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Más de 1200 páginas componen la edición española de La broma infinita, la obra magna de David Foster Wallace (Nueva York, 1962-California, 2008) que vio por primera vez la luz allá en 1996, hace ahora 30 años, y que hoy celebramos como uno de los mayores textos que nos regaló la literatura estadounidense el pasado siglo. Una novela monumental, colosal, a la que le sienta bien cualquier superlativo para referirse a sus dimensiones sin por ello correr el riesgo de caer en la hipérbole.

Infinita, desde luego, parece en ocasiones. Y ahí es donde parece radicar la broma que señala el título. Un chiste que no se acaba, como un túnel en el que no terminas de ver la luz o una montaña en la que no se distingue la cumbre. ¿Y hasta qué punto la broma es tal cosa, si la historia no termina de cuajar, si el relato no acaba de ver unidas sus partes?

Una noción importante se pierde en la traducción del título. Infinite Jest, reza la portada en el inglés original. Jest, que es broma, pero también es burla. Como la del bufón de la corte, el jester, ese que aparece en alguna que otra tragicomedia isabelina, que, entre payasada y payasada, le dice al rey aquellas verdades que ningún otro miembro de la corte osaría manifestar en voz alta. ¿Pero qué verdad nos quiere transmitir Foster Wallace con esta chanza que sobrepasa el millar de páginas?

Vayamos por pasos. La novela de Foster Wallace nos transporta a una Norteamérica distópica en la que los Estados Unidos han absorbido los territorios de Canadá y México. En este contexto, un grupo terrorista independentista quebequésLes Assassins des Fauteuils Roulants (Los Asesinos de las Sillas de Ruedas)— quiere hacerse con una película, titulada La broma infinita, que, según se dice, lleva a un estado catatónico y posteriormente a la muerte a cualquiera que la vea.

Para estos terroristas, el filme tiene el potencial para difundirse como un virus letal por los hogares estadounidenses. Sumidos como están en lo que se describe como un hedonismo del entretenimiento, no podrán evitar la tentación de visualizar el largometraje.

Foster Wallace alertaba ya con este argumento del consumo compulsivo de entretenimiento con el que hoy estamos tan familiarizados. Algo que estaba muy asociado a su ámbito personal: con una vida marcada por la depresión, el narcisismo y la necesidad de confirmar y demostrar su propia genialidad, cayó en varias adicciones, entre las que se cuentan la marihuana, el alcohol y, en efecto, la televisión, de la que podía no despegarse durante días enteros.

El autor de La broma infinita fue consciente del problema de individualismo radical en el que estaba sumida su generación y del que él había sido el ejemplo más claro durante toda su vida. Famoso es su discurso de 2005 This is water durante la ceremonia de graduación del Kenyon College en Gamber (Ohio).

En él, partía de una breve historia en la que dos peces jóvenes se cruzaban con uno más viejo, que les preguntaba: ¿Qué tal está el agua? Minutos después, uno de los dos jóvenes miraba al otro y espetaba: "¿Qué demonios es el agua?". Con ello quería reflejar la forma en la que la sociedad actual estaba reconcentrada en su individualidad y no prestaba atención a lo que les rodeaba, ni siquiera a algo tan obvio y necesario para un pez como el agua.

El escritor neoyorquino se anticipó en el diagnóstico de varios males que hoy vemos en cada rincón de nuestra realidad y que, en su mayoría, se basan en un egocentrismo desbocado. Ello viene acompañado de la necesidad de un suministro constante y abusivo de placer en forma de entretenimiento que sirve como sustitutivo o paliativo de la soledad en la que está sumida la sociedad norteamericana —y, por extensión, todo occidente—. Un brain rot del que Foster Wallace advertía y que hoy forma parte de nuestro día a día.

¿Qué si no es el scroll infinito, o la adicción al like en redes? ¿Qué si no son los atracones de series, esas sesiones maratonianas que tan de moda puso la plataforma Netflix y que en inglés toma el nombre de binge-watching? ¿Cuántos de ustedes, amables lectores, tienen un comfort show, una de esas series que ven en bucle, cuyo final ya han visto innumerables veces y que de nuevo reproducen en su televisión u ordenador simplemente para tener "un ruido de fondo" mientras hacen sus tareas diarias?

Varias figuras destacadas de la literatura actual se han hecho eco de esta visión anticipatoria de Foster Wallace y han tenido como referencia la figura del escritor estadounidense. En La conejera (Sexto Piso, 2023), novela que le valió el National Book Award, la escritora de 32 años Tess Gunty ofrecía un amalgama de personajes regidos por una anhedonia muy similar a la que ya mostraba el autor de La broma infinita, con un estilo sin duda heredero del que se viera en el libro de 1996.

En nuestro país, encontramos una notable —y reconocida— influencia de Foster Wallace en Los escorpiones (Lumen), libro con el que Sara Barquinero saltó a la fama en 2024. De nuevo, en la novela de la zaragozana nos enfrentábamos a un grueso volumen (816 páginas) con un aluvión de personajes apáticos donde, para colmo, también hay una conspiración con un producto de entretenimiento que provoca el suicidio de todo aquel que lo consuma, al modo de la cinta de La broma infinita.

De vuelta a La broma infinita, reflejo de las conductas abusivas mencionadas es el amplísimo abanico de historias y personajes que componen la novela de Foster Wallace.

He ahí el señor Steeply, un hombre de mediana edad que se engancha a la serie de televisión sobre un hospital médico en la guerra de Corea M*A*S*H. Al principio, la toma como compensación tras una dura jornada laboral los jueves por la tarde. Con el paso del tiempo, acaba obsesionándose con la idea de que hay alguna clase de mensaje cifrado esperando a que alguien lo capte. Como la serie es un éxito, el canal de televisión repone constantemente episodios antiguos, y ahí estará el señor Steeply para verlos: en el trabajo, en la ducha, en todo momento y lugar. En sus últimos días, ni siquiera se levanta de la poltrona, totalmente anestesiado por el placer del entretenimiento. Finalmente muere con la luz del televisor iluminándole el rostro.

He ahí también Hal Incandenza, el trasunto de Foster Wallace, un joven y brillante alumno de una academia de tenis de élite adicto a la marihuana. Bajo la apariencia de estudiante ejemplar, se muestra emocionalmente bloqueado y sumido en la anhedonia, principalmente a causa de los acontecimientos que han sacudido a su familia: Su padre, James Incandenza, inventor, cineasta (fue él el artífice del filme detrás del que están los quebequeses) y director del centro en el que estudia, se suicidó haciendo un agujero en un microondas y metiendo su cabeza en su interior. El primer testigo del estropicio (que llevó al vómito al mismísimo forense) fue Hal, que no se saca de la cabeza el pensamiento que le vino a la mente justo antes de encontrar el cuerpo de su progenitor: "Algo olía delicioso".

Un Hal que está sumido, además, en una historia hamletiana—de nuevo la tragicomedia isabelina—, con un padre muerto en extrañas circunstancias y una madre que mantiene una relación —incomprensible para el joven— con su cuñado, quien, para más inri, también se ha hecho con la dirección del centro de estudios.

También Hal, como el resto de personajes que pasan por las más de mil páginas de la novela de Foster Wallace, se sume en la anestesia del consumo de narcóticos y entretenimiento. El escritor estadounidense recoge en cierta manera el testigo que dejó Aldous Huxley en Un mundo feliz en su reflejo del embotamiento colectivo a través del placer como modo de control social.

Portada española de 'La broma infinita'

Todo ello lo traslada Foster Wallace al papel con un estilo propio que se volvió inseparable de su figura. De las 1200 páginas mencionadas que forman la novela, aproximadamente 300 de ellas las compone un aparato de notas de lectura indispensable, pues están insertas en el relato y forman parte integral del "cuadro" repleto de artificios y florituras que desea pintar el escritor.

Es un recurso, el de las notas al pie, que empleó de forma magistral en varios de sus textos, utilizándolas como herramienta que añadía varias capas de significado al texto.

Un ejemplo es su relato breve "La persona deprimida", que forma parte del libro Entrevistas breves con hombres repulsivos. En él, se cuenta, como ya anticipa el título, la historia de una mujer deprimida y su relación con su psicóloga. Acompañando a la narración principal, encontramos una serie de frecuentes notas al pie a menudo más extensas que el texto principal. Estos apéndices no solo sirven para añadir información: con ellas, se representa la ramificación del flujo de pensamientos obsesivos que caracterizan un cuadro depresivo.

De modo equivalente, pero no igual, trabaja Foster Wallace con el corpus de notas de su Broma infinita. En este caso, no nos hallamos ante un apéndice que refleje los devaneos mentales de un personaje, sino ante un torrente de textos de diversa índole, desde papers académicos a historias que forman parte del relato general, que frecuentemente nos hacen pasar varios minutos de lectura hasta que, al fin, podemos volver a la narración principal.

Un aparato de notas que refleja la atmósfera saturada de estímulos de las sociedades consumistas. Se trata un torrente de ideas en el que la atención se desvía continuamente hacia una nota, tras otra, otra y otra, y en el que a menudo, en el momento en el que se vuelve al flujo de lectura normal, el lector acaba preguntándose: "¿Pero por dónde iba?".

Nos sume Foster Wallace en una permanente interrupción. Tanto es así, que hasta la historia principal queda truncada cuando de veras parece que las piezas comienzan a encajar. Es algo muy similar a lo que ya hiciera su admirado Pynchon, quien concluía su novela La subasta del lote 49 en mitad de una frase.

Con todo ello, Foster Wallace compone en La broma infinita una enorme, inacabable, e inacabada metáfora de lo que es vivir en este mundo de constantes, diversos y sofocantes estímulos. Un mundo en el que es complicado, casi imposible, prestar atención a lo que de verdad importa y en el que al final, en el aire, queda flotando una incógnita sin resolver: "¿Y qué demonios es el agua?".