Un partido político descentralizado tiene necesariamente crítica interna, voces capaces de hacerse escuchar, territorios con fuerza política, línea política propia y estructuras internas más difusas.

En un partido político de ese tipo pueden pasar cosas sin que un secretario general lo sepa, pues no todo pasa por su despacho; hay quienes hacen sin que sepa -incluso hacen para que no lo sepa- y es más sencillo que se muevan las sillas intencionadamente.

En el PSOE de Sánchez no hay crítica interna conocida. No hay "baronías" que puedan rivalizar con la dirección ni líneas políticas propias o nombramientos para satisfacer cuotas. Únicamente se tolera el "sanchismo" en su expresión más pura.

Se podría definir como una organización profundamente jerarquizada. Es decir, una organización en la que todo debe pasar por Sánchez. Lo que no le gusta, no tiene espacio.

Tras este análisis del funcionamiento de las organizaciones, ampliamente estudiado por la sociología desde tiempos inmemoriales, cuesta entender la falta de responsabilidad política en el PSOE.

La única explicación plausible es la irrelevancia de semejante evidencia. Solo es posible si se da por descontada esa (i)responsabilidad y que por ello, precisamente por ello, no se piense asumir. Solo es posible cuando el coste de la responsabilidad es mayor que el daño causado, cuando se entiende que perder el poder es significativamente peor que cualquier otra opción imaginable.

Ocurre cuando la imagen del partido es menos relevante que el poder, cuando la credibilidad política cotiza menos que el cargo, cuando el daño a las instituciones no supone dolor alguno, cuando el poder personal, simplemente, se antepone a cualquier concepto de nación.

En un punto así, la inmunidad es absoluta. No hay información que cambie gobiernos, no hay Watergate que valga. Hoy incluso se prefiere confiar en la nulidad de unas pruebas antes que creer en la relevancia de las mismas, por mucho que brillen.

Si no se va a dimitir, pase lo que pase, o no se van a convocar elecciones salvo que no haya más remedio, todo presunto caso de corrupción es políticamente en vano.

No es inútil, puesto que el funcionamiento de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado o la Justicia mantienen la sensación de que no todo vale, que hay consecuencias y que el Estado sigue siendo más fuerte que el deseo personal de poder.

Pero sí es desalentador, sí produce agotamiento y desesperación democrática. Es en estos momentos en los que se lleva a la sociedad a una tensión innecesaria y se mantiene al país atrapado en la inacción.

Obligar al votante a ser militante acrítico es asfixiar la participación política, es negarle sus ideas para imponerle un falso enfrentamiento.