Hace veinte años que Esther Esteban, César García, Eusebio Cedena y Javier de Pablos fundaron este periódico, que entonces se llamaba El Digital y hoy El Español de Castilla-La Mancha. Lo vi nacer de madrugada, cuando llegaba a la radio para abrir la mañana y encontraba en el correo electrónico incipiente una newsletter. Lo primero que hice fue buscar qué significaba y allí me encontré, rodeado de preguntas, un medio que me inquiría por el entorno y contaba lo que otros no hacían. Me picó la curiosidad, sin duda. Llevaba en Toledo pocos años y estas cosas, en un lugar donde poco se mueve el oreo, llamaban la atención.

Después vino la comunión. Eusebio Cedena quiso que yo escribiera y aquí sigo, trece años después, trazando estas líneas para saber que existo, porque igual que Umbral, escribir es vivir. Hemos contado cómo cambiaron las cosas y tratamos de expresarlo para que el mundo lo entendiese e incluso se divirtiera. La realidad trae cuenta pasarla por los espejos cóncavos del callejón del Gato y hacerla soportable, aunque sólo sea con el fin de achatarla y reírse de ella. Se cruzó entonces Alberto Morlanes. Lo vi chiquito, menudo, callado y tímido, pero con la mirada incisiva y ladina. En cierto modo, era como Pedro Navaja, con el tumbao que tienen los guapos al caminar, pero sin diente de oro. Y pensé que aquel chaval nos daría tardes de gloria. Hoy dirige este periódico y se ha convertido en uno de los profesionales de referencia.

Junto a Alberto, está mi querida Esther, la Katherine Graham toledana. A Esther la he aprendido a querer en Toledo, a base de emoción, ternura y lágrimas. La primera vez que la vi le metí el micrófono en la boca mientras lloraba en un Corpus ante la Custodia de Arfe. Desde entonces, no puedo evitar un pellizco en el corazón cada jueves de primavera que reluce más que el sol. A Esther la conocía, pero ella a mí no. Venía a Radio Toledo, la actual Onda Cero, con Pura, Chema y María José. La había leído y escuchado desde pequeño. Era una de las grandes entrevistadoras políticas en España y escribía en el periódico donde crecí como lector, El Mundo. Tenerla ahora tan cerca casi me hacía saltar los plomos y fundirlos. Las rubias siempre me pusieron nervioso, pero Esther sobrepasaba a todas. Era ingeniosa, talentosa y con una mirada crítica e incisiva voraz, que a todos nos desnudaba con su aplomo. Sigue contando con una de las mejores agendas de España y mi admiración por ella no hace más que crecer. Igual que Pedro Jota, el periodista más importante de este país en el último medio siglo, al que leo desde que me pusieron gafas, con diez años. No entendía entonces nada, pero es que ahora creo que tampoco. Sin embargo, su Titanomaquia con todos los presidentes del Gobierno ha sido épica. Veremos qué pasa con Sánchez, que lleva su mismo nombre y al que ha dictado sentencia. Por mi puerta pasarán, como dicen las viejas en la Mancha.

Y César, mi admirado César, el hombre que todo lo puede, lo engarza y consigue. Nació el mismo día que Esther y creo que a la misma hora. Por eso no podrán separarse nunca. Las cosas son así y el destino también juega. Su pelo blanco es signo de sabiduría y tiempo, de las cosas que vieron sus ojos en esta comunidad y tan bien sabe y explica. Si la derecha quiere un manual de supervivencia en estos lares, que hable con César, los que van a morir te saludan. La historia es la madre de las cosas y el tiempo, y él las domina todas. Por supuesto, imposible olvidar a Gayarre, quien mejor escribió en el papel que ahora trazo. Y la nueva hornada de periodistas que nos cuentan al detalle lo que ocurre alrededor. Profesionales de la tierra como Alberto Molero o Isabel G. Villota y otros que no, que han llegado y engrandecido el medio con El Español. Ahí también hemos hecho grandes descubrimientos. Es el caso de Lorena G. Maldonado, una de las mejores plumas de este país en la actualidad. Tiene mala hostia y, como buena tía, sirve el veneno en dosis. Su artículo este domingo sobre el Héroe Gitano de Mouliaá, lo guardaré entre mis fetiches.

Para este pobre locutor que pasaba por la puerta, ser parte de esta familia es una de las bonitas cosas que ha traído la vida. "Si las cosas que uno quiere/ se pudieran alcanzar/ si me quisieras lo mismo/ que veinte años atrás", dice la canción de María Teresa Vera con cierta melancolía. Me gusta más esa otra de Vázquez Montalbán que cantaba la Pradera. "Tú tenías veinte años y yo no tenía edad". Esto es un milagro y como tal hay que celebrarlo. Quizá sea por eso que la Virgen salga del Valle y baje a Toledo. Aquí también llegaremos a los cuatrocientos años, ya para cuando Pedro Jota se jubile.