Si creyerais más en la vida no os entregaríais tanto al instante. Friedrich Nietzsche (Así habló Zaratustra).

Jugar con fuego es una película francesa dirigida por las hermanas Coulin y basada en la novela Lo que falta de noche, de Laurent Petitmangin. La obra invita a reflexionar sobre el auge de la extrema derecha y sobre la creciente normalización de actitudes violentas y autoritarias. Esa deriva se alimenta, con frecuencia, de una política más preocupada por conquistar o conservar el poder que por defender los principios de justicia, libertad e interés general.

¿Qué hemos hecho mal para que una parte importante de la juventud se incline hacia la intransigencia, la intolerancia, el supremacismo o incluso la violencia, ya sea física o verbal? Esa es, en el fondo, la pregunta que atraviesa la novela y que encarna el padre protagonista, un hombre que educó a sus hijos en la tolerancia y la convivencia con la esperanza de ofrecerles una vida mejor, y ve como su hijo mayor ha derivado hacia ideologías de extrema derecha.

Vivimos tiempos convulsos e inciertos. Tiempos de confusión e incontrolado cambio. La sensación dominante es la del desconcierto: circulan informaciones falsas, se imponen comportamientos interesados, se cuestionan verdades que parecían asentadas y se aceptan como ciertas mentiras cada vez más estridentes. Nunca la verdad había estado tan lejos de ser reconocida con claridad.

En medio de ese clima, acabamos aceptando sin demasiada resistencia aquello que solo parece verdadero y rechazando lo que, aun siendo incierto, encaja con nuestros intereses o prejuicios. Así se forman círculos de adhesión emocional que sustituyen el juicio crítico y convierten la apariencia en una forma de verdad compartida.

La gente empieza a sentirse agotada, ¡harta!, y ese cansancio abre la puerta a formas de autoritarismo y de degradación democrática. El ruido, la desinformación y la falta de certezas alimentan actitudes fascistas incluso entre quienes se consideran demócratas. El verdadero peligro aparece cuando el fascismo deja de percibirse solo como una ideología y se convierte en una forma cotidiana de relacionarse con los demás. Entonces penetra en la conciencia, en el lenguaje y en la conducta, como una presencia persistente que termina por impregnar la vida pública, y en esa actitud juegan un papel importante las redes sociales y los algoritmos.

El actual liberalismo económico y tecnológico no ofrece esperanza ninguna al sacrificar los principios éticos y morales en favor del beneficio económico. En ese contexto, la inteligencia artificial genera inquietud porque avanza más rápido que los mecanismos de control. Cuando todo cambia a una velocidad excesiva, crecen la desorientación individual y el vacío social.

Ese modelo de liberalismo no proporciona una alternativa real porque sitúa sus objetivos en torno al dinero y la riqueza, dejando en segundo plano las necesidades de una sociedad compleja. A ello se suma el debilitamiento de una izquierda que durante décadas actuó como gran aglutinadora social y que hoy ha perdido buena parte de su capacidad de referencia. Al mismo tiempo, quienes siguen pensando que el Estado lo es todo, o casi todo, y que solo lo público debe prevalecer, también limitan las posibilidades de una sociedad verdaderamente libre y plural.

La izquierda ha dejado de ofrecer horizontes convincentes. Aquella promesa de transformación social y de construcción de una sociedad más justa se ha ido desvaneciendo, arrastrada por un individualismo cada vez más intenso y más estéril.

La sociedad, sin embargo, sigue necesitando creer en algo. El problema es que con frecuencia esa necesidad se desplaza hacia el éxito económico, la acumulación y la posesión, como si ahí pudiera encontrarse una respuesta. Pero, al final, éxito y frustración terminan caminando juntos.

Los valores que se consolidaron, poco a poco, a lo largo de los tres últimos siglos se están debilitando, y apenas logramos comprender la magnitud de los cambios que atraviesan la sociedad en general, y la vida pública, en particular. Esa pérdida de referencias alimenta la confusión y favorece el deterioro del vínculo social.

Nada de esto es baladí. Las instituciones se cuestionan tanto desde fuera como desde dentro de las mismas: los parlamentos, los gobiernos, la judicatura, los partidos, las fuerzas de seguridad, la Iglesia y otras estructuras y organizaciones sociales dejan de percibirse como firmes cimientos de la sociedad, y espacios de cohesión, para convertirse en objetos de sospecha. Incluso las palabras cambian de significado, hasta el punto de presentar como "libertario" lo que a menudo no es más que desorden, agresividad o pulsión autoritaria.

En ese clima prosperan también los viejos mitos de la conspiración, como aquellos antisemitas Protocolos de los Sabios de Sión, reciclados y adaptados al presente para señalar sus fobias a otro tipo de colectivos, ya sea por su raza, su color, su religión, su cultura, su idioma o su comportamiento sexual. Bajo una apariencia oscura o fabulosa, estos relatos ofrecen explicaciones simples para problemas complejos y alimentan populismos incapaces de diagnosticar con rigor la verdadera enfermedad de nuestro tiempo.

De tanto jugar con fuego puede llevarnos a que, al final, el Fuego de Prometeo se acabe apagando.