¿Sabían ustedes que podría haber cinabrio de Almadén en los labios de La joven de la perla? Cuando Vermeer ejecutó esta pintura, hacia 1665, esta localidad manchega albergaba ya el principal yacimiento de cinabrio del mundo. El bermellón que da vida a algunos de los rojos más vibrantes y brillantes de la pintura europea se obtenía entonces, en buena medida, a partir de ese mineral. No es una certeza, pero tampoco una especulación caprichosa: la historia material del arte permite plantear esta posibilidad sin forzarla.
El bermellón es, en esencia, cinabrio pulverizado. Se conoce desde la Antigüedad y su explotación ha acompañado a distintas civilizaciones. Las minas de Almadén, hoy Patrimonio Mundial, fueron durante siglos una pieza clave en la producción de este pigmento y también del mercurio, el único metal que se presenta en estado líquido a temperatura ambiente.
Ese mercurio resultó decisivo para la ciencia, la tecnología, la medicina y la alquimia medieval, pero también para el arte. En 1937, la fuente de mercurio de Alexander Calder convivió con el Guernica de Picasso en la Exposición Internacional de París. El material extraído en Almadén estaba presente, de forma directa o indirecta, en algunos de los grandes hitos visuales de Europa.
Su importancia alcanzó una dimensión global en la Edad Moderna, cuando el mercurio se convirtió en elemento clave para la extracción de la plata americana mediante el sistema de amalgamación. El procedimiento permitió explotar yacimientos de baja ley y multiplicó la producción a gran escala, aunque el coste humano fue elevado. La inhalación prolongada de vapores de mercurio provoca graves daños neurológicos, un hecho bien documentado y conocido desde hace siglos.
Lo supieron los sombrereros europeos, que usaban este metal en el tratamiento de pieles, y también quienes aplicaron la técnica de dorado al fuego en las puertas del baptisterio de la catedral de Florencia, tal y como recuerda el químico Oskar González Mendía en sus estudios sobre el uso de pigmentos en la historia del arte.
También lo supieron quienes trabajaron en Almadén. La exposición crónica al mercurio provocó durante generaciones el llamado azogamiento o hidrargirismo, una enfermedad que afecta al sistema nervioso, los pulmones y los riñones. Temblores, alteraciones cognitivas o debilidad muscular formaron parte de la vida cotidiana en un municipio cuya economía giró durante siglos en torno a la mina.
Por ese motivo, Almadén contó desde el siglo XVIII con un Hospital de Mineros que hoy forma parte del Parque Minero, el conjunto patrimonial abierto al público tras el cierre de la explotación en 2003. El recinto ha vuelto a la actualidad tras el anuncio de un plan de la empresa pública Mayasa para reforzar su desarrollo turístico. El interés del enclave no reside solo en la mina, sino en su entorno y, especialmente, en el relato histórico y científico que lo acompaña.
Almadén es más que el cinabrio, más que su singular plaza de toros hexagonal o los edificios que remiten a un pasado de prosperidad industrial. Es un territorio marcado por una relación intensa y prolongada entre recursos naturales, conocimiento técnico y la vida cotidiana de quienes encurten berenjenas, sirven migas con pescado y exhiben una forma propia de nombrar el mundo cuando llaman "hacer la vaca" a tomar el aperitivo.
Desde las cuarcitas sobre las que se yergue la Virgen del Castillo, patrona del vecino Chillón, se contemplan las dehesas y el territorio de tres comunidades autónomas. En ese emplazamiento singular se localizan también pinturas rupestres trazadas con bermellón. El mismo pigmento que, siglos después, podría haber llegado a la paleta del más famoso pintor de Delft.