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Existe un buen puñado de los llamados "combates del siglo" en la historia del pugilismo. Mohammed Alí, ostentador de una fama que trasciende lo estrictamente deportivo, fue el protagonista, junto a su contendiente Joe Frazier, del que sin dudas ha quedado grabado con más relieve en la memoria popular, celebrado en el Madison Square Garden de Nueva York el 8 de marzo de 1971, con derrota del primero.

Ahí está también, ya más cerca de nuestro presente, el que enfrentó al filipino Manny Pacquiao con Floyd Mayweather, en el que el imbatido estadounidense se impuso una vez más gracias a sus dos armas favoritas, su guardia marca de la casa, la impenetrable philly shell, y una inteligencia para el combate (el "ring IQ", que dicen los fanáticos de este deporte) que nadie ha igualado hasta ahora dentro del cuadrilátero.

Pero para hablar del "combate del siglo" original, el que por primera vez recibió tal apelativo, tenemos que referirnos al que un caluroso 4 de julio de 1910 tuvo lugar en Reno, Nevada. En el cartel de aquella jornada, Jack Johnson, propietario en ese momento del cinturón de los Pesos Pesados y primer afroamericano en lograr tal hazaña, y James J. Jeffries, el antiguo campeón invicto, que volvía al ring obedeciendo a todos aquellos —entre ellos, el escritor Jack London— que le rogaban que volviera de su retiro para darle una buena tunda a su rival y demostrarle, jabs, ganchos y uppercuts mediante, que los blancos seguían siendo los que mandaban en Estados Unidos, tanto en lo intelectual como en los mamporros.

El combate se saldó con la victoria de Johnson, el supremacismo blanco en K.O. técnico y varias persecuciones y asesinatos de hombres negros en varias ciudades estadounidenses.

El episodio, ya de por sí bien nutrido de detalles jugosos, estuvo a punto de contar con otro protagonista más. Un inglés al que, de hecho, es más fácil imaginar con una lupa en una escena de un crimen, representando al personaje literario que le hizo célebre, que sobre la lona de un ring. Y es que Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, fue invitado a arbitrar "el combate del siglo". Lamentablemente, se vio obligado a declinar la oferta por compromisos previos.

Al mundo de las anécdotas literarias caprichosas le duele tal oportunidad perdida. Más teniendo en cuenta el revuelo que creó aquella ocasión deportiva. Pero aún más doloroso le debió de resultar a Doyle decir que no, pues era un conocido admirador de "la dulce ciencia", deporte que había practicado en su juventud. Llegó, incluso, a participar en combates amateurs.

Prueba de tal fervor son los relatos que la editorial especializada en literatura deportiva Libros de Ruta recoge en Cuentos del ring (2026), en los que el autor de Estudio en escarlata aparta el foco de sus habituales historias de misterio y narra encuentros pugilísticos de muy diverso pelaje.

Cubierta de 'Cuentos del ring' (Libros de Ruta, 2026)

Se trata de la primera entrega de una colección con la que el sello recupera del olvido textos clásicos con el deporte como tema central con el fin de, en palabras de Eneko Garate, director editorial de Libros de Ruta, "reivindicar de alguna manera la literatura deportiva".

Así, en esta serie aparecerán textos que, como en el caso de Cuentos del ring, alcanzaron la excelencia y dieron con ello categoría literaria al género. "Escribir de deportes no tiene por qué ser algo de baja calidad. Muchas veces parece que el deporte está reñido incluso con la cultura...". A los relatos de Doyle les ha seguido recientemente Los forzados de la ruta, la admirable crónica del Tour de Francia de 1924 con la que Albert Londres creó escuela estilística. Pronto, previsiblemente en otoño, se espera que nuevas historias deportivas engrosen la colección.

De vuelta al ring con Doyle, desde luego el británico no fue el único literato que combinó su ambición literaria con su afición al boxeo. Eran del mismo modo seguidores y practicantes de este deporte, por ejemplo, Ernest Hemingway (nuestra mandíbula todavía se resiente por el zurriagazo con el que su alter ego cae derrotado a manos de un boxeador en un bar en Fiesta) o Julio Cortázar. Fuera del campo de la ficción, las crónicas de Manuel Alcántara y los perfiles de púgiles como Floyd Patterson o Mohammed Alí firmados por Gay Talese son auténticas cumbres del periodismo narrativo.

Pero Doyle fue pionero entre los hombres de letras a la hora de percibir en el boxeo —al menos en el de mayor nivel, lejos de aquellas exhibiciones que eran más reyertas callejeras que deporte— una demostración de honor, coraje e inteligencia. Buena prueba de ello es El maestro de Croxley, el relato con el que Libros de Ruta abre Cuentos del ring.

La mente sobre el cuerpo

En este cuento inaugural, el más relevante de entre los que componen la obra de corte pugilístico de Doyle, Robert Montgomery, un estudiante de medicina y boxeador aficionado que se costea la universidad trabajando como asistente en una consulta médica, decide sustituir en un combate a un boxeador que él mismo ha noqueado por una desavenencia en el trabajo. Una oportunidad de oro, porque en el caso de alzarse con la victoria se hará con el dinero suficiente como para no tener que preocuparse más del pago de las tasas de estudio.

Frente a él, Silas Craggs, el maestro de Croxley, del que dicen que, de no haberse roto la pierna, sería campeón de Inglaterra. Una auténtica bestia, vaya, al que el estudiante de ninguna manera podrá vencer empleando únicamente la fuerza y sus habilidades marciales, de las que no hace falta decir que su contrincante va sobrado. Por suerte, tiene su astucia, y con ella le acaba venciendo. El boxeador, nos muestra Doyle aquí, dista mucho de ser un bruto. Es más bien un estratega que utiliza su propio cuerpo como fuerza de ataque.

Y eso que aquellos combates no eran aptos para todos los cuerpos. Si ya los 12 asaltos de tres minutos que en el presente componen los combates por títulos mundiales solamente los pueden soportar los mayores portentos físicos del orbe, los 20 rounds habituales en los enfrentamientos de entonces —El maestro de Croxley fue publicado en 1899— eran sencillamente demenciales.

Por no hablar de los guantes. Si bien las famosas reglas de Queensberry (bautizadas así por el marqués que defendía la publicación de unas normas que modernizaran este deporte) establecidas en 1867 obligaban al uso de guantes, estos eran de un peso insignificante en comparación con los actualmente reglamentarios.

En el relato de Doyle, escuchamos al árbitro del encuentro anunciar que el combate será con guantes de 2 onzas. A día de hoy, oscilan entre las 8 y las 10 onzas dependiendo del peso en el que se encuentren los contendientes. Aquellos golpes debían de doler. Tanto en el cuerpo del golpeado como en el del golpeador, pues el objetivo primero de este equipamiento, hay que recordar, es prevenir las lesiones en las manos.

El resto de relatos que componen Cuentos del ring se alejan de la pelea profesional al uso, si bien el combate sigue siendo el centro gravitatorio en torno al que orbita la trama. En El lord de Falconbridge. Una leyenda del ring (1909) y El descrédito de Lord Barrymore (1912), Doyle viaja un siglo atrás en el tiempo hasta la época de la Regencia británica para entregar relatos históricos en los que las afrentas, también en las altas esferas, se resuelven a puño limpio.

El matón de Brocas Court (1921), el cuento que cierra el recopilatorio, cambia de nuevo de tercio al mezclar pugilismo y espiritismo demostrando el interés de Doyle por lo paranormal. En esta ocasión, el protagonista se enfrenta a un no-muerto, el fantasma de un antiguo boxeador. Un duro contendiente, no cabe duda, para el que el dolor y el cansancio son asuntos de otra vida.

Historias disfrutables, todas ellas, aunque pierden calibre cuando se las compara con el buen sabor inicial de la sobresaliente El maestro de Croxley. Pese a ello, conservan el indiscutible lustre literario de un grafómano de prestigio como Doyle.