No soy yo muy de prohibir, porque parece que lo prohibido te llama a la transgresión. Tenemos ese no sé qué siempre dispuesto a romper las leyes, pero en el tema de impedir que los niños y niñas accedan libremente, como hasta ahora, a las redes sociales mi voto es sí. Hay que poner límites.

Hemos normalizado que más del 80 % de niños menores de 12 años tengan un móvil y que la mayoría tengan una o varias redes sociales. Hemos normalizado que niñas de 11 años cuelguen en TikTok rutinas faciales, los llamados skincare, utilizando diez potingues diferentes que no me he puesto yo ni en mis 50 años de vida. Niñas que se miran en el espejo de influencers de 20 o de 30 años que son sus referentes en ropa, en maquillaje, en comportamiento. Repito niñas de 11 o 12 años queriendo ser mujeres de 25 o de 30.

Hemos permitido que chavales de 13 o 14 años se pasen horas en YouTube o en Instagram escuchando a tíos de 40 que, hechos unos energúmenos, pero sin ninguna formación, argumentan sobre fútbol, coches o mujeres.

Hemos mirado hacia otro lado cuando hemos visto los datos alarmantes de consumo de pornografía. Un 20 % de los chicos y chicas ha visto contenidos pornográficos antes de los 10 años y a los 13 o 14 los consumen de forma habitual. Y sí, muchos creen que esa es la pauta que van a tener que seguir en sus relaciones afectivas y sexuales posteriores.

En los últimos años, no solo en España sino en el mundo, hemos lanzado a nuestros adolescentes a pelearse, como si estuvieran en la arena del Coliseo Romano. Y en esa arena, en esas redes, unos son fieras, otros son esclavos y otros son emperadores. El mundo de las redes es un mundo hostil, sin reglas, sin compasión y sin filtros. Y empezamos a vislumbrar el daño que les está haciendo.

Incremento significativo del suicidio entre adolescentes, depresiones y ansiedad por el número de seguidores, "mono" si se les impide durante unos días, incluso durante unas horas, acceder a sus teléfonos o a sus tablets. Estamos creando yonquis de las redes, yonquis de un mundo falso que choca frontalmente con su vida real. Consecuencia directa: su sensación de fracaso.

Por no hablar de la propaganda ultraderechista, xenófoba, machista... Eso da para otro capítulo. Pero les diré algo más, no son solo los adolescentes. En ellos, ya que su cerebro aún se está formando, las consecuencias pueden ser más dramáticas, pero resulta apabullante ver a señores y señoras de 40, de 50, de 60 años, embobados en una vorágine de reels, historias o como quieran llamarse esos contenidos en las distintas redes.

También me guardo para otro capítulo el negocio que están haciendo muchachos de 30 años hablando de la menopausia de señoras como auténticos expertos... En fin, sí hay que poner límite al uso de las redes. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.