Además de uno de los grandes narradores hispanos del último medio siglo largo, Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) es un ensayista de primera fila. Particular brillo y valor tienen, en este territorio, sus trabajos acerca de poética narrativa, que valen tanto por aspectos y obras concretos que abordan como por la reflexión teórica general acerca de los secretos —técnica y sentido— del arte y oficio de contar.

La mirada quieta (de Pérez Galdós)

Mario Vargas Llosa

Alfaguara, 2022. 349 páginas. 18,90 €

Abrió este frente con un temprano e imprescindible análisis sobre las fronteras entre ficción, realidad y autoría, García Márquez: Historia de un deicidio, al que sucedieron, entre otros más, La orgía perpetua, La verdad de las mentiras o El viaje a la ficción. Estos ensayos constituyen notables contribuciones a los estudios de narratología.

Con este precedente, más el de libertad y originalidad con que siempre opina Vargas Llosa, un nuevo libro suyo, de sugestivo título, La mirada quieta (de Pérez Galdós), supone un fenomenal acicate. No defrauda las expectativas. Enseguida comprobamos cómo Vargas se pronuncia sin la usual corrección crítica académica.

Sucesivamente desautoriza diversas novelas del canario con descalificaciones cortantes: “una historia bastante desatinada”, novela “llamémosla así aunque no lo merezca”, “novelita sin aliento ni forma”, “más que novela es un panfleto”, “cuenta una historia sin pies ni cabeza”, “la prosa se desmadra en alardes de cursilería y abandono”, novela “bastante descoyuntada”, “novelita” que “destaca más por sus defectos que por sus aciertos”, entre otros veredictos de igual calibre.



Tampoco defrauda en el otro extremo, el de los juicios positivos. Los tiene contrarios a las apreciaciones corrientes acerca de varios títulos: la efectista y lacrimógena Marianela, “una buena novela”; La desheredada por “su gran maestría” o la primera entrega de la serie Torquemada (no las otras tres). O yendo a los inicios de Galdós, sobre Doña Perfecta, para Vargas una de “sus mejores novelas, por lo bien escrita y ceñida que está”, valoración inexplicable si pensamos en el carácter maniqueo y simplificador de los personajes y en su elemental ilustración de una tesis.



A Doña Perfecta la coloca entre las grandes obras de don Benito, junto a las otras que sí tienen el consenso mayoritario de los estudiosos —y también, pienso, de los lectores—, la monumental Fortunata y Jacinta, quizás la gran novela española del XIX, en competencia con La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, o Misericordia, el emotivo gran fresco de la pobreza madrileña y de las egoístas clases medias.



Aunque el conjunto de juicios de valor de Vargas está condicionado por un inevitable subjetivismo, no son estimaciones gratuitas. Con razón o sin ella, sostiene su completo itinerario galdosiano en un criterio de orden formal, el cual resulta tan determinante que lo estampa como título del libro.



Galdós inventó, en esencia, “un mundo quieto y dolido”. “Su visión” de ese mundo inmovilizado por la religión “es tranquila, muy serena”. Tal cosa hizo “con objetividad y un espíritu comprensivo y generoso, sin parti pris, poniendo la moral por encima de la política”. El efecto es “la impresión de congelar a la España de entonces en una mirada quieta y objetiva, que inmoviliza aquello que quiere narrar para dar una visión más fidedigna de lo narrado”.

El libro no defrauda las expectativas. Vargas Llosa se pronuncia sin la usual corrección crítica académica

Tal percepción es de sobra discutible. A Galdós se le encrespaba la pasión más de lo conveniente con frecuencia y no tiene una mirada reposada sobre la realidad social española sino beligerante, partidista, radical y propagandista. Avant la lettre, una postura de agitprop, explicable, por otro lado, por la razón que le asistía al denunciar las miserias de los pobres, el fanatismo de los curas y la voracidad de la inútil clase media nacional.

La serenidad que le atribuye Vargas sólo llegó cuando, decepcionado con el positivismo de su juventud, dio entrada, en Misericordia o en Nazarín, a un fuerte ventarrón espiritualista. Algo que Vargas no señala.

En cualquier caso, la mirada galdosiana tuvo, según Vargas, un gran defecto, lo cual impidió que fuera un narrador moderno, equivalente o a la altura de los grandes maestros extranjeros decimonónicos. Dicho defecto tiene una base formal: fue un narrador “preflaubertiano” que no entendió que el narrador es el primer personaje que inventa un novelista.

Nunca lo entendió y distinguió entre el autor-narrador (con razón insiste Vargas en que el propio Galdós se infiltra en sus historias) y el narrador externo omnisciente, lo que le lleva a utilizar inoportunos sucedáneos (historiadores, testigos o la fantasía). Habría que discutir estas afirmaciones, no faltan rasgos de modernidad y de escritura libre en Fortunata…, por ejemplo, y, desde luego, es improcedente considerar que a Galdós “no le tocó” la “literatura experimental y vanguardista”.

Por las fechas en que el “modernism” se desarrolló estaba ya en los penosos finales de su vida y obra. Mal podía advertir y asimilar la importancia de James Joyce (Galdós murió en 1920 y el Ulises se publicó en 1922). Hay algo de ligereza en estas apreciaciones. El otro gran reparo de Vargas a Galdós reside en la afición del canario a las “grandes palabras”, sus caídas persistentes en lo discursivo, lo oratorio y lo ensayístico, lo cual señala muchas veces y a lo que atribuye un efecto contrario al realismo.

Galdós queda como un narrador reducido a bien poca cosa: Vargas no reconoce el portentoso fabulador que fue

En el primer gran bloque de La mirada quieta, Vargas Llosa repasa una a una todas las novelas de Galdós. En el siguiente, atiende el teatro, aunque ceñido a las piezas que llegaron a los escenarios, pues insiste en algo básico, que el guión (así denomina al texto teatral) no alcanza su plena virtualidad hasta que no lo activan los actores. Puesto que Vargas tampoco las ha visto en las tablas, su análisis se centra en los contenidos del texto.

Máximas expectativas despierta la tercera parte, dedicada a los Episodios nacionales. Pero no las colma por su reducida dimensión para penetrar en cuarenta y seis títulos y por su carácter deshilvanado, donde se encuentran anotaciones que nada tienen que ver con el sentido o la forma de aquella larga saga histórica.

Emulando la independencia con que Vargas repasa la obra literaria de Galdós, he de manifestar mi insatisfacción con un libro que tanto promete en principio. Me parece una publicación precipitada que habría necesitado más dedicación y un tiempo de reposo. Muchas páginas nada más ofrecen largos resúmenes argumentales.

Ignora Vargas Llosa trabajos de referencia que habrían convenido a su lectura y ni siquiera recuerda el fundamental discurso galdosiano de ingreso en la Real Academia. A la postre, Galdós queda como un narrador demediado, reducido a bien poca cosa: no reconoce en él Vargas el portentoso fabulador que fue.

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