patrimonio, una sombra en leyenda y una pared en argumento para una visita temática. Admirarse durante tantos siglos exige dedicación, y quizá por eso ha quedado poco tiempo para mirar hacia abajo. No debe de ser sencillo gestionar una ciudad que se considera imprescindible para la historia universal y, al mismo tiempo, recordar que a sus pies pasa agua.
El Tajo tampoco ha sabido promocionarse. Carece de horario, no vende entradas, no ofrece audioguía y todavía no ha abierto una tienda donde adquirir una reproducción en miniatura del propio río. Además, cambia de aspecto, modifica sus orillas, lleva más o menos agua según las circunstancias y arrastra ramas sin respetar la identidad visual de la ciudad. Su comportamiento resulta difícil de integrar en una estrategia de marca. Se diría que continúa empeñado en actuar como un ecosistema, una obstinación comprensible desde el punto de vista natural, pero poco práctica para una ciudad acostumbrada a que todo tenga un relato estable, una iluminación conveniente y una explicación que pueda completarse antes de la hora del aperitivo.
Nos entendemos mejor con aquello que permanece quieto. Lo inmóvil acepta una restauración, posa con paciencia durante la visita institucional y suele conservar la buena educación de quedarse exactamente donde se le ha colocado. Un río, en cambio, continúa moviéndose después de los discursos. No se detiene cuando llega el turno de agradecimientos, no parece impresionado por las palabras «histórico» o «transformador» y nunca mira a cámara. Es difícil inaugurar definitivamente algo que insiste en moverse y que, además, tiene la impertinencia de necesitar atención cuando ya ha terminado el acto oficial.
Tal vez por eso preferimos hablar del Tajo en lugares secos. Las reuniones sobre el río se desarrollan con todas las comodidades necesarias para que el agua no distraiga. Allí se proyectan fotografías, se analizan datos, se comparten diagnósticos y se renueva el firme propósito de acercar Toledo a su cauce. El procedimiento está muy perfeccionado. Se comienza recordando la importancia histórica del río, se continúa explicando la complejidad de sus problemas y se concluye manifestando que queda mucho camino por recorrer. El Tajo, informado indirectamente de estos avances, sigue pasando con una discreción que debería agradecérsele.
Sería injusto afirmar que no existe preocupación. Hay preocupación abundante, bien distribuida y correctamente redactada. Se manifiesta mediante estrategias, planes, declaraciones, jornadas, proyectos, estudios, acuerdos, comisiones y documentos de seguimiento. A estas alturas, el Tajo debe de ser uno de los ríos más acompañados administrativamente de Europa. Pocas corrientes han recibido tantas muestras formales de afecto. Si los informes aportaran caudal, probablemente sería necesario reforzar los puentes y declarar preventivamente una situación de emergencia.
La dificultad parece residir en que el río no lee. A pesar de la cantidad de documentos que lo reconocen como prioridad, continúa mostrando una resistencia preocupante a mejorar únicamente mediante palabras. Quizá nadie le ha explicado con suficiente claridad que se encuentra incluido en diversas líneas estratégicas. Tal vez desconozca que existe voluntad política. O acaso el agua, ignorante de los procedimientos, espera decisiones continuadas y resultados visibles, una pretensión algo impaciente para quien lleva siglos pasando por el mismo sitio y debería comprender que las cosas importantes requieren varias legislaturas, numerosos estudios y una prudente sucesión de anuncios.
Cada cierto tiempo se abre una nueva etapa en la relación entre Toledo y el Tajo. Se habla de recuperar las riberas, integrar el río en la ciudad, abrir nuevos espacios y reconstruir el vínculo perdido. La expresión «reconciliar Toledo con su río» ha alcanzado ya la categoría de tradición. Se pronuncia con regularidad, genera titulares y permite transmitir una saludable sensación de comienzo. Toledo y el Tajo llevan tantos años reconciliándose que uno empieza a sospechar que disfrutan especialmente de la fase previa, porque después de cada nuevo encuentro continúan viviendo con la misma distancia, aunque algo más documentados y con mejores infografías.
Quizá la reconciliación necesite tiempo. Las relaciones profundas no deben precipitarse y, en este caso, parece haberse optado por una prudencia de largo recorrido. Si seguimos avanzando con esta serenidad, es posible que las generaciones futuras contemplen el inicio de los trabajos preparatorios para estudiar las condiciones de un eventual acercamiento. Sería irresponsable exigir resultados inmediatos cuando todavía queda tanto por analizar sobre la conveniencia de comenzar a hacer aquello que llevamos décadas anunciando.
