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Claudia Durastanti nació en Nueva York el 8 de junio de 1984 y a los seis años se trasladó a la localidad de Gallicchio, en la Basilicata, donde se halla el misterioso Val d’Agri, epicentro de Missitalia, su segunda y, por ahora, última novela. Su título resume parte de la idiosincrasia de esta autora, siempre con los parabienes de la crítica a su favor por su doble acervo cultural, característica que, a priori, le concede una marcha extra desde lo transnacional.

Missitalia

Claudia Durastanti

Traducción de Pilar González. Anagrama, 2026. 384 páginas. 21,90 €

¿Es así? Por lo pronto Missitalia no habla de concursos de belleza, sino de echar de menos desde la perspectiva de tres mujeres en distintos momentos de la Historia. La primera, Amalia Spada, lidera a una comunidad de bandidos que viven alejados del Progreso, tanto por moverse entre túneles subterráneos como por no participar en los acontecimientos que, hacia 1860, propiciarán la unificación italiana.



La segunda, Ada, es una joven inmersa en la vorágine de la Roma de los años cincuenta del siglo pasado. Es periodista en una revista de antropología y se rodea de personajes que rezuman carisma, sumergiéndose de lleno en las discusiones propias de la Guerra Fría, de la que será víctima y partícipe a partir de unas investigaciones en ese valle que es protagonista sin voz de la ficción, en este tramo con el petróleo confirmándose como gran reclamo de seducción y ruina.

La tercera, A, también respira en los fifties, pero de nuestra centuria y, por si fuera poco, reside en la luna, en la que no hay fin. La alienación le impulsa el deseo de regresar a su Italia natal, donde la Basilicata acoge un puerto de la Agencia Espacial Mediterránea, en una tierra cada vez más parecida al satélite lunar.



Missitalia tiene múltiples niveles de lectura más allá de la habilidad de Durastanti para no ser predecible en el uso de sus elementos autobiográficos. Las tres heroínas son outsiders, mujeres que, al estar empoderadas, viven en el filo de una marginalidad dorada, brillantes en sus tareas sin poder copar nunca la centralidad. Este ser periferia física es aún más irrelevante al engarzarse con el Val d’Agri, cuya geología trasciende cualquier trama y cualquier convención cronológica y, por lo tanto, sobrevive a toda explotación humana, desde el nacionalismo a la concepción religiosa de nuestro planeta.

Durastanti triunfa al comprender que su novela no podía basarse solo en efectismos

Algunos críticos compararon esta novela con algunas sendas de Pier Paolo Pasolini por la cuestión petrolífera. Esto es absurdo. El reto de Durastanti consistía más bien en cuajar un texto ambicioso sin fracasar en el intento. Y ha triunfado al comprender cómo su construcción no podía basarse solo en efectismos, fantásticos para empezar a coser el relato pero que deben convertirse en algo más si aspira a cierta excelencia.



La combinación de mujeres singulares y un espacio concreto quedaría coja sin otra combinación esencial para completar y entender el rompecabezas que se nos propone. El tríptico es verosímil desde lo contado, que se refuerza por armar una voz distinta para cada segmento, adecuándose a la temporalidad histórica.



El de Amalia y su corte de los milagros rezuma cierto aire estilístico propio de su época, mientras Ada circula veloz por las elecciones rítmicas que van de la mano con sus circunstancias dentro del contexto de posguerra, mientras en A la fragmentación proporciona un tono que casi nos supera, como si el futuro anunciara una prosa ausente de Humanidad. Mientras esperamos ese instante, podemos celebrar que Claudia Durastanti se empeñe en esforzarse por crear Literatura, algo cada vez más extraño en el actual panorama novelístico.