"De todas nuestras pasiones y apetitos, el amor al poder es de la naturaleza más imperiosa y antisocial, ya que el orgullo de un solo hombre requiere la sumisión de la multitud". Edward Gibbon 'La decadencia y caída del Imperio Romano'.

'La conjura contra América' (The Plot Against America) es una novela ucrónica que imagina la elección, en 1940, del famoso aviador Charles Lindbergh, que lleva a EEUU hacia un régimen autoritario pronazi. Posiblemente su autor, Philip Roth, cuando publicó esta obra en 2004 jamás imaginó que una ucronía de este calibre podría ser posible. Entonces no pasaba de ser una hipótesis, una increíble fantasía, aunque quien hizo la crítica de la novela en The New York Times la describió como "terrorífica, siniestra, vívida, onírica, absurda y, al mismo tiempo, espeluznantemente plausible".

Ucronía es la reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, no es sino una posibilidad que nunca existió pero que pudo haber sucedido.

Sin embargo, cuando en noviembre de 2024 Donald Trump ganó, por segunda vez, la Presidencia de los Estados Unidos, ¿en realidad era una distopía o una ucronía? Si no hubiese triunfado, nos preguntaríamos "qué hubiese pasado...".

Desde que tomase posesión en su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, no paramos de asombrarnos de las formas y maneras en que actúa el líder del llamado movimiento MAGA (Make America Great Again, 'Que América vuelva a ser grande'). Sin duda, un eslogan ya antiguo, utilizado por Ronald Reagan. Pero lo cierto es que el propio movimiento pone en entredicho la propia grandeza del país, asume principios más propios de la anomia, en un contexto reaccionario, donde el líder, y la lealtad al mismo, lo es todo. Sin duda, una referencia que nos retrotrae a la concepción fascista del poder de los años veinte y treinta del pasado siglo.

Todo es tan absurdo que no paramos de preguntarnos si lo que sucede es realidad virtual o ficción real. Es Trump en estado puro, ¿un anciano psicopático?, ¿un loco? Lo cierto es que no pone límite a sus impulsos. Hombre construido sobre una vida de caprichos, supremacismo, prepotencia e impertinencia, charlatán y visionario. Un ególatra de manual, un narcisista maligno que subestima el poder de la Ley y que, en sus propias palabras, no tiene más límite que sus propios principios morales.

Es obvio que vivimos un tiempo de absoluta irrealidad, donde lo que sucede está más cerca de lo imposible que de lo posible, más cerca de lo irracional que de la lógica del sentido común que creíamos presidía la conciencia de la civilización occidental desde finales de la II Guerra Mundial.

Nadie en EEUU hubiera imaginado antes de la victoria de Trump lo que hoy sucede allí sería posible. Cuando una masa de psicópatas locos asaltó el Congreso de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021, nadie creyó que tomar el templo sagrado de la democracia pudiera ser un hecho real, que solo podría existir en la ficción de una novela ucrónica.

Pero este extraño mundo a caballo entre lo real, lo irreal y el absurdo ha sido impulsado por partidarios de Donald Trump que se refieren a ello como "la Tormenta y el Gran Despertar". Son los preceptos y el vocabulario de QAnon, una organización semiclandestina, estrechamente relacionados con los conceptos religiosos milenaristas y apocalípticos. Los seguidores de QAnon ven a Trump como una especie de mesías enviado por Dios que recurre a pastores de diversas ramas del cristianismo, concentrados en su entorno, en el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca, y transmitiéndole el magnetismo divino.

La oración para transmitir al presidente de los Estados Unidos "fuerza y protección", como si fuera un rey absoluto, ha tenido un especial protagonismo con Paula White-Cain, la pastora televangelista, asesora principal de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, consejera espiritual de Trump. Una especie de Sor Patrocinio respecto de Isabel II, o de Grigori Rasputín con relación al último zar, Nicolás II.

El personaje ha puesto el Estado en manos de una parte de su familia, mezclando los intereses de la Nación con los negocios propios. Ha nombrado secretario de Sanidad a un antivacunas. Negacionista del cambio climático, ha apostado por los combustibles fósiles y ha puesto freno a la transición energética y a la investigación. Ha volado el modelo de relaciones internacionales, menospreciado a las Naciones Unidas. Retiradas todas las ayudas a la Cooperación. Es capaz de mantener una relación de amor-odio con Vladimir Putin, manifestando su incapacidad para llegar a un acuerdo en la Guerra de Ucrania o prometer la construcción de un resort vacacional, tras contribuir a la destrucción total de la Franja de Gaza.

Lo cierto es que su belicismo, primero comercial y luego militar, ha conseguido "anular" toda información sobre sus vínculos con el millonario y pederasta Jeffrey Epstein, y la participación en sus groseras y delictivas fiestas sexuales. Eso sí, ha destituido a la fiscal general del Estado, Pam Bondi, por ser agresiva contra los adversarios políticos de Trump, y no gestionar “adecuadamente” los archivos del caso Epstein.

Trump no es un tipo cualquiera, con un entorno cubiculario, ha llevado el nepotismo a sus últimas consecuencias. Se ha blindado como presidente para no sufrir condena. No es que sea inmoral, o que limite su acción a las propias convicciones. Es un tipo que destroza o construye todo en función de sus intereses particulares y sus “patrones morales”.

No respeta el débil equilibrio de poderes a que ha quedado reducido en EEUU. Coacciona al Tribunal Supremo, obvia al Parlamento, discute los poderes de los gobernadores de los estados.

Utiliza el cuerpo militar de reserva, la Guardia Nacional, para reprimir las manifestaciones y perseguir delincuentes, y el ICE, policía de extranjería, es utilizado para detener y expulsar extranjeros, deportar y encarcelar personas, incluidos niños, por vivir "ilegalmente" en el país, aun a sabiendas de que no han cometido ningún delito o llevan años residiendo y trabajando en él. El respeto a los Derechos Humanos ha experimentado un sensible retroceso en un país donde muchos ciudadanos están perdiendo derechos por su raza o condición sexual.

Durante la campaña de su primer mandato llegó a afirmar que si disparase a alguien en la Quinta Avenida de New York mantendría la misma popularidad. Su moral laxa se lo permite, y tras ella, bombardear Irán, generar una crisis en la economía global, secuestrar y deponer al presidente de Venezuela, amenazar con invadir Groenlandia, embargar a Cuba, cuestionar las alianzas militares con Europa, exigir a sus socios de la OTAN un 5 % del PIB en inversión militar, o llevar adelante una política agresiva de aranceles.

Lo malo de todo ello es que el tecnopoder ejerce como verdadero poder en la sombra, que controla las infraestructuras tecnológicas, pero también la producción de la verdad y la mentira, la anarquía en las redes sociales, la información y la desinformación, la gobernabilidad y la economía del planeta, instrumentos de la Revolución Ucrónica. Pero ello lo trataré en otro momento.

Es obvio que la ucronía no es qué habría pasado si las elecciones las hubiese ganado Kamala Harris. La ucronía está por saber si esta se completa con la llegada al poder en Europa, de grupos de ultraderecha como Vox, Alternativa para Alemania, Reform UK o Reagrupamiento Nacional, acompañando así a otros siniestros personajes del panorama político de Occidente como Victor Orban, Javier Milei o Netanyahu, que lejos de reforzar las libertades y la democracia están cuestionando el mundo y los valores sobre los que se ha construido la sociedad occidental. En definitiva, se está evidenciando la entropía en que se halla la política, la sociedad y las instituciones.

La pregunta es ¿ante qué nos enfrentamos? … empieza la auténtica ucronía.