Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) está estos días en España para presentar Historias de fantasmas (Seix Barral), unas memorias fragmentarias en las que narra la enfermedad de Paul Auster, su marido durante cuarenta y tres años, y el duelo posterior que ella vivió.
Según la autora de Todo cuanto amé, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2019, este es su libro más personal, aunque en él sigue presente, insiste, esa dimensión ensayística y académica tan característica de toda su obra.
“Es un libro indudablemente mío”, dice. Y a continuación, haciendo el gesto de agarrar a alguien por las solapas, añade: “Aunque por una vez no trato, digamos, de sacudir a las mujeres”.
'Historias de fantasmas', de Siri Hustvedt.
Pregunta. En el libro hay una tensión entre Paul Auster como figura pública y Paul Auster como padre y marido. ¿Pensaba en esto mientras escribía?
Respuesta. Sí, porque cuando no conoces a alguien de manera personal, pero tal vez has leído sus libros o visto entrevistas suyas, esa persona se convierte en una especie de realidad externa, aunque exista una conexión íntima con sus libros. Es una especie de producto cultural. Por eso he querido dejar muy claro que aquello sobre lo que yo escribía no era ese Paul Auster como producto cultural, sino un nosotros, esa “y” que conformaba nuestra pareja: Paul y Siri.
P. Hay una idea que recorre el ensayo: la de que un escritor permanece en sus libros. ¿El hecho de poder leer y releer a su marido consuela o intensifica el duelo?
R. No creo que tenga mucho que ver. Los libros de Paul me reconfortan, me dan tranquilidad, porque otras personas sencillamente mueren y desaparecen. En el libro cuento el vacío enorme que el propio Paul sintió cuando murió su padre, con quien no tenía una relación demasiado íntima. Aquí no ocurre. Sin embargo, digo que no está relacionado con mi duelo porque lo que yo he perdido es la presencia inmediata de mi marido. Ese es mi duelo. Los libros permanecen, sí, pero no ocupan ese lugar.
P. A la hora de plantear el libro, ¿por qué se decanta por esa especie de collage? ¿La fragmentación fue una decisión estética, una consecuencia de las circunstancias en las que escribió el libro…?
R. El formato no es gratuito; tiene que ver con el tipo de libro que quería hacer. Cuando pensaba en cómo escribirlo, entendí que ese ritmo era necesario. Hay una relación profunda entre la estructura y el tiempo. El libro incluye su propia cronología, incluida la escritura en tiempo real. Me interesaba que el lector accediera a ese ritmo, a esos movimientos temporales hacia delante y hacia atrás, que sintiera cómo se desplaza el tiempo. Quise crear una especie de máquina de recuerdos que mueve al lector en ambas direcciones, dependiendo del tema sobre el que estoy escribiendo. Y luego está ese diálogo recreado entre Paul y yo; por eso introduzco las cartas de Paul a Miles. El libro muestra un cambio, una evolución. Así que sí, la estructura era muy importante.
La escritora Siri Hustvedt durante la presentación de su nueva novela ‘Historias de fantasmas’, en el Círculo de Bellas Artes, a 27 de mayo de 2026, en Madrid. Foto: A. Pérez Meca / Europa Press.
P. Da la sensación de que la lectura de textos científicos y de algunos de sus filósofos de cabecera le ayudó en los momentos duros. ¿Fue así?
R. Siempre que tengo alguna dificultad encuentro alivio en la lectura. Y también en escribir de manera que sitúe lo que me pasa dentro de un marco más amplio. Después de la muerte de Paul me sumergí en la literatura del duelo: leí memorias sobre la pérdida, el luto. El duelo es algo común. Soy consciente de que lo que me ocurrió no tiene nada de extraordinario. Es una experiencia compartida por millones de personas. No creo que mi duelo sea especial, pero sí quería situar mi experiencia dentro de un espectro más amplio, a través de los libros de otros, de lo que otros escribieron y descubrieron sobre esta experiencia. Porque ponerlo en ese contexto me sacaba de ese rinconcito privado y pequeño.
P. En el libro se alude a experiencias muy íntimas, algunas delicadas. Por ejemplo, la tragedia de Daniel, de la que habla por extenso [cuando murió en 2022, el primer hijo de Auster, de 44 años, estaba en libertad condicional, acusado de la muerte de su hija Ruby, de diez meses, por una sobredosis de heroína y fentanilo]. ¿Se marcó alguna línea roja a la hora de tratar estos asuntos?
R. Paul me dijo: “Quiero que se cuente esta historia”. Yo estaba con él, estábamos hablando de Daniel. Yo no cuento la historia completa de Daniel, por supuesto. Se habría apoderado del libro. Pero dejarla fuera habría sido ridículo. Salió en las noticias de todo el mundo. Mi límite consistía en no involucrar a los demás miembros de la familia. Mi historia es mía, y hablo de la historia de Daniel en relación con la mía. Pero a mi hija Sophie, a mi yerno Spencer y a mis hermanas les envié el libro para que lo leyeran antes de su publicación. Todos lo hicieron y tenían permiso para pedirme que quitara o cambiara cualquier cosa. Esa era la regla. Y había otra: todo lo que decidiera contar debía hacerlo de la manera más honesta posible. Lo que hay en el libro es verdad, pero es mi verdad, tal y como yo lo viví y lo sentí cuando ocurrió. Ese es el contrato que he hecho con el lector.
P. Alude también al tratamiento, indecente según usted, que hicieron del suceso algunos medios.
R. Sí, contar la historia fue también una manera de sacarla de los tabloides y del tratamiento demencial que recibió en la prensa. Paul sufrió muchísimo. Y yo he querido abordarlo de una manera racional.
P. En el libro se advierte una gran complicidad intelectual entre ustedes, que influyó en la obra de ambos. ¿Cree que la muerte de Paul hará que su obra sea distinta a partir de ahora?
R. No, realmente no. Sí, éramos cómplices artísticos y también políticos. Pero, como dejo muy claro en el libro, yo era quien leía filosofía y ciencia, no él. Mi carrera ha ido derivando hacia el mundo de las conferencias, la ciencia, la psiquiatría, la neurología o la neurociencia. Paul tenía otros intereses. Yo le leía mis textos, él me leía sus libros, pero ambos éramos soberanos en nuestra obra. Lo que he perdido es a una persona que me escuchaba y a un editor. Si hubiera muerto yo antes, estoy segura de que Paul no habría perdido la motivación para escribir el siguiente libro. Y yo tampoco la he perdido.
P. Al final habla de Trump y del “voto nihilista” que lo ha llevado dos veces a la Casa Blanca. ¿Cómo convivían en la intimidad el deterioro físico de Paul y la sensación de colapso político del país? En el libro parece ensayarse algún tipo de conexión metafórica.
R. Para mí, ese deterioro político funcionaba como un espejo. Mi duelo, mi luto, se veía reflejado en una realidad triste. Paul no vivió para ver al presidente número 47 [a Trump reelegido], ni siquiera llegó a ver a Biden abandonar la Casa Blanca. Pero estaba en el ambiente y, durante sus últimos meses, hablamos muchísimo de política; esa es otra pérdida, de hecho: la pérdida de un aliado político. Hay un momento en el que estoy en casa, con la nevera abierta, y me pongo a llorar sin saber muy bien por qué. No sé si lloro por el retroceso de los derechos sociales o por el racismo espantoso que veo. La verdad es que lloro porque Paul ha muerto, pero también por todo lo que está ocurriendo a mi alrededor. Aun así, creo que, respecto a lo que sucede en Estados Unidos, no hay que caer en la desesperación. En la tristeza, sí; en la desesperación, no.
