Una vez más, el Gobierno de Pedro Sánchez demuestra su maestría en el arte de distraer al ciudadano. La última jugada ha sido la de resucitar el viejo debate sobre el cambio de hora. Un asunto que hace décadas perdió toda justificación práctica, pero que de repente se convierte en el tema estrella de los telediarios. No se trata de casualidad ni de una simple coincidencia en el calendario, es la enésima cortina de humo que lanza el Ejecutivo para desviar la atención de lo verdaderamente importante y, obviamente, el cambio de hora no lo es.
Es cierto que esto nació en otra época y con otros objetivos. Se argumentaba que adelantar o retrasar los relojes contribuía a un ahorro energético significativo. Sin embargo, hoy vivimos en una sociedad en la que la mayoría de los trabajos se desarrollan bajo luz artificial, donde la economía digital ha difuminado las fronteras horarias y donde el consumo energético depende más de la climatización que de la luz natural. En otras palabras, el cambio de hora ha dejado de tener sentido hace ya mucho tiempo, pero eso no importa, porque lo que busca este Gobierno no es eficiencia, sino titulares.
Y en eso, nadie puede negar que son expertos. Cada vez que el Ejecutivo se ve acorralado por los problemas reales como la falta de vivienda, la inflación desbocada, la fuga de empresas, la precariedad laboral, la inseguridad creciente o los problemas judiciales; saca de la chistera un nuevo debate artificial. Hoy toca el cambio de hora; mañana será el precio de los crucifijos en los cementerios, el menú de los comedores escolares o la necesidad de prohibir algo más "para el bien común". Cualquier cosa sirve para distraer a la opinión pública mientras el país se hunde en una maraña de promesas incumplidas, pactos oportunistas y propaganda barata.
Pedro Sánchez ha hecho de la política del humo su marca personal. Maneja con precisión el calendario mediático, sabe cuándo abrir y cerrar polémicas y cómo saturar los informativos con temas secundarios mientras los ciudadanos lidian con la realidad, facturas cada vez más altas, salarios que no llegan a fin de mes y servicios públicos que se deterioran día tras día. El cambio de hora, en este contexto, no es más que un símbolo del tiempo perdido, del tiempo que España lleva desperdiciando en debates vacíos mientras su Gobierno sigue evitando rendir cuentas.
Y así seguimos, cambiando la hora dos veces al año mientras nada cambia en lo esencial. Se habla de relojes, pero no de productividad. De ahorro energético, pero no de la factura de la luz. De salud social, pero no de listas de espera ni de pobreza infantil. Todo se reduce a un espectáculo de distracción perfectamente calculado, una estrategia que convierte cada polémica en un nuevo refugio político.
En definitiva, el debate del cambio de hora no busca ajustar nuestros relojes, sino nuestros pensamientos. Una maniobra más para marcar el ritmo de la conversación pública, para que hablemos de todo menos de lo que de verdad importa. Y mientras tanto, Pedro Sánchez sigue ganando tiempo… a costa del de todos nosotros.