Quique Jiménez Silva es, ante todo, un "contador de historias" en el mejor sentido del término: entiende la anécdota, el humor y el diálogo constante como herramientas imprescindibles para visibilizar una realidad que el sistema prefiere ignorar. Con una trayectoria de más de 15 años trabajando codo con codo con miles de personas mayores en ámbitos culturales, ha consolidado un perfil de observador sagaz y portavoz eficaz de una generación que reclama su sitio como abuelos en el siglo XXI a través de su reciente libro 'Abuelos. Manual de resistencia pacífica'.
Pero esa vocación de este escritor toledano por el relato social no le ha alejado del terreno que mejor conoce: el de la familia. Padre de dos hijas y abuelo de cuatro nietos, Quique mantiene un vínculo directo con el día a día de la crianza, aunque aclara con firmeza que su obra no debe leerse como una autobiografía, sino como una crónica universal.
Bajo el subtítulo 'No es por criticar, es por referir', el autor pone en evidencia las realidades cotidianas, a menudo invisibles, de este rol a través de un formato de relatos cortos que permite al lector navegar por los recuerdos de forma fragmentada, tal como se entrelazan en la mente.
Quique Jiménez Silva al inicio de la entrevista.
Este libro, que nace desde el afecto pero también desde la reivindicación, fue presentado el pasado 3 de marzo. No fue una fecha elegida al azar; para Quique, ese día tiene un significado profundamente personal al coincidir con el aniversario del nacimiento de su madre, de quien heredó la pasión por cuidar, pero también la fuerza para sostener a los suyos. Con motivo del Día del Libro, EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha recibe al autor para ofrecer su análisis sobre la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad: la conciliación
P. Su obra nace de una observación directa de la realidad social. ¿En qué momento identifica usted que la figura del abuelo ha dejado de ser un apoyo puntual para convertirse en un pilar de resistencia frente a las carencias del sistema?
R. El libro es una consecuencia natural de mi trayectoria. Yo no me considero escritor en el sentido académico; para mí, un escritor es alguien con una formación mucho más completa, casi un arquitecto de las letras. Yo soy un contador de historias. Lo que hago es hilvanar vivencias propias y ajenas, aderezarlas y plasmarlas en el papel para que otros se reconozcan en ellas.
La necesidad de escribir este manual surgió tras 15 años trabajando profesionalmente con miles de personas mayores en actividades culturales. En ese contacto directo, especialmente durante los viajes que organizábamos, recibía constantes inputs. Los mayores me decían con resignación: "Quique, no podemos viajar en estas fechas porque tenemos que encargarnos de los nietos".
Al escuchar sus relatos de agendas imposibles, me preguntaba cómo era posible que personas teóricamente jubiladas estuvieran sometidas a tal nivel de estrés. Ahí comprendí que no era un problema individual, sino un fallo del sistema que los abuelos estaban parcheando con su propio tiempo de descanso. Mi libro es, en esencia, un grito de atención sobre esa carga invisible.
P. Es evidente que el perfil del jubilado ha evolucionado drásticamente. ¿Considera que la sociedad sigue proyectando una imagen arcaica sobre un colectivo que hoy demanda una identidad propia más allá del ámbito familiar?
R. El jubilado de hoy no tiene nada que ver con el de hace 30 años, que parecía destinado a la pantufla y al paseo corto. Ahora vemos personas con buena salud, energía y una formación sólida que, precisamente porque ya no trabajan, desean seguir realizando actividades que les llenen. Hay un titular en el libro que define esto a la perfección: a los abuelos nos encanta ser abuelos, pero no queremos ser solo abuelos.
