Ni siquiera una mascarilla ocultando la mayor parte del rostro. Ni siquiera tapando las bocas. Ni la distