Nada, no saben nada, no quieren saber nada

Ya ves, esos ignorantes dominan el mundo.

Si no eres de los suyos te llaman incrédulo.

Ignóralos, Jayyám, sigue tu propio camino.

OMAR JAYYAM (poeta persa del Siglo XI)

El Centro no es una ideología, sino una actitud ante la vida, que se caracteriza por la moderación, el raciocinio, el diálogo y la convergencia de planteamientos diversos para encontrar soluciones a los problemas de la gente.

Ocurre que, fundamentalmente desde la crisis financiera de 2008 la sociedad mundial se ha polarizado. Nuevos elementos se han introducido en los sistemas políticos occidentales, y también en el español, en la idea, ampliamente difundida, de que "todo estaba mal". Así surgieron partidos como Podemos o Vox.

La Gran Recesión no solo fue una crisis económico-financiera sino que se extendió al ámbito social, comercial, sanitario, educativo, cultural… En definitiva, atacó, sin pudor, al eje central del sistema político consolidado al albur de la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) hace cuarenta y seis años.

En aquellos días no fue el Fin de la Historia, como apresuradamente quiso sentenciar Francis Fukuyama. Pero el fin de la Guerra Fría tuvo otras muchas consecuencias y dio lugar “al comienzo de otra Historia”.

En cuatro décadas el mundo ha cambiado, como lo han hecho la mente de las nuevas generaciones nacidas desde entonces, aunque tal vez sea más el “mito del eterno retorno” lo que les acompaña. No existe generación que no cuestione a la precedente. Pero, paradójicamente no sólo son los acontecimientos los que se repiten, sino también los pensamientos, sentimientos e ideas, en una girándula infinita e incansable que solo dan apariencia de nuevo a aquello que, sin embargo, es viejo. Un concepto circular de la historia y los acontecimientos que vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes. Por eso el “eterno retorno” se representa en el uróboros, animal fantástico símbolo del eterno de las cosas, la lucha eterna o el esfuerzo inútil, que vuelven a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo.

La crisis de 2008, agudizada por la pandemia del Covid-19, ha hecho que las posturas radicales se incrementen y surja el odio entre los extremos, tal y como ya sucedió en la Europa de entreguerras. Es el momento en que muere el Centro. Uno y otro extremo consideran que solo hay una única verdad, la suya, y que toda opinión o ideología contraria debe ser aborrecida e incluso eliminada. La polarización se intensifica y las redes sociales contribuyen a su propagación, lo que limita significativamente el espacio para opiniones moderadas o comportamientos reflexivos.

Las sociedades han pasado de estar crispadas, irritadas o exasperadas por alguien o algo, a estar divididas en dos posiciones contrapuestas e incompatibles. Para la mayoría de los políticos profesionales el centro es una posición inútil para alcanzar el poder, porque la propia estrategia de polarización ha convertido la moderación en algo políticamente imposible. La derecha pierde el centro, pero la izquierda también, en la medida que ambos entienden que ese espacio queda ajeno al electorado que previamente han polarizado los extremos. El centro pasa por ser minoritario y residual. Lo radical ha pasado a ser un ámbito de competencia entre los partidos de la derecha, pero también en los partidos de izquierda.

"Dinámica imparable"

La radicalidad puede ayudar a obtener el poder, pero no ayuda a conservarlo. Sin embargo, la dinámica se hace imparable. Se deslegitima el poder, se deslegitiman las instituciones, se hiperbolizan las palabras y los comportamientos, se magnifica la mentira. Y lo que es peor, todos cuantos alimentan esta dinámica no solo acaban creyendo lo que dicen -algo que en circunstancias normales serían consideradas auténticas locuras- sino que transmiten al conjunto de la sociedad unos comportamientos que quieren hacer pasar por normales.

Mientras, el Centro se muere. Muere lo que en otro tiempo se acuñó como liberalismo, lo que fue la democracia cristiana o lo que se llamó socialdemocracia. Todas, ideologías moderadas, que son tachadas como “viejas” e inservibles.

Pero la sociedad necesita una respuesta a tanto despropósito, necesita políticas que refuercen la cohesión social, que generen empatía, que den solución a los problemas que surgen en todos los ámbitos de la sociedad a través de enfoques pragmáticos, útiles, reformistas y de progreso, logrados a través del diálogo y el consenso, y siempre alejado de los dogmatismos que impone el radicalismo ideológico de las posturas extremas.

Pero que nadie se confunda, la moderación política no puede estar vacía de significado y compromiso, ni alejada de la realidad. Tampoco puede ser incoherente u oportunista. El centrismo político ha de entender que la moderación se fundamente en la defensa y convicción de sus propias políticas, el respeto y la tolerancia a la identidad y autonomía de otras formaciones políticos, pero rechazando las políticas populistas, nacionalistas y autoritarias. El liberalismo progresista, la socialdemocracia y el reformismo, siempre atento a la corrección de las disfunciones sociales, han de ser sus herramientas de trabajo.

Ya sabemos que hoy ser moderado no se lleva, pero cada vez es más importante la adopción de posturas políticas bien centradas. De lo contrario estamos abocados al enfrentamiento, la polarización y el desatino, con todo lo que ello lleva de lastre en la conformación de una sociedad libre, democrática y con futuro.

Ya sabemos que la moderación construye una democracia aburrida, pero tal vez sea eso lo que necesitamos, para así aprovechar el intelecto individual y social que necesitamos para construir una sociedad amable, dinámica y avanzada.

Fernando Mora es politólogo, exdiputado regional y secretario de Análisis y Estudios Estratégicos en la Comisión Ejecutiva Regional del PSOE de Castilla-La Mancha