Cualquier padre o madre joven adora a sus hijos, pero también desea una vida completa, hobbies y un desarrollo profesional. A nosotros nos ocurre lo mismo. Rechazamos esa idea condescendiente y un tanto egoísta de "como ya no tienes nada que hacer, te viene bien cuidar a los niños para entretenerte". Esa visión es obsoleta; el jubilado actual quiere viajar, aprender y tener su propio espacio. En el libro reivindico que no somos un recurso de "relleno" para las carencias de los demás, sino ciudadanos con derecho a un proyecto de vida propio.
Quique en el balcón de la redacción de EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.
P. En su manual, usted combina la crítica social con un tono desenfadado. ¿Es el humor la única vía para abordar la falta de conciliación real sin caer en el resentimiento generacional?
R. Decidí contarlo de manera divertida porque, como decía Ana María Matute, "lo divertido es lo contrario de lo aburrido, no de lo serio". He comprobado en reuniones de trabajo trascendentales que una nota de humor bien tirada rompe la tensión y permite que el mensaje cale mucho más hondo que un sermón.
El tono del libro busca precisamente eso: abordar la parte más amable y anecdótica de la crianza compartida para que el mensaje no sea agresivo. A pesar de la carga, nos pasan cosas maravillosas con los nietos que merecen ser celebradas. Si lo contara desde el enfado, nadie querría leerlo y los hijos se pondrían a la defensiva.
El humor es el bálsamo que nos permite a los abuelos reírnos de nuestra propia servidumbre mientras lanzamos un aviso a navegantes: estamos ayudando, sí, pero somos conscientes del coste que tiene.
P. Usted acuña en el libro el término 'Yayo Veloz'. ¿Podría relatarnos alguna experiencia personal donde la inmediatez que se le exige al abuelo moderno roce lo absurdo?
Hay un fenómeno curioso: los padres jóvenes se preparan para la paternidad como si fuera un máster de alta dirección, con listas infinitas y tecnología punta, pero a menudo olvidan lo esencial y ahí entramos nosotros.
Cuando nació mi primera nieta, mi mujer me envió a la farmacia a por unas pezoneras de urgencia. Yo, que me crié en una casa de varones, no tenía ni idea de qué era eso.
En la farmacia, una empleada joven empezó a preguntarme detalles técnicos sobre la fisonomía del pezón de mi hija para darme la talla correcta. Mi respuesta fue simple: "Mire, mi hija tiene el pezón en el pecho, como todas las mujeres; no me pida más detalles porque no los sé". Me llevé unas genéricas y, cuando llegué al hospital, la niña ya había mamado.
"La conciliación en España es una forma de economía sumergida que se sostiene sobre nuestras espaldas"
Ese es el 'Yayo Veloz' que describo en mis páginas. Ese es el abuelo que debe estar disponible 24/7 para solucionar cualquier eventualidad, desde pelearse con el marketing de los chupetes de látex hasta descifrar cómo se monta un cochecito con suspensión de un Fórmula 1.
P. Entremos en el terreno estadístico que analiza en su obra. Usted afirma que la conciliación en España es una forma de economía sumergida sustentada por los mayores. ¿Cree que las instituciones son conscientes de la magnitud de este apoyo?
R. Es una realidad matemática que asusta y que detallo en el libro con cifras reales. De los 10 millones de mayores de 65 años que hay en España, unos 8 millones son abuelos.
De ellos, más de 3 millones dedican un mínimo de siete horas diarias al cuidado de los nietos. Eso no es un favor puntual para que los padres vayan al cine; es una jornada laboral completa y no remunerada que sostiene el país.
Ya no podemos limitarnos a malcriar o dar caprichos porque estamos integrados en la logística pura: recogidas escolares, meriendas rápidas en el coche para llegar a las extraescolares y supervisión de deberes complejos.
No queda tiempo para el juego o el afecto relajado. Con este libro pretendo abrir un debate que creo que es necesario: ¿Qué está haciendo la sociedad para corregir esto más allá de darnos las gracias el día del abuelo? El sistema colapsaría en 24 horas si decidiéramos hacer huelga.
