J. Cedillo
Publicada
Actualizada

Elma Correa (Mexicali, Baja California) ha sido reconocida con el Premio Biblioteca Breve 2026, dotado con 30.000 euros, por Donde termina el verano, una novela ambientada en la frontera de México con Estados Unidos a partir de la historia de dos mujeres que comparten un secreto.

"Narrada con una técnica asombrosa y la dosis justa de suspense y emoción para mantener en vilo al lector, la novela pone en el centro de la trama cómo la lealtad está por encima de la ley en una comunidad sin piedad hacia los más débiles", reza el acta del jurado, formado por Sergio Bang, Laura Barrachina, Adolfo García Ortega, Santiago Roncagliolo y Elena Ramírez.

Ramírez, la editora de Seix Barral, el sello de Grupo Planeta en el que se publicará la novela, firma un comunicado en el que celebra "de manera muy especial que el premio recaiga este año en una autora mexicana, y que lo haga con una obra que dialoga de forma natural con el imaginario narrativo latinoamericano, y que incorpora a la vez una mirada propia y profundamente contemporánea".

Elisa y Aimé son dos amigas inseparables que comparten un verano que las marcará para siempre. La noche antes de que Elisa abandone la ciudad para ir a estudiar fuera gracias a una beca de atletismo, la responsabilidad de ambas en un suceso trágico fracturará no solo su amistad, sino a todo el barrio, una comunidad donde la violencia se mezcla con la superstición y el miedo.

La presente edición ha alcanzado una cifra récord de 1.218 manuscritos, "un dato que confirma la capacidad de convocatoria de un premio que, desde 1958, ha sido un referente para la literatura en lengua española", apunta Ramírez. "Algo más de la mitad de los originales proceden de España, mientras que una parte muy significativa llega desde Latinoamérica, reafirmando el carácter transatlántico de un galardón que sigue siendo un lugar de diálogo y reconocimiento entre tradiciones literarias diversas", añade.

En cuanto a los géneros y temáticas, esta convocatoria consolida algunas líneas ya reconocibles —la novela policíaca, la autoficción, la metaficción—. Se aprecia un aumento de novelas que revisitan hechos históricos a través de elementos fantásticos; relatos centrados en la salud mental; relecturas de los clásicos desde perspectivas inéditas, y narraciones protagonizadas por personajes que cuestionan su género o su lugar en el mundo. Incluso seis años después, la pandemia sigue proyectando su sombra sobre el imaginario literario.

Correa nació en Mexicali, donde reside y coordina el encuentro internacional de escritores Tiempo de Literatura y gestiona @habitaciones_ propias, una comunidad virtual donde las mujeres del mundo comparten los espacios donde creanDonde termina el verano, por tanto, es un homenaje a su ciudad, su barrio y a su gente, pero también a un modo de vida.

Según explica ella misma, "esta historia ocurre en el barrio donde crecí, a treinta metros del muro que divide México de Estados Unidos. Un laboratorio sociocultural en el que, en los noventa, coexistían los habitantes locales, las familias migrantes recién asentadas, los migrantes deportados y los migrantes con ganas de cruzar 'al otro lado', los grupos religiosos estadounidenses buscando adeptos entre la gente pobre, los médicos y enfermeras de los programas de asistencia social para zonas marginales y, durante un breve periodo de tiempo, un campamento gitano que causó muchísimo revuelo en la comunidad".

"Era un contexto violento y salvaje, pero también humano y cálido, como lo es el desierto del noroeste de mi país, y cuando le di forma al relato, supe que mis personajes solo podían habitar ese escenario", asegura la autora, que ha escrito las obras Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018), Mentiras que no te conté (UDG, 2021), con el que recibió el XX Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola; Llorar de fiesta (BUAP, 2022); Lo simple (INBAL, 2023), Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila, y La novia del león (Nitro/Press, 2024).

Primeras líneas de Donde termina el verano

Iban contentas cuando corrieron hasta la duna más alta del baldío, levantando una polvareda tras de sí. Sus huellas se imprimían en la tierra fina y arenosa, unas encima de las primeras y de las siguientes, superponiéndose, como si un ciempiés regresara sobre sus pasos una y otra y otra vez. Habían corrido cuadra y media sin parar, desde el jardincito reseco donde crecía un arbusto de jacaranda con hojas pálidas, rodeado de suculentas, biznagas y otros cactus que apenas sobrevivían a ese verano en que empezaba a hablarse en serio sobre el calentamiento global. Dejaron atrás el convivio improvisado por los vecinos. Carne asada, cervezas, sándwiches, refrescos Shasta de los abarrotes coreanos de Calexico, un pastel del mercado y una bocina que expulsaba cumbias, corridos y alguna balada pop. Apretaron el paso hasta que ya no oyeron las carcajadas, las voces sin ritmo que se arrastraban en un intento por seguir los estribillos de las canciones. Por fin estarían solas.