La paciencia ha sido una de nuestras grandes virtudes. Antes de actuar conviene estudiar, antes de estudiar resulta conveniente analizar y antes de analizar es razonable acordar qué administración debe coordinar el análisis. El método evita errores y, sobre todo, reduce el riesgo de que la realidad se modifique demasiado deprisa. No vaya a ocurrir que el río mejore antes de que estén concluidos los documentos y nos obligue a revisar los objetivos estratégicos. Una recuperación inesperada podría generar serios problemas de planificación.
La ciudadanía tampoco puede declararse ajena a esta historia. La indiferencia ha sido una obra colectiva y, como toda obra de cierta envergadura, ha requerido continuidad, esfuerzo y una coordinación espontánea admirable. Los toledanos queremos un río limpio, vivo, natural y accesible, aunque agradeceríamos que la naturaleza moderase algunas de sus costumbres. Deseamos vegetación, siempre que crezca ordenadamente; biodiversidad, si no vuela demasiado cerca; riberas, pero sin barro; agua, aunque sin humedad; y espacios naturales, preferiblemente iluminados, seguros, con bancos, cobertura y un aparcamiento a una distancia compatible con la defensa del medio ambiente.
No parece una petición desproporcionada. Solo esperamos que el río conserve todo aquello que valoramos de la naturaleza y elimine aquello que resulta propio de ella. Nos atrae una ribera llena de vida, aunque sería conveniente que esa vida hubiera recibido unas nociones básicas de convivencia urbana. Los insectos podrían limitar su actividad a determinadas horas, las ramas deberían evitar crecer donde dificulten las vistas y el barro tendría que comprender que los ciudadanos desean conectar con el territorio sin mancharse el calzado. Con un poco de voluntad, el ecosistema podría adaptarse mejor a nuestras necesidades y ofrecer una experiencia natural suficientemente auténtica, pero sin los inconvenientes de la autenticidad.
El Tajo, sin embargo, persiste en comportarse como un río. Cambia de nivel, arrastra materiales, modifica las orillas y altera el paisaje sin solicitar autorización. Carece de disciplina y muestra una preocupante resistencia a mantener una imagen estable. Sería mucho más cómodo si permaneciera transparente, silencioso y disponible para la fotografía, pero el agua conserva algunas manías antiguas y parece no haber comprendido todavía las ventajas de una adecuada estrategia de comunicación.
Cuando la conversación se vuelve incómoda, aparece la nostalgia, que continúa siendo una de nuestras políticas ambientales más eficaces. Alguien recuerda los baños, las meriendas, las tardes de infancia o un Tajo distinto. Todos asentimos, suspiramos y durante unos minutos el río experimenta una recuperación sentimental de notable intensidad. Después cambiamos de asunto y la corriente continúa igual, aunque ahora más acompañada por nuestros recuerdos y algo más fortalecida por la certeza de que antes todo era diferente.
La nostalgia ofrece ventajas evidentes. No necesita presupuesto, no exige coordinación administrativa y permite recuperar cualquier paisaje sin moverse del sitio. Además, transforma la pérdida en una anécdota entrañable. Decimos que «antes era diferente» y la frase deja la impresión de que el río atravesó una mala etapa, como quien envejece, pierde algunas amistades y abandona costumbres saludables. Parece que el Tajo se deterioró por razones personales, quizá porque una mañana amaneció cansado, decidió dejar de cuidarse y comenzó a presentarse por Toledo con un aspecto menos saludable. Estas cosas ocurren, y tampoco conviene buscar responsables para todo.
Las generaciones jóvenes han heredado una relación más moderna y eficiente. Conocen el río mediante datos. Saben dónde nace, cuánto mide, qué territorios atraviesa y dónde desemboca. Pueden situarlo en un mapa, completar una ficha y responder correctamente en un examen. Después cruzan alguno de sus puentes y continúan el camino. Hemos conseguido un sistema educativo muy avanzado: permite saber casi todo sobre el Tajo sin necesidad de acercarse a su orilla, escuchar sus sonidos o descubrir que un río posee algo más que longitud, afluentes y una desembocadura.
Quizá dentro de unas décadas resulte necesario inaugurar un centro de interpretación que explique cómo era la antigua costumbre de bajar al río. Habrá fotografías, testimonios, pantallas interactivas y una experiencia inmersiva. Los visitantes podrán caminar virtualmente por una ribera sin exponerse al barro, los insectos, la humedad ni la pérdida de cobertura. El proyecto será presentado como una recuperación innovadora de la memoria fluvial y recibirá algún reconocimiento por acercar el Tajo a la ciudadanía. El río auténtico pasará a pocos metros, aunque tampoco conviene confundir la experiencia cultural con la realidad.
Toledo posee una extraordinaria capacidad para convertir en patrimonio aquello que previamente ha dejado de vivir. El procedimiento funciona con precisión. Primero desaparece una costumbre, después se recopilan fotografías y finalmente se inaugura una exposición. Con el río podríamos seguir el mismo camino. Algún día se presentará una muestra titulada El Tajo que fuimos, con mapas antiguos, poemas, recuerdos familiares y una instalación sonora que reproducirá el agua. La exposición cerrará puntualmente por la tarde y el río seguirá abierto, aunque probablemente nadie considere necesario bajar porque la experiencia ya habrá sido suficientemente completa.
Garcilaso, mientras tanto, continuará siendo citado porque reúne todas las cualidades necesarias para participar en nuestra relación contemporánea con el Tajo. Es prestigioso, elegante y no formula preguntas. Repetimos «cerca del Tajo» con verdadera emoción, aunque cada vez vivamos más lejos de él. La distancia, naturalmente, no se mide solo en metros. Una ciudad puede estar rodeada por un río y haber logrado que casi nadie lo sienta próximo. También puede convertir al poeta que lo cantó en una referencia constante y mantener, al mismo tiempo, una relación cada vez más abstracta con el paisaje que inspiró sus versos.
Los poetas muertos tienen la ventaja de que no regresan para comprobar el estado de los lugares que cantaron. Garcilaso no puede acercarse a la orilla, mirar alrededor y preguntar qué ha sucedido. Tampoco puede comparar ni exigir explicaciones. Es un embajador perfecto: mejora los discursos, aporta altura cultural y no solicita resultados. Si regresara y preguntara por el agua, le explicaríamos que la situación es compleja; si insistiera en conocer el estado de las riberas, le hablaríamos de las distintas competencias; y si quisiera saber cuándo volverá el Tajo a ocupar un lugar central en la vida de Toledo, le entregaríamos un documento cuidadosamente diseñado.
Después lo invitaríamos a participar en una jornada titulada Garcilaso y los nuevos paradigmas de la sostenibilidad territorial, donde dispondría de una intervención breve por necesidades de programa. Al finalizar recibiría un obsequio institucional, probablemente una reproducción del perfil de Toledo en la que el río aparecería, como corresponde, en la parte inferior, discreto, elegante y perfectamente integrado en el conjunto.
Lo importante es conservar la perspectiva. La situación no puede ser tan grave mientras el Tajo continúe apareciendo en las fotografías. Todavía hay cauce, todavía pasa agua y todavía podemos señalarlo desde los miradores. Hemos reducido nuestras expectativas con una eficacia digna de estudio. Ya no preguntamos qué río queremos, sino qué grado de deterioro estamos dispuestos a considerar razonable sin que resulte desagradable durante el paseo o comprometa la belleza general de la panorámica.
La resignación también necesita aprendizaje. Al principio, un problema sorprende; después preocupa; más tarde incomoda y, cuando lleva suficiente tiempo entre nosotros, termina incorporándose al paisaje. Entonces deja de parecer urgente y adquiere la respetabilidad de lo tradicional. Tal vez el deterioro del Tajo alcance algún día la categoría de patrimonio inmaterial y tengamos que protegerlo frente a posibles alteraciones. Una mejora demasiado rápida podría resultar extraña para quienes han crecido considerando que el río era así y que pedir algo diferente era una forma de ingenuidad.
Existe una ironía difícil de ignorar en una ciudad capaz de debatir con enorme intensidad sobre cualquier cambio visible mientras contempla el estado de su río con paciencia filosófica. Discutimos sobre materiales, iluminación, colores, pavimentos y perspectivas, pero el agua puede esperar. El agua siempre ha esperado. Lleva siglos pasando por aquí y parece poco probable que abandone su puesto sin avisar. Esa confianza quizá sea nuestra forma más refinada de irresponsabilidad, porque hemos terminado confundiendo antigüedad con invulnerabilidad y permanencia con garantía.
Tratamos el Tajo como si formara parte del decorado estable de Toledo, una línea asegurada por la geografía y obligada a permanecer en su sitio independientemente de lo que ocurra. Sin embargo, los ríos no se conservan mediante discursos, no se alimentan de nostalgia y no recuperan su salud porque los llamemos históricos, emblemáticos, vertebradores, esenciales o estratégicos. Podemos reunir todos los adjetivos en una sola declaración, imprimirla en papel de calidad y presentarla junto al cauce, pero el agua continuará necesitando agua.
Tal vez por eso ya nadie canta al Tajo. No porque falten poetas ni músicos, sino porque la canción exige cercanía. Para cantar un lugar hay que haberlo vivido, haber caminado junto a él y sentir que aquello que le sucede modifica también nuestra propia historia. Nosotros hemos sustituido esa relación por una presencia visual. El río aparece en los logotipos, en los discursos, en las campañas y en las fotografías, pero ocupa cada vez menos espacio en la experiencia cotidiana. Lo utilizamos como paisaje, lo proclamamos como símbolo, lo gestionamos como problema y lo visitamos como excepción. No está mal para el río que explica por qué Toledo existe donde existe.
Quizá haya llegado el momento de escribir otra canción, aunque convendría evitar los himnos solemnes y las declaraciones cargadas de palabras importantes. El Tajo ha recibido bastante retórica. Necesita una canción con ironía, capaz de señalar nuestra extraordinaria habilidad para anunciar futuros que nunca terminan de llegar y nuestra costumbre de celebrar reencuentros sin modificar la distancia. Una canción que sonría ante la facilidad con la que transformamos un problema prolongado en una oportunidad para organizar una jornada y que recuerde que ningún río ha recuperado todavía su vida gracias a la correcta colocación de un atril.
Sería una canción que recordara que admirar no significa cuidar, que fotografiar no equivale a conocer y que citar a Garcilaso no mejora la calidad del agua. Una canción que preguntara por qué repetimos que el Tajo forma parte de nuestra identidad mientras esperamos que las responsabilidades comiencen siempre unos kilómetros más arriba, unos despachos más lejos o una legislatura más adelante. Quizá el río conozca ya de memoria las palabras «compromiso», «recuperación», «integración» y «futuro», y haya aprendido incluso a distinguir las promesas por el tono con que se pronuncian.
Tal vez el Tajo no espere nuevas declaraciones, sino algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, más difícil: que Toledo baje hasta sus orillas, lo mire sin filtros y deje de tratarlo como un complemento paisajístico cuya principal responsabilidad consiste en embellecer la ciudad sin plantear preguntas. Mientras tanto, continuaremos afirmando que el Tajo es nuestro desde los miradores, con orgullo, emoción y una fotografía cuidadosamente encuadrada, manteniendo siempre una distancia prudente, porque después de tantos años escuchando cuánto lo queremos podría tener la falta de delicadeza de reconocernos y preguntarnos, con toda la retranca que merece la ocasión, en qué se ha notado.
Post scriptum. Todavía hoy existe algún poeta o alguna poetisa que se acerca al Tajo, escucha su corriente y encuentra en sus aguas una palabra que merece ser escrita. Quizá sean pocos. Quizá sus versos no hagan ruido. Pero mientras alguien siga prestando palabras al río, el Tajo continuará acompañado por la poesía.
ODA AL TAJO
Tajo, animal de agua
que atraviesa la piedra
sin pedir permiso al tiempo.
Te han querido obediente,
reducido a una cifra,
sin barro, sin memoria, sin desborde.
Pero bajo tu piel oscura
todavía trabaja la corriente
como una verdad que no acepta despacho.
Llevas siglos rozando Toledo
y aún no has aprendido
a inclinarte ante sus balcones.
Por eso te celebro.
Porque no eres paisaje.
Eres una pregunta líquida
contra la comodidad de la orilla.
Porque avanzas herido,
pero avanzas.
Y porque cada vez que te estrechan,
cada vez que te olvidan,
cada vez que te nombran sin escucharte,
levantas agua.
Y sigues.
Silentium