P. Existe un conflicto latente entre el desarrollo profesional de los hijos y la libertad de los padres jubilados. ¿Cómo afecta esta estructura a la salud mental de ambas generaciones?
R.- Hemos perdido calidad de vida a pasos agigantados. Hoy en día, el desarrollo profesional de la mujer está a la par del hombre, lo cual es un avance necesario, pero el sistema laboral no se ha adaptado. Pocos hombres sacrifican su carrera para criar, y si ese espacio no lo ocupan los abuelos, la estructura familiar se quiebra.
Esto genera un estrés permanente que trato de reflejar en el manual. Las parejas jóvenes viven al límite, siempre con la sensación de no llegar a nada, y eso dispara el índice de divorcios.
Como menciono en el libro citando una obra de teatro, hemos llegado al punto en que algunos separados dicen que al menos libran una semana de cada dos. Es un panorama desolador donde los abuelos acabamos siendo el pegamento de familias exhaustas. Cuidamos a los nietos, pero también, de alguna manera, intentamos cuidar la salud mental de nuestros hijos.
P. En varios capítulos del libro trata el concepto del 'Merca-abuela'. ¿Es esta dependencia logística la prueba de que los hijos adultos no pueden subsistir sin el apoyo material de sus padres?
R. El 'Merca-abuela' es ese fenómeno dominical infalible: tras la comida familiar, los hijos se van cargados con táperes para toda la semana. Esto no es solo una anécdota graciosa; es una transferencia constante de recursos que recae sobre la economía y el esfuerzo físico de los abuelos. Los hijos no tienen tiempo ni energía para cocinar sano, así que recurren a la despensa y a la cocina de los padres.
"A los abuelos nos encanta nuestro rol, pero nos negamos a ser solo abuelos"
Es una extensión de la crianza que parece no terminar nunca. En el libro reflexiono sobre cómo hemos pasado de cuidar a los nietos a gestionar también la intendencia de los hijos emancipados. Es una "ayuda" que se vuelve estructural. Los padres jóvenes de hoy, con los sueldos que tienen y el coste de la vida, a menudo no pueden ser autosuficientes sin esa "sucursal" alimenticia que es la casa de los abuelos
P. Usted mantiene una vida muy activa fuera del rol de abuelo, con talleres y colaboraciones. ¿Es esa actividad propia su mejor herramienta de defensa en esta "resistencia pacífica"?
Es mi salvación absoluta ya que tengo una vida muy ajetreada de eventos como ir al teatro que me gusta mucho o dar talleres de bricolaje. Yo apunto todo en mi agenda porque, como digo en el libro, no es que pierda la memoria, es que nunca la he tenido. Si tengo una actividad programada, es sagrada. La "resistencia" de la que hablo debe consistir en tener intereses propios que te motiven a levantarte con ilusión.
Si un abuelo se queda en casa esperando a que suene el teléfono para ver si "hace falta", acaba convirtiéndose en un mueble más de la casa de sus hijos. Mi consejo en el manual es claro porque hay que buscar algo que te apasione, ya sea la pintura, la radio o el voluntariado, y haz que sea innegociable. Solo así la familia entenderá que tu tiempo tiene un valor propio y que tu identidad no se agota en el cuidado de terceros.
Quique Fernández Silva durante la entrevista realizada por este medio.
Creo que hay que poner límites con amor, pero con firmeza. Los padres estamos para recoger los trozos cuando los hijos se caen, para ser el último refugio en las crisis, pero no podemos permitir que se nos absorba la vida por completo por inercia o comodidad ajena.
Debemos buscar un equilibrio, especialmente por las abuelas de mi generación, que tienen un sentido del sacrificio materno casi genético y les cuesta horrores negarse a un favor. El libro busca empoderar al abuelo para que pueda decir hoy no puedo porque tengo algo en mi propia agenda, y que lo haga con la frente alta, sabiendo que su tiempo también es sagrado.
