2026 ha comenzado con la preocupación por la vivienda en máximos históricos, según el Barómetro de Opinión de enero del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).
El 42,6 % de los españoles sitúa el acceso a una casa como el gran problema nacional. Estos datos cobran cada vez más vida en la ficción, retratista fecunda de los males contemporáneos.
“Hace falta una casa para salir al mundo, porque, si no, no hay de dónde salir ni a dónde volver”, escribe Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) en Oxígeno (Alfaguara, 2026), su última novela.
La escritora madrileña parte de algo tan personal como su casi muerte, a causa de una fuga de monóxido de carbono en su casa, para hablar sobre algo tan universal como la vivienda.
Una negligencia por parte de su casera, a la que bautiza con nombre de villana, la Arrendataria, le sirve para esbozar un crudo retrato de la generación milenial, atravesada ahora también por la crisis habitacional.
“Nuestras abuelas nacieron, parieron y murieron en la misma casa, y nosotros a los 30 años ya hemos vivido en diez distintas”, alegó la autora en una entrevista con El Cultural. “Pero ¿cómo va a ser tu casa si no puedes celebrar tu cumpleaños en ella, si no puedes tener a tu mascota, o si no puedes colgar un cuadro?”.
Para el escritor Rodrigo Gervasi (Madrid, 1998), que publica La grieta (Sexto Piso) el próximo 9 de marzo, estos pequeños detalles son lo único que pueden crear un verdadero hogar.
“Nuestra intimidad se reduce a unos pocos metros cuadrados. Invitamos a amigos y buscamos momentos de soledad todo en una única habitación: he comido en el suelo, compartido camas individuales y tenido conversaciones profundas entre mesitas de noche. Hacer uso de ellas y decorarlas es, en cierto modo, dejar un rastro de nuestra existencia, afirmar que ocupamos un lugar en el mundo”, asegura a El Cultural.
En su segunda novela, Gervasi narra los primeros años en Madrid de un joven centenial, que habiendo superado ya la etapa de compartir piso se ve obligado a continuar en ella, sin alternativas.
Lo que al principio era natural y emocionante se convierte en una carga. “Quería mostrar cómo nos adaptamos a una incomodidad constante, cómo buscamos momentos de luz en medio de ella y, sobre todo, cómo muchos de los problemas que surgen no son solo personales, sino estructurales”.
Su mirada, explica Gervasi, bebe de la de Eva Baltasar, quien en Ocaso y fascinación (Random House, 2024) relata la historia de una limpiadora sin hogar que trata de apropiarse, aunque sea por unas horas, de los espacios ajenos en los que trabaja.
Pero bien podría dialogar con la de Carlota Font en Se alquila habitación (Suma, 2025), o la del poeta peruano Omar Castro, que denuncia los alquileres abusivos, la emancipación frustrada de los jóvenes y su intimidad continuamente invadida en el poemario Habitación persona sola (Visor, 2025), galardonado con el Premio Loewe a la Creación Joven.
Un espacio mental
Virginia Woolf defendió que para escribir se necesita una habitación propia. Gervasi, quien nunca ha tenido “más que un cuarto para escribir”, está convencido de que sin él hubiera sido imposible. “Para escribir se necesita desaparecer, olvidarse de uno mismo, y eso resulta simplemente imposible en un espacio compartido”.
La escritora Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, 1963) subraya: “Ya no se trata solo del espacio físico, sino del espacio mental necesario para la escritura, aún más difícil de conseguir ante tanta incertidumbre”.
En la novela Lejos (Tusquets, 2022), inspirada en la macrourbanización del Pocero en Seseña, símbolo de la burbuja inmobiliaria de 2008, la autora catalana se adentra en el inhóspito mundo inmobiliario para alumbrar una peculiar historia de amor.
“El entorno urbano en el que vivimos condiciona nuestra forma de relacionarnos con los demás. Hay formas que favorecen la convivencia y otras que parecen creadas para que la vida se desarrolle en el interior de las viviendas. Las urbanizaciones como la que describo en mi novela funcionan de este modo, porque están trazadas sobre un tablero y no se han desarrollado de una manera natural, como suele suceder en los barrios. Las relaciones sociales necesitan su tiempo, para que se creen lazos, pero ahí todos los vecinos son nuevos y muchas veces carecen de espacios en los que convivir y conocerse”.
Estos lugares, ubicados en la periferia y conocidos como PAU (Programas de Actuación Urbanística), han ido tomando protagonismo también en los libros.
La antropóloga Inés Gutiérrez Cueli se infiltró durante dos años en una de estas viviendas y relató su experiencia en el ensayo Venir de barrio: estrategias familiares, espacio y clase en los PAU de Madrid (CSIC, 2023) y el periodista Jorge Dioni López explicó en La España de las piscinas (Arpa, 2021) cómo este modelo de urbanismo, símbolo del aspiracionismo de clase y vinculado al neoliberalismo, llegó para quedarse.
En uno de estos descampados con bloques de pisos a medio construir aterrizan José Ramón y Berta, los protagonistas de Poquita Fe (Movistar Plus +), serie creada por Pepón Montero y Juan Maidagán.
En esta segunda temporada, la pareja interpretada por Raúl Cimas y Esperanza Pedreño encarna la odisea de conseguir un apartamento en una ciudad como Madrid. Al final, acaban siendo dos urbanitas desterrados a las afueras.
“Para ellos es un infierno, pero hay mucha gente que pudiendo vivir en el centro prefiere hacerlo en el extrarradio. Hay algo aspiracional de que estos sitios son inmaculados, que todavía no están manchados por el estigma de ser un sitio de segunda división”, apunta Pepón Montero a El Cultural.
La odisea urbanita
Cuando a José Ramón y Berta los echan del piso, deben volver a vivir con sus padres, con lo que eso conlleva: roces familiares, regañinas adolescentes y el resentimiento de la relación de pareja.
“Se habla mucho de la gente joven que tiene dificultades para acceder al alquiler, pero hay muchos cuarentones que están en la misma situación. Y luego hay gente que va a acceder a un piso con 60 años, cuando se mueran sus padres”, señala Montero.
“El otro día hablaba con una pareja que decían que, como tenían clarísimo que sus hijos no se iban a ir de casa, igual buscaban una para irse ellos”, añade Maidagán.
La serie, que a su manera demuestra la vigencia de El pisito (1958) de Rafael Azcona, es un brillante ejemplo de cómo abordar un gran drama cotidiano a través de la carcajada.
“Nuestra filosofía a la hora de hacer comedia es no obsesionarse con el mensaje porque va a salir solo”. La suya, dicen, es una comedia romántica marcada por la crisis inmobiliaria. Un problema que, opina Maidagán, “es culpa de muchos pequeños hijoputas”.
En la serie aparecen varios, como el amigo que les promete una casa pero acaba alquilándola a unos turistas o los que intentan colar un trastero como un moderno loft. No tuvieron que documentarse mucho, aseguran, es algo que conocen de primera mano. “París sin parisinos sigue siendo bonita, pero Madrid sin madrileños ¿qué coño es?”, inquiere Montero.
Una capital en peligro de extinción, a la que Juan Cavestany rinde homenaje en Madrid, Ext. (2025), y cuyos problemas de gentrificación y pérdida de identidad también están en el centro de En los márgenes (2022), el debut como director del actor Juan Diego Botto, quien filma un desalojo a modo de thriller.
Otro desahucio, esta vez en Barcelona, será el protagonista de Ravalear (HBO Max), la nueva serie de Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta. La ficción, que se estrenará en febrero en el Festival de Cine de Berlín, retrata la lucha de un restaurante familiar por no acabar en manos de un fondo de inversión.
Sobre la complejidad de vivir hoy en la capital catalana también trata Un metro cuadrado, de Llucia Ramis, ensayo ganador del IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide, que se publicará el 30 de marzo.
“El problema de la vivienda está impidiendo que muchas personas puedan vivir en la ciudad y visualizar su futuro de una forma digna”, señaló Victoria Szpunberg en una entrevista con El Cultural.
