En los márgenes de la Constitución cabe la amnistía, nos dijeron. Cabe, básicamente, porque no existen esos supuestos márgenes. Cabe un camión si usted quiere, o la flota entera.



No redactaron la Constitución, ni se votó, dejando abierto el espacio más allá de lo allí escrito, más allá de las posibles interpretaciones del "espíritu" de lo expuesto. Se puede interpretar lo que allí aparece, pero sobre lo que no aparece, el límite es inexistente. No esperaban desde una incipiente democracia, que una asentada en el paso de los años y las urnas, fuera a menospreciar el texto por intereses puntuales.

Les pareció inútil aclarar que, además de la obligación de presentar Presupuestos, no hacerlo tendría consecuencias. Seguramente esperaban que varias décadas después de lograr asentar la democracia, los políticos criados en ella no necesitarían instrucciones de uso tan elementales.

A un niño debes repetirle durante los primeros años una y otra vez que se debe usar jabón al lavarse las manos y que es imprescindible lavarse los dientes todos los días. Llega un punto en que ese niño lo interioriza, lo asume. Nadie tiene que recordarle las consecuencias de no hacerlo, aunque no estén escritas en piedra.

Hay más. Si un fiscal general del Estado es imputado por un delito, debe dimitir. Pero tampoco nadie nunca lo puso por escrito. No hay duda, por eso no se puso en ningún papel, no es necesario, especialmente cuando sí está escrito que los puestos inferiores sí deben hacerlo.

Se esperaba más del futuro, nuestro presente. Se imaginaron políticos responsables, auditados, comprometidos con la legalidad y el progreso del país. Lo dejaron todo en manos de los partidos políticos, a los que dotaron de un poder sin más control que los límites éticos y legales.

Los éticos brillan por su ausencia, o son adaptables según necesidad, y los legales llevan más demora que los tiempos de una legislatura.

Sigamos, porque ahora resulta imprescindible regular las funciones de la pareja del presidente del Gobierno. Por lo visto, no queda claro si una civil, que no es cargo público, puede utilizar a una asesora de Presidencia para sus negocios privados, aunque sea un poco.

Nos aseguran que hay dudas -porque nadie escribió nunca que no se puede hacer- sobre la conveniencia de presentar una cátedra al rector de la Universidad Complutense en la Moncloa. Una cátedra que, precisamente, dirigiría la mujer del presidente.

No hacía falta que nadie lo escribiera hace 47 años porque asumieron que seríamos mejores, más exigentes, más formados y asentados en los valores democráticos.

"¿A quién se le ocurriría hacer eso?", pensarían, de haberles planteado alguien alguno de estos supuestos

La realidad es más pesimista cuando deja de ser un futuro proyectado. Ahora necesitamos un manual de uso de la democracia donde ponga que, además de usar jabón para lavarse las manos, hay que frotar bien entre los dedos. Algunos hasta aplauden las caries, pues no pone en ninguna parte que deban ser evitadas y encima, el partido rival tiene más.

Eso o exigir, tal vez, una clase política que anteponga la supervivencia del sistema democrático a la resistencia propia.