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Al otro lado de la pantalla aparece el nuevo e inconfundible rostro —una lente transparente y otra oscura, su media sonrisa algo torcida— de Salman Rushdie (Bombay, 1947), fruto del brutal ataque que sufrió en 2022. Una sonrisa que se amplía cuando su editor en español, Miguel Aguilar, le dice que hay sesenta y dos periodistas de España y Latinoamérica conectados a la videoconferencia. El autor británico-estadounidense de origen indio se sorprende: “¡Sesenta y dos!”. “Y aún esperamos llegar al centenar”, apostilla aquel.

Sobre el atentado que casi le costó la vida ya dijo todo lo que tenía que decir en Cuchillo y en esta entrevista—, un libro que materializaba el triunfo de la palabra sobre el terror, como certeramente definió Rafael Narbona.

Pero la actualidad de las protestas en Irán obliga a preguntarle si cree que el régimen de los ayatolás que puso precio a su cabeza en 1989 tras la publicación de su libro Los versos satánicos está cercano a su fin, ya sea por la férrea voluntad de los y las iraníes o por las injerencias de Donald Trump. “No lo sé, no soy nada bueno haciendo profecías, ya he tenido suficientes profetas en mi vida…”.

Respecto al presidente de Estados Unidos, país en el que vive desde hace un cuarto de siglo y cuya nacionalidad posee, se declara “preocupado, como todo el mundo”. “Hay muy poco que añadir, estamos viviendo un momento muy oscuro en la vida pública estadounidense”.

Regreso a la narrativa breve

Esta vez Rushdie comparecía ante la prensa para presentar su nueva obra, La penúltima hora, que supone su regreso a la narrativa breve, género que no practicaba desde Este, oeste, un libro de relatos que ya tiene más de 30 años.

Atendiendo a la extensión de los textos, La penúltima hora contiene dos relatos (En el sur y El viejo de la piazza, que no llegan a las 20 páginas) y cuatro novelas cortas: La intérprete de Kahani, Finado y Oklahoma, que oscilan entre las 60 y las 82 páginas.

“Las historias cortas también pueden ser muy profundas. Pensemos en La metamorfosis de Kafka o La muerte en Venecia de Thomas Mann. Me apetecía volver a este formato. En la novela corta tienes la longitud suficiente para ser serio pero es lo suficientemente breve como para que sea bien legible. No obstante, después de este libro volveré a las novelas”.

Lo que no piensa, de ninguna manera, es jubilarse, al contrario que su colega Julian Barnes, que ha dicho que Despedidas será su último libro. “Me parece muy triste, espero que cambie de opinión. Los artistas tienen el privilegio de decir que nunca harán algo y al día siguiente hacerlo”, bromea.

Otro grande que decidió dejarlo fue Philip Roth. “Me sorprendió mucho. Era un escritor muy disciplinado, se tomaba la literatura como un trabajo de oficina. Cuando anunció que se retiraba, recuerdo que pensé: ‘¿Y qué va a hacer ahora con tanto tiempo libre?’. Pero lo cierto es que se le veía muy feliz con la jubilación”.

En este libro de relatos, Rushdie adopta un tono crepuscular para hablar del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, al igual que Barnes en su ya mencionado y supuestamente último libro. Pero mientras que Barnes lo hace desde el terreno del ensayo y la memoria, él lo hace a través de la ficción.

De la India a EE. UU.

Rushdie ha vivido en la India, en el Reino Unido y en Estados Unidos, y en este nuevo libro los relatos están ambientados en los tres países.

En el sur se sitúa en el sur de la India y gira en torno a dos hombres ancianos, Junior y Senior, vecinos, amigos-enemigos de toda la vida, que pasan sus días discutiendo y comparando sus achaques y fracasos. Su relación funciona como una especie de espejo invertido: la obstinación de uno y la resignación del otro revelan maneras opuestas de encarar la decrepitud, el miedo a la muerte.

Si alguien puede hablar o escribir sobre el final de la vida o la inminencia de la muerte es precisamente Salman Rushdie, que tan cerca estuvo de ella aquel 12 de agosto de 2022. Dice que “el último acto” de la obra que es la vida se puede afrontar de muchas formas.

De esto pone dos ejemplos: Beethoven compuso su Novena Sinfonía, con su Himno a la alegría, cuando ya estaba sordo. Dylan Thomas, en cambio, nos dice: “Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”. Él, por su parte, piensa que, ante la vejez y al final de la vida, se pueden compaginar las dos actitudes, tanto la ira como la serenidad.

Salman Rushdie durante su intervención en el foro 'Metafuturo', en Barcelona, el 21 de noviembre de 2025. Foto: David Zorrakino / Europa Press

En La intérprete de Kahani, Rushdie regresa a su India natal, concretamente al vecindario de Bombay (hoy Mumbai) en el que se crio, Breach Candy, para reencontrarse con los personajes de su novela de 1981 Hijos de la medianoche, el libro con el que ganó el Booker —no solo eso, sino que recibió el premio especial al mejor de los libros galardonados en las primeras 25 ediciones y volvió a ganarlo con motivo del 40.º aniversario del galardón—.

En esta nouvelle de nueve capítulos, Rushdie aborda, según explica él mismo, “el poder del arte, y concretamente la música, para inspirar y cambiar el mundo”, pero también es “una sátira de los superricos de la India”, lo cual es algo que le resulta “muy fácil y divertido”.

El texto está protagonizado por una joven música que se casa con un hombre de una familia muy rica, y el relato explora el choque entre sus orígenes humildes y ese universo de privilegios, dólares, ostentación y expectativas sociales.

La música de ella funciona como un elemento mágico que no se limita a embellecer la vida familiar, sino que puede alterar, desestabilizar o incluso destruir el entorno al que ha entrado: su arte se convierte en arma contra las hipocresías de la clase acomodada.

En busca de la inmortalidad

Finado, el primer relato que escribió de esta colección, es también su “primer relato de fantasmas”. La historia se inspira en dos grandes figuras que estudiaron, como el propio Rushdie, en el King’s College de Londres: el matemático Alan Turing y el escritor E. M. Forster.

En principio iba a ser un relato sobre la amistad entre un hombre muy mayor y un hombre muy joven. “Pero cuando empecé a escribir, maté al protagonista en la primera frase”, explica aún sorprendido de aquella decisión casi involuntaria. “Entonces pensé: bueno, nunca he escrito una historia de fantasmas, quizá sea mi momento”.

Él, por su parte, no cree en el más allá, aunque considera que se trata de “una ficción sumamente útil”. En lo que sí cree es en "la inmortalidad literaria".

"Es algo que buscamos todos los escritores. Yo escribo para la posteridad, no solo para el lector inmediato. Pienso también en los lectores que aún no han nacido y que, espero, se acercarán a mi trabajo", afirma.

Oklahoma, otro de los textos reunidos en La penúltima hora, es su “historia más borgiana”, reconoce. “Es el relato más extraño y me hace pensar en Borges, ya que es una historia sobre historias, sobre el arte, sobre muchas cosas que están en su universo”.

En este relato, Rushdie sitúa a un escritor joven en Estados Unidos, que se ve atrapado en un laberinto de versiones contradictorias sobre la supuesta muerte de su mentor literario. El discípulo intenta averiguar si ese autor mayor se ha suicidado realmente o si ha fingido su propia desaparición, y la investigación lo introduce en una red de engaños, medias verdades y relatos interesadamente construidos.

El cuento funciona como una reflexión sobre la figura del escritor como fabulador extremo: alguien capaz de manipular identidades, documentos e historias hasta borrar la frontera entre vida real y mito de autor.

Más allá de Borges, Rushdie se reconoce gran admirador de la literatura latinoamericana, especialmente la del boom: García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa —del que fue amigo—... Cita también a Elena Poniatowska, pero reconoce que no sigue tanto a los autores españoles contemporáneos.

Eso no significa que no le interesen el arte y la literatura españoles —recordemos que uno de sus libros más recientes es una reinterpretación moderna del Quijote—. De hecho, en Oklahoma presta los recuerdos de su última visita al Museo del Prado al protagonista, que declara su amor por las “tres salas más increíbles del mundo”: la que contiene las pinturas negras de Goya, la de Las Meninas de Velázquez, y la de El Bosco, resaltando no solo El jardín de las delicias, sino también La extracción de la piedra de la locura, cuadro que tiene cierto protagonismo en el relato.

También evoca en esa novela corta la época en que Goya, ya con 73 años, se instaló en la Quinta del Sordo, y reflexiona sobre el ya mencionado tema de la furia y la serenidad ante el final de la vida.

Libertad de expresión

El último relato del libro es El viejo de la piazza, una parábola sobre la libertad de expresión, protagonizada por un anciano que ocupa cotidianamente una plaza pública para conversar y debatir con quien quiera escucharle.

“Vivimos una época en la que la comunicación entre las distintas partes de la sociedad está colapsando. Incluso en el mismo idioma no nos entendemos”, afirma Rushdie.

El crecimiento de la censura en Estados Unidos es un problema muy grande, un crimen contra la Primera Enmienda. Se están prohibiendo libros en las bibliotecas y las escuelas, como Cien años de soledad, Matar a un ruiseñor o Las aventuras de Huckleberry Finn, que los jóvenes deberían estar leyendo. Afortunadamente, los juicios al respecto están teniendo resultados bastante positivos”.