La dramaturga argentina obtuvo el Premio Nacional de Literatura Dramática por El imperativo categórico, obra donde una profesora universitaria, que nunca se imaginó en los márgenes de la sociedad, acaba no pudiendo pagar el alquiler.
Algo similar le ocurre a la joven protagonista de la serie The Architect (Kerren Lumer-Klabbers, 2023), una inteligente y aterradora distopía noruega donde los garajes “se ponen de moda” como alternativa a la vivienda.
Protestar cantando
Mientras las manifestaciones de los Sindicatos de Inquilinos proliferan en España, hay quienes también denuncian la situación a través de la canción protesta.
“El futuro sobre plano, el derecho a la ciudad y a habitar con dignidad”, reclama la banda punk Biznaga en su disco ¡Ahora! (2024).
No son los únicos: el grupo navarro Kokoshca canta sobre la paradoja de “buscar el rumbo en uno mismo, mientras tu ciudad se vende al turismo” en La juventud (2024), Carla Parmenter, la mitad del dúo Las Bistecs, dispara “Antes todo esto era campo, ahora es propiedad de los bancos” en la canción Mil € (2024), y CORTE!, proyecto de Gonzalo Barbero, ironiza sobre la precariedad juvenil en Falso techo (2024): “Ajustando el filtro de peor a menos malo / Agotando las prácticas, rumiando la pobreza”.
Otra canción, La vida cañón, de Alcalá Norte, ha dado nombre al ensayo de Analía Plaza, (Temas de Hoy, 2025), que cuenta la historia de España a través de los boomers, una generación ahora confrontada con las que la suceden principalmente por su patrimonio acumulado.
“La vivienda es un problema en primer y obvio lugar de clase, pero con acentos generacionales muy relevantes en España”, señala Javier Burón, director de la empresa pública de vivienda de Navarra (Nasuvinsa) y autor del ensayo El problema de la vivienda (Arpa, 2025).
“Necesitamos un pacto de estado interclasista, pero también intergeneracional”, Javier Burón, autor de 'El problema de la vivienda'
“La mayor parte de la gente de más de 60 años es propietaria y de menos de 40 inquilina (y en muchos casos comparte piso). Consecuentemente la mayor parte de los arrendadores son boomers que alquilan generalmente a milenials o Zs. Quien no vea las relaciones de poder generacionales que esto implica o está muy ciego o tiene intereses que le impiden reconocer lo evidente. Necesitamos un Pacto de Estado que tendrá que ser interclasista, pero también intergeneracional”.
Burón cree que, por factores objetivos, esto debería haber explotado ya. “Quizás estemos ante una fusión fría”, asevera.
“Estamos pagando un precio muy alto por el esfuerzo económico de amplias capas de la ciudadanía para acceder a vivienda. Afecta a todo tipo de parámetros sociales y económicos: detracción de rentas que podrían ir al consumo, inversión y emprendimiento, dificultad para contratar mano de obra de empresas en expansión, mayor retraso en la emancipación, aún más bajada de la natalidad, problemas de salud mental y un inmenso cabreo de las generaciones más jóvenes”.
Sobre un posible retorno a las zonas rurales, como consecuencia del encarecimiento de las zonas urbanas, Burón es claro: “Por mucho que mejoremos las cosas en las zonas rurales (que hay que hacerlo), no veremos un éxodo”.
El escritor y abogado propone un gran servicio público de vivienda “a la europea”, con más inversión pública y capital privado cooperando, parques amplios de alquiler social y asequible y medidas de choque como controles temporales de alquiler y límites a la especulación.
Su ensayo se inscribe en el mismo debate que otros cuatro títulos publicados solo el año pasado: La vivienda social y asequible (Asimétricas, 2025), de Joan Clos; El secuestro de la vivienda (Península, 2025), de Jaime Palomer; Tres millones de viviendas, de Jorge Galindo (Taurus, 2025); y Vivienda: La nueva división de clase (Lengua de trapo, 2025), de Lisa Adkins.
De la literatura confesional a la comedia costumbrista y del poemario al análisis, la casa –o su ausencia– se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
