“Nuestras democracias liberales occidentales, marcadas por el supercolisionador de partículas de la identidad, corren el riesgo de colapsar”. Pronto, durante la lectura de este ensayo, encontramos una frase contundente como esta ante la que es imposible no sentir un déjà vu. En la última década hemos conocido multitud de ensayos (de calidades muy distintas) sobre las políticas de identidad (Lilla, Fukuyama, Haidt, entre otros muchos), de su derivada woke y de la consecuente política de la cancelación.
Portada 'El verano de nuestra desazón'.
El verano de nuestra desazón
Thomas Chatterton Williams
Traducción de Abraham Gragera
Debate, 2026. 280 páginas. 21,90 €
El verano de nuestra desazón no se aparta de esa tendencia, aunque la actualiza haciendo una crónica del trumpismo a partir de una línea de puntos que une la reacción de la Administración Obama (y del propio Obama) ante el asesinato de ciudadanos negros a manos de la policía y ante otros episodios de tintes racistas, el auge de las políticas de identidad, el primer mandato de Trump, la pandemia y la segunda presidencia del movimiento MAGA.
Chatterton Williams (Nueva Jersey, 1981) es un periodista prestigioso de la revista The Atlantic, hijo de padre afroamericano que sufrió discriminación racial. Aunque no explicita que una cosa sea consecuencia de la otra, no está lejos de sugerirlo.
Su propia experiencia le sirve para intercalar crónica, autobiografía y análisis social en un libro que a veces fuerza esa interpretación causal.
Su crítica a Trump es severa a lo largo del libro, pero siempre parece remontarse a una culpa previa. Al fin y al cabo, el trumpismo sería una suerte de reacción a través del pánico moral a esas políticas de identidad que se exacerbaron durante la era de Obama.
Uno de los ejemplos en los que se extiende es el de Trayvon Martin, un chico afroamericano de 17 años indefenso que visitaba a su familia en una urbanización de Miami y fue asesinado por un miembro de las patrullas de defensa de la zona. Para Chatterton Williams, el error de Obama fue insistir en el elemento racial del crimen, en vez de apelar a una identidad más general como estadounidenses, alimentando así la división social y expulsando simbólicamente de la polis a gran parte de la población (blanca).
El autor llega afearle a Obama que enviara un mensaje de condolencia a la madre de un chico afroamericano asesinado diciéndole que, de haber tenido un hijo y no dos hijas, se parecería a él. Tras el caso de Tryvon Martin llegarían otros y la reacción de Obama político sería la misma.
La victoria de Trump de 2016 llegó, y con ella, el fin de una época: “Las normas, reglas y barreras de contención, esas estructuras informales que en el pasado se habían visto sometidas a tensiones, pero que, al resistir, también se habían confundido con verdades formales, se derrumbaron a nuestro alrededor con una velocidad inusitada, como ante una nueva revolución copernicana, diezmando en el proceso todo un cosmos político, cultural, social e intelectual”.
Cuesta creer que la responsabilidad inicial sea de ninguna política de identidad, de ningún movimiento como Defund the Police o Black Lives Matter. Además, Chatterton Williams obvia otros elementos esenciales, como los de raíz económica y material.
La tesis central del libro es muy endeble, y su autor hace un gran esfuerzo por resultar tan crítico con las políticas de la identidad como con Trump, algo que suena forzadamente equidistante. Es Trump en su segundo mandato, con su fuerza de choque migratoria, el ICE, quien más en entredicho pone los argumentos de este libro, porque el problema de fondo existe.
Los excesos reales de las políticas de identidad, las exageraciones ridículas de lo woke, parecen más consecuencias reales del trumpismo de fondo que no su causa. Y la lectura de este nuevo ensayo no persuade de lo contrario.
