Vivimos en el mundo frenético de la ultrainformación, del exceso de información. O sea, la desinformación. Dejemos de echarle la culpa a los influencers, instagramers o tiktokers. Dejemos de echarle la culpa a los ciudadanos que todo lo creen, que poco leen o que se quedan en los titulares. No, los principales culpables del auge desinformativo somos nosotros, los periodistas.

Hemos entrado en el peligroso carrusel del minuto a minuto con información sesgada, sin contrastar o descontextualizada. Quiero pensar que por culpa de las prisas por ser el primero, pero quizá también porque se nos olvida que tenemos una responsabilidad con los ciudadanos. No seré yo quien vaya a dar lecciones de periodismo a nadie —ni quiero ni puedo—, pero sí pido a mis compañeros y compañeras de profesión una reflexión. Volvamos al origen.

Quiero pensar que en las facultades ahora, en 2026, enseñarán lo mismo que en los años 90 del siglo pasado, cuando yo estudiaba. Quiero pensar que los profesores de deontología o de ética periodística siguen hablando a sus alumnos de que la información es sinónimo de veracidad y para conseguir esa veracidad es absolutamente necesario tener dos fuentes informativas, a ser posible tres. Fuentes fiables, fuentes creíbles, fuentes no interesadas. Si una información surge de un chivatazo, de una fuente privilegiada, antes de publicar hay que contrastar.

Porque no somos cirujanos, ni operamos a vida o muerte, pero sí somos, o hemos sido, cruciales en la construcción del sistema democrático y tenemos un deber con los ciudadanos. Tenemos el deber de difundir la verdad, de no especular, de no tergiversar. Compañeros y compañeras de profesión, volvamos al origen: una información debe tener interés público, debe ser veraz, debe estar contrastada, y no debe responder a intereses políticos, empresariales o ideológicos. Una información debe responder, de inicio, a las famosas 5 W inglesas que traducidas son: quién, qué, cómo, cuándo y por qué. Y cada una de esas sencillas preguntas deben basarse en hechos objetivos, no en deducciones, no en opiniones.

Ni tapar corrupciones, ni expandir bulos son nuestras obligaciones, sea quien sea el gobierno de turno, sean cuales sean tus ideas políticas personales. Nosotros sí tenemos un "el que pueda hacer que haga". Sí, los periodistas sí podemos hacer. Podemos hacer que prevalezca nuestro código ético. Debemos ser impolutos a la hora de informar, exquisitos en la manera de exponer los hechos.

Compañeros y compañeras, no perdamos el sentido de nuestro oficio. Porque no podemos ser parte de ningún engranaje de la mentira, porque no podemos ser parte de los que tapan ni tampoco de los que destapan con verdades a medias, con argumentos retorcidos. Porque no podemos ser parte de los que pervierten. Me van a perdonar que me haya puesto tan intensita esta semana, pero algunas derivaciones de nuestro oficio me encogen el estómago y me rascan la garganta. Volvamos al origen. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.