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El grupo romano I cani dice en una canción que casi todas las novelas occidentales tienen un protagonista demasiado parecido a su autor. Cree, con razón, que no es nada casual. Sin embargo, no comentan cómo determinada narrativa italiana escrita por mujeres rehúye desde hace poco los mecanismos de la mal llamada autoficción para crear tramas forjadas desde lo imaginario, por mucho que se inspire en experiencias personales.

Portada de 'Ese dolor que no existe'.

Ese dolor que no existe

Giulia Caminito

Traducción de Carlos Gumpert

Sexto Piso, 2026. 265 páginas. 21,90 €

Es el caso de Ese dolor que no existe. La nueva novela de Giulia Caminito (Roma, 1988), segunda de su trilogía de la negación tras El agua del lago nunca es dulce, quiere apostar por plasmar los males de toda una generación, la suya, nacida después de los treinta gloriosos del siglo XX y justo antes de la caída del Muro de Berlín.



Entre las características de este grupo, aún joven por vivir en una especie de eterna adolescencia, figura una enorme protección paterna y del sistema, vigente hasta la entrada de los hijos en el mercado laboral.

Loris, el protagonista del libro, tiene treinta años, una relación sin muchos altibajos con Jo, su novia del instituto, y la cobertura económica de sus progenitores, quienes le pagan su piso de alquiler en Roma mientras está a prueba en una editorial. A partir de este marco nada debería impedir el ascenso del joven, entusiasmado con su porvenir y ciego ante los venideros baños de realidad.

Es por ello, en una comparación brillante que simboliza las dos caras de la misma moneda generacional, que se permite denostar a su pareja, reina indiscutible a la hora de sacar partido fotográfico a sus posaderas para conseguir likes en redes sociales. Este logro dista mucho de las ambiciones del chico, pedante y dispuesto a comerse el mundo, sin saber que lo normal es lo contrario, ignorándolo al carecer de bagaje para comprenderlo.

Por ese mismo motivo sucumbirá poco a poco, bloqueándose ante cualquier mínima adversidad, a diferencia de ella, Jo, repleta de energía y capacidad para avanzar al no comerse tanto la cabeza, causa para Loris de un sinfín de enfermedades imaginarias que tomará por verdaderas, hasta acudir a distintos galenos en búsqueda de un diagnóstico.

Por si no esto no fuera bastante, el becario, traumatizado por poner mal un acento en una newsletter del sello para el que trabaja, cree poder remontar el vuelo mediante dos ayudas del presente y el pasado.



La primera lo conducirá a entablar diálogo con Catástrofe, una figura producto de su fantasía que remite tanto a una pésima salud mental como a una soledad no deseada al carecer de ánimo para gritar bien fuerte un malestar tan profundo.

La novela de Caminito s directa, cruda y exhibe una pesadilla útil para, tarde o temprano, poder despertar

La segunda evocará los tiempos felices de su infancia con el abuelo Tempesta, el campo lleno de verde esperanza y una existencia aún virgen de obligaciones, libre de tantas insuperables problemáticas del universo adulto.

Loris tiene algo de Gregor Samsa y del personaje que Benedict Cumberbacht interpreta en la serie Eric. Ambos hablan con su otro imaginario para aliviar sus penas, sin conseguir modificar lo patético de su condición, abocada al abismo.

Caminito es muy hábil al transmitirnos como esta derrota individual es la de todo un colectivo: la de una juventud abocada al marasmo una vez desaparece la irrompible burbuja que los cobijaba mientras se formaban antes de asumir responsabilidades.

El adiós tardío a la infancia y a la adolescencia también se crítica a las claras, sin apuntar con el dedo porque quizá la culpabilidad se reparte de manera ecuánime. En Ese dolor que no existe las dificultades de comprobar lo utópico de pagar un alquiler, ascender en los sueños y recibir un buen trato se somatizan desde el cuerpo. La dureza del hecho es resignada.



La novela, algo positivo por quebrar la previsibilidad, prefiere plasmar este estado de cosas a sacarse de la manga magias nada verosímiles. Es directa, cruda y exhibe una pesadilla útil para, tarde o temprano, poder despertar.