Camila Cañeque (Barcelona, 1984-2024) falleció antes de ver publicado su primer libro, La última frase, una recopilación de 452 finales de obras literarias que hibridó con su escritura para crear un diario íntimo en el que reflexionaba acerca de algunas de sus obsesiones: el tiempo y su promesa de muerte, los vínculos entre lenguaje y silencio, la fascinación por el fin del mundo, el cansancio, el hartazgo, la voluntad de seguir pese a todo, sobre todo, en la labor creativa, la voluntad de cruzar la frontera del final de las historias y caer por un barranco, sin certezas, inconclusas, acaso el regocijo de haber llegado a nada.
Portada de 'Anuncios', de Camila Cañeque.
Anuncios
Camila Cañeque
La uÑa RoTa, 2026. 244 páginas. 19,90 €
La autora nunca sabrá que La última frase es un libro oracular que anuncia el fin de una vida, pero no el de una obra: en su ordenador se encontró una novela inédita. Anuncios es su versión más reciente y completa y es el texto que La uÑa RoTa ha publicado.
La novela funciona como un espejo de La última frase. Si en su diario Cañeque confesaba “una inercia personal por habitar el fin de las cosas” y afirmaba que escribir ficción es “poseer el tiempo de nuestro mundo” y declaraba su voluntad de “participar en las nuevas leyendas del final”, con un punzante anhelo de llegar a “la gran desembocadura en la nada”, Anuncios es la materialización de esas ideas. Su protagonista es Don, un músico lituano de free jazz que la autora conoció en Brooklyn a través del cineasta Jonas Mekas (1922-2019).
Estamos en Nueva York y en el siglo XXI, pero Don no ha sabido adaptarse a una época que exige que seamos productivos y que andemos agotados, que nos pide que brillemos, que seamos deseados, que ocultemos el dolor, la pobreza, el fracaso, nuestra inmensa soledad. La novela se articula a través del soliloquio alterado y desbordante de su protagonista que, recluido en su minúsculo apartamento, retrasmite para nadie su quehacer cotidiano: un espectáculo terminal de renuncia y de alcohol, de sueños rotos y hambre y un montón de cigarrillos.
En esta novela no hay nostalgia, pero sí una gran melancolía, una tristeza que duele y nos congela por dentro
Renegado de este mundo, Don es lúcido en su delirio, anclado en el siglo XX, si entendemos siglo XX como un baile en un barco siempre a punto de hundirse donde no hay criptomonedas, ni algoritmos, ni internet.
Cañeque intercala notas y acotaciones a las palabras de Don que nunca interaccionan: escribe el mutismo de quien renuncia a opinar, a juzgar o a interpretar, porque en una sociedad donde todo el mundo habla, ¿Quién escucha? La narradora ofrece un trabajo de atención en la búsqueda obsesiva de capturar el instante, la belleza de las cosas más insignificantes. No hay nostalgia, pero sí una gran melancolía, una tristeza que duele y nos congela por dentro. La emoción de Anuncios es meteorológica: vendavales y nevadas y mucho aire viciado.
El resultado es una novela-tratado-poético-político de luz y desolación. En Anuncios el fin de un mundo es un espacio habitable y un estado disidente. La escritura de Cañeque, entre la narración fílmica y un concierto de jazz sin ensayo ni guion, se convierte en un susurro que se parece a la lluvia porque cala y ablanda el rigor de cualquier muerto. La novela es una despedida que empieza y que termina con un masaje, con cuerpos que se desnudan y entienden que los adioses son a la vez felices y devastadores.
