Cada cierto tiempo aparece un nuevo aviso sanitario y la sociedad reacciona siempre igual: sorpresa, nerviosismo durante unos días y, finalmente, olvido. Ahora vuelve a hablarse del Hantavirus, un virus transmitido por roedores que, aunque no parece tener ni de lejos la capacidad expansiva que tuvo la COVID-19, sí vuelve a dejar al descubierto una realidad bastante inquietante: seguimos viviendo en un mundo incapaz de controlar amenazas biológicas básicas.
Eso debería preocuparnos mucho más de lo que parece, porque resulta casi grotesco que en pleno siglo XXI, después de confinamientos, millones de muertos, economías paralizadas y una pandemia que cambió el planeta, todavía existan virus peligrosos transmitidos por ratas para los que no hay tratamientos realmente eficaces ni estrategias globales contundentes de prevención. La humanidad presume de inteligencia artificial, turismo espacial y coches que se conducen solos, pero sigue sin ser capaz de garantizar algo tan elemental como controlar enfermedades que nacen en focos perfectamente conocidos.
La lección del coronavirus duró exactamente lo que tardaron las mascarillas en desaparecer de los bolsillos. Se prometieron refuerzos sanitarios, vigilancia epidemiológica, inversión en investigación y protocolos permanentes. Cinco años después, gran parte de aquello ha quedado reducido a titulares viejos, discursos institucionales y fotografías de archivo. La política volvió a su deporte favorito: reaccionar cuando el problema ya ha explotado.
Con el hantavirus ocurre algo parecido. Como no provoca, de momento, imágenes de hospitales colapsados ni ruedas de prensa diarias, muchos prefieren mirar hacia otro lado. Pero ahí sigue el problema: virus circulando, transmisión desde roedores, riesgos ambientales crecientes y sistemas sanitarios que continúan funcionando más por la profesionalidad de sus trabajadores que por la previsión de quienes gobiernan.
Y conviene decirlo claramente: el verdadero peligro no es solo el virus. El peligro es la complacencia. Esa absurda sensación colectiva de que una pandemia como la del coronavirus fue una especie de accidente irrepetible. La historia demuestra exactamente lo contrario. Las enfermedades emergentes seguirán apareciendo porque el mundo actual favorece su expansión: urbanización descontrolada, destrucción de ecosistemas, movilidad global permanente y falta de inversión seria en prevención.
España tampoco puede refugiarse en la falsa idea de que estos problemas siempre ocurren "en otros sitios". Las crisis sanitarias ya no entienden de fronteras. Lo que empieza en un punto concreto del planeta puede acabar en cualquier aeropuerto europeo en cuestión de horas. Y, mientras tanto, seguimos viendo cómo muchas administraciones consideran la salud pública preventiva como un gasto incómodo y no como una prioridad estratégica nacional.
Hace falta más vigilancia, más investigación, más control de plagas y más coordinación internacional. Pero, sobre todo, hace falta abandonar esa irresponsable costumbre política y social de actuar únicamente cuando ya es demasiado tarde.
Porque si algo demostró la pandemia es que la improvisación mata. Y lo más alarmante de todo es que parece que algunos no aprendieron absolutamente nada.