El Gobierno está en campaña para atraer a los jóvenes a los valores democráticos y alejarlos del fascismo, la antipolítica, los ecos de dictaduras y los salvadores populistas de la patria.

El fin no puede ser más correcto y necesario cuando las redes sociales se llenan de mensajes extremistas, la nostalgia de tiempos pasados borra la memoria de lo ocurrido y lo más suave que se transmite es que hay que huir a Andorra para no pagar impuestos.

La antipolítica acaba con todo, es la gasolina de quienes quieren ocupar el poder sin más sentido que el rencor, el señalamiento y el aprovechamiento personal. No hay visión de la sociedad ni progreso, todo es personalismo y lucha constante contra el que es un poco menos igual, porque de eso se trata, de dividir para vencer. Es la minoría imponiéndose a voces.

Ante esta ola reaccionaria, fruto de la carencia de valores compartidos y la disolución ideológica de la izquierda -principalmente- uno esperaría, claro, una campaña que ponga en valor todo lo que aporta y supone nuestro sistema democrático.

Una campaña basada en una reestructuración de los partidos políticos, mucho más abiertos y controlados por los ciudadanos. También se esperaría un rearme ideológico, con una izquierda auténtica y verdadera que dejara de estar enfurruñada y "dar la chapa" a todo el mundo sobre lo imperfectos que son y se abriera a trabajar por espacios de unión, de unir mayorías y no de amplificar artificialmente ciertas minorías que en realidad comparten problemas generales y que nunca se atajan.

Se esperaría una acción de gobierno sólida en materia de vivienda, de refuerzo de los servicios públicos. Incluso uno esperaría una reforma del sistema laboral, con más apoyo y protección a autónomos y pymes, para que puedan crecer y generar riqueza… que luego se reparta.

Es decir, lo lógico sería poner en valor el Estado, reforzarlo y ampliarlo. Dar peso real a la participación política, al control ciudadano, a la rendición de cuentas, a un uso escrupuloso y detallado de cada euro público de recaudación.

La mejor campaña para la democracia es más democracia. O así se lo imagina uno.

Otra buenísima opción sería una guerra sin cuartel a la corrupción. No proteger a un fiscal general imputado ni defenderlo una vez condenado. No mantener en el puesto a una directora de la Guardia Civil que ha faltado a la verdad y que es investigada por los agentes y por la justicia.

O no poner en cuestión a los jueces, fiscales y medios de comunicación que hacen su trabajo señalando y persiguiendo precisamente a los corruptos. Esto funcionaría de maravilla.

Desgraciadamente, Sánchez ha considerado que en vez de hacer todo esto -o al menos una parte- era mejor pagar por una canción, que les recomiendo evitar, en la que el estribillo recuerda una y otra vez "eres demócrata y no lo sabes". Eso decía Rosa Díez sobre UPyD…

Pero hay más. Solo con una canción no se salva la democracia, claro. Por eso han sacado también una marca de moda, unos chándales -que no se pueden comprar, lástima- que promocionan varias influencers con sesión de fotos en el Congreso de los Diputados.

Y hay un baile, que une ambas "ideas". Que tiemblen los ultras.