Publicada

La literatura del yo, la autoficción, la novela sin ficción o como la queramos llamar ha desdibujado en los últimos tiempos la frontera entre ficción y no ficción. Entre la pura invención y el ensayo hay una infinita gama de grises. Y en ese terreno movedizo se sitúa cómodamente Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962).

Su última novela, Islandia (editorial Destino), parte de material estrictamente autobiográfico: su separación de la que ha sido su pareja durante los últimos once años, la también escritora Ana Merino.

Ocurrió en mayo del año pasado y guardaron la ruptura en secreto durante meses. Este libro, escrito por él con el consentimiento de ella, es su peculiar manera de comunicárselo al mundo.

“Ya no estoy enamorada de ti” es la bomba que cayó sobre la existencia de Vilas. Fue un misil de largo alcance: él estaba en un hotel en Sevilla, después de haber participado en un club de lectura. Ella, que se lo comunicó por teléfono, estaba en Madrid, en casa de sus padres.

La novela se titula Islandia porque dos días antes habían pagado un dineral por un crucero que les llevaría hasta el país ártico de vacaciones. Pero en las cosas del amor, cuando llegan en forma de revelación, no hay lugar para los cálculos ni la búsqueda del momento oportuno.

Vilas no guarda ningún rencor. Al contrario, asegura que este libro es “una carta de amor” hacia su exmujer. Conservan la amistad y el contacto diario. “Ella me cuida”, agradece. Aún tiene la esperanza de recuperarla.

En la literatura de Ana Merino también se ha filtrado esta ruptura, aunque en el estricto terreno de la ficción. Su última novela, El camino que no elegimos, publicada en noviembre, es una novela coral que también habla de relaciones rotas. Una de sus historias es, precisamente, la de una mujer a la que se le hace añicos la realidad cuando, "tras más de dos décadas de matrimonio, su marido le dice que ya no la quiere y que ha decidido dejarla".

En su libro, Vilas le ha cambiado el nombre a Ana por el de Ada, para indicar al lector que está leyendo una novela. Y cuando le hacemos preguntas a título personal, el escritor tiende a responder en tercera persona, marcando la distancia entre el Vilas real y el narrador.

No obstante, no tiene claro si ambos son la misma persona: “Esa es la pregunta del millón. Es indescifrable. Me moriré sin saberlo. A veces creo que sí y a veces que no, depende casi del día. En cualquier caso, tengo una relación intensísima con ese narrador porque cuenta cosas de mi vida. Cuando empiezo a leer, me doy cuenta de que eso lo he vivido yo, pero él se lo lleva a un terreno que no deja de sorprenderme”.

Pregunta. Tras leer el libro, lo primero que me sale es preguntarle cómo está.

Respuesta. Esa pregunta es muy bonita. Si es lo primero que se te ocurre después de leer el libro, significa que la literatura sigue siendo el lugar de lo humano, ahora que tanta falta hace. Voy tirando, pero me alegra la pregunta. Preguntarle hoy a alguien cómo está puede ser revolucionario.

P. Dice al comienzo del libro que lo suyo con Ana Merino no es una ruptura ni un divorcio, sino un adiós. ¿Por qué?

R. Para un escritor las palabras lo son todo. Ruptura y divorcio son dos palabras que al narrador y a mí no nos gustaban, están muy sobadas por la sociología y el narrador buscaba una palabra hermosa y esa es adiós. Las palabras importan. La literatura es eso: recordar que las palabras importan.

P. ¿Le reprocha a Ana que le comunicara que ya no estaba enamorada de usted a distancia, en lugar de hacerlo en persona?

R. Al narrador nada de lo que viene de ella le parece mal, porque hay una idealización del personaje femenino en la novela. Todo lo que viene de ella lo valora casi como algo divino. De hecho, creo que esta novela fondea a veces en terrenos religiosos, tiene momentos místicos.

P. De todas las emociones que sintió después de recibir esa noticia, ¿el miedo a la soledad es la más fuerte?

R. Sí. El miedo a estar solo tiene que ver con el instinto de supervivencia, que es el instinto más fuerte que tenemos. Tengo 63 años y nunca he visto nada más brutal que eso. Es lo que explica que de Auschwitz saliera gente viva. Esa perseverancia en la vida encierra un misterio casi sobrenatural.

"La literatura se originó en Grecia como catarsis, para nombrar lo que te duele. Era autoayuda de carácter elevado"

P. Cuando se rompió su primer matrimonio, dice que lo invadía el sentimiento de culpa, que tenía la certeza de haberle destrozado la vida a su exmujer. En esta segunda ocasión, ¿hay algún atisbo de culpa por su parte?

R. Sí, el narrador se siente culpable de no haber sabido mantenerla enamorada, de no haber sido mejor persona, más simpático, menos egoísta… Las típicas recriminaciones que puede hacer alguien que deja a otro: solo vivías para ti, o el espacio común se había agrietado, ya no había ilusión, ya no había alegría… Se culpabiliza de no haber mantenido encendida esa llama.

P. Empezó a escribir la novela el día siguiente de que Ana le comunicara la noticia. ¿Cómo fue esa escritura, torrencial o pausada?

R. Sí, de regreso a Madrid en el AVE. Empecé a escribirla como terapia. Mientras escribía, no sentía dolor, es como si fuera un potente analgésico. La gente odia la literatura entendida como terapia, pero a mí no me avergüenza. La literatura se originó en Grecia como catarsis, para nombrar lo que te duele. Era una operación terapéutica. De modo que la literatura en su origen es una autoayuda de carácter noble, elevado.

"La narración autobiográfica tiene algo de tauromaquia: lo bonito es acercarte y acercarte sin que te coja el toro"

P. Tolstói escribió al comienzo de Ana Karénina que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. ¿Puede aplicarse también eso a las parejas?

R. Sí, yo creo que sí, pero también hay elementos universales, por lo que me está diciendo la gente que está leyendo la novela y que ha vivido una separación.

P. Usted menciona que hoy la gente ya no se avergüenza de ir al psicólogo, y llega a afirmar que “España entera es un ser deprimido y angustiado”. ¿Cree que esa conciencia del malestar forma parte de nuestra identidad colectiva actual?

R. Sin duda. Es un avance que en España la gente se atreva a decir que va al psicólogo. Hace 20 o 30 años no pasaba. Aunque muchos dicen “terapeuta” por no decir psicólogo o psiquiatra.

P. ¿Usted lleva mucho tiempo yendo?

R. Toda la vida. Al verbalizar lo que te está pasando, lo ves; y al verlo estás en disposición de convivir con ello. Así funciona la terapia clásica, algo que también puede hacer un amigo.

P. ¿Cómo fue la escritura del libro, torrencial o pausada?

R. Tardé cinco meses. Lo empecé el 20 de mayo y lo terminé en noviembre. Es un libro que ha tenido mucha corrección.

"La literatura es la lucha a muerte contra el cliché. Si he adjetivado con alguno, que nadie me lo perdone"

P. ¿Qué sintió al acabarlo?

R. Lo di a leer a muchos amigos, amigas sobre todo. Tenía el problema moral de que todos los materiales eran autobiográficos, así que pedí permiso a Ana para escribirlo y me lo dio. Sin su permiso no se podría haber escrito. La narración autobiográfica tiene algo de tauromaquia: lo bonito es acercarte y acercarte sin que te coja el toro.

P. En Ordesa también escribía sobre una ausencia y un duelo emocional, en aquel caso por la muerte de sus padres. ¿En qué se parecen ambos libros?

R. Los dos son libros de duelo, de pérdida, y autobiográficos.

P. Después de Ordesa vino Alegría, un libro más luminoso en el que narraba la lucha por alcanzar la felicidad. Quizá después de Islandia venga otro similar.

R. Ojalá.

P. Usted dice que siempre escribe para sus padres, aunque ya no estén.

R. Sí, y este libro se lo dedico a ellos.

"Hay una gran precariedad entre los escritores profesionales. En España solo habrá 15 o 20 que vivan de los derechos de sus libros"

P. En este caso, ¿no pensaba en Ana como lectora mientras escribía?

R. Pensaba en el amor, en los más altos sentimientos de la vida humana. No hay que olvidar que yo soy poeta, y como tal intento dibujar lo más elevado de la vida. Si lo consigo o no es otro tema, pero estaba invocando las más altas raíces en el corazón de un ser humano: sus padres, la mujer que ha tenido, la vida. También tengo siempre en la cabeza al Proust de En busca del tiempo perdido y al Dante de la Divina comedia, son mis dos grandes talismanes.

P. ¿Ana ha leído el libro?

R. No, no ha querido.

P. ¿Cree que lo hará?

R. Sí, dentro de un tiempo. Ella vio que escribir la historia me ayudaba a no volverme loco, y por generosidad me dio permiso. Decretó que sería ficción y por tanto tomó distancia de lo que allí se contaba. Pero lo más relevante de todo es que el libro está escrito desde un amor profundo, no podría escribir un libro autobiográfico con ánimo de ajuste de cuentas. Es una celebración del amor escrita desde el momento en que se rompe, y una celebración de la persona amada. Creo que lo que he escrito es una carta de amor, con momentos brillantes de exaltación y otros de tristeza profunda.

P. Cuando uno da vueltas a un mismo tema durante todo un libro, ¿cómo se evita la repetición?

R. No se evita, se cae en ella. Tiene que ver con esa función terapéutica que comentaba. Pero en cada repetición añades un matiz, es un tema con variaciones. De hecho, todo el libro tiene música. Y no hay un solo cliché. La literatura es la lucha a muerte contra el cliché. Si he adjetivado con alguno, que nadie me lo perdone.

P. En el libro aparece el contraste entre la felicidad —o, al menos, la serenidad— de la gente con la que se cruza y su devastación interior. ¿Cómo ha vivido esa disonancia con el mundo?

R. Para el narrador es incomprensible que la gente siga con su vida, feliz, charlando amigablemente, que el mundo siga su curso cuando para él se ha roto en mil pedazos. Es como si se estuviera ahogando y todos los demás pasaran por su lado montados en una barca.

P. Un tema recurrente en sus libros es la precariedad económica. Dice en este que “con mil euros al mes el amor no existe”. ¿Cree que sin estabilidad económica es imposible amar, vivimos dentro de la pirámide de Maslow?

R. No, sí que existe el amor con mil euros al mes. Eso lo dice el narrador porque está tan afectado que su mente empieza a disparar reflexiones en todas direcciones, pero no deja de ser una observación pertinente.

P. Escribe que el dinero le importa porque nunca lo ha tenido. ¿Cómo es, realmente, la vida económica de un escritor de éxito en España, uno que en teoría vive de sus libros?

R. Uno más o menos puede vivir de sus libros pero con la incertidumbre de que a lo mejor con el siguiente deja de poder hacerlo. Salvo casos como el de Arturo Pérez-Reverte y unos cuantos más, hay una gran precariedad entre los escritores profesionales. En España solo habrá 15 o 20 que vivan exclusivamente de los derechos de autor de sus libros. Me refiero a escritores literarios, excluyo a youtubers, cocineros, etc. La mayoría necesita los alrededores de los libros: prensa, talleres, conferencias o premios.

»No hay clase media en la literatura, y eso no es bueno para un país. No me gusta que se romantice el ejercicio de la literatura, como si un escritor fuera una especie de héroe romántico. Eso es algo antiguo y subdesarrollado. Un país moderno tiene que tener escritores que cuenten ese país moderno y que tengan tiempo para hacer su trabajo.

P. Dice que escribe contra el olvido. ¿Perder la memoria es su mayor miedo aparte de la soledad?

R. Sí, para mí sería un horror que la historia de amor que viví con Ana cayera en el olvido. La literatura moderna desde Proust ha dibujado esa lucha contra el olvido. En ese sentido soy muy proustiano. Yo le recomiendo al lector que haga lo mismo, que construya una capilla con los recuerdos de su vida.

P. Imagino entonces que llevará un diario personal.

R. Sí, siempre. De hecho, hice una entrega a La Caja de las Letras del Instituto Cervantes hace poco con mis diarios personales desde principios de los 90 hasta 2010-2011. Tenía la tentación de destruirlos y pensé que la mejor manera de evitarlo era que los tuviera el Cervantes. Los dejé allí y no se podrá abrir la caja hasta 2051 porque son diarios personalísimos, no se pueden leer. No son los diarios de un escritor, sino los de un hombre que se expresa con rabia, exaltación o furia.

Manuel Vilas muestra uno de los veinte diarios personales legados al Cervantes antes de meterlo en la Caja de las Letras, el 4 de febrero. Foto: Instituto Cervantes/Valentina Deluca

P. Pero sabe que en 2051 se abrirá la caja y puede que hasta se publiquen.

R. Sí, pero para entonces tanto yo como las personas de las que hablo ya estaremos en otro mundo.

P. ¿Cómo es hoy la relación con Ana? ¿Han conseguido mantener la amistad?

R. Totalmente. Antes de hablar contigo he estado hablando con ella. Hablamos todos los días un montón de veces. Ella me cuida.

P. ¿Tiene la esperanza de reconquistarla?

R. [Ríe]. En eso estamos. Sí me gustaría, pero dime tú cómo… ¡Escribe un libro sobre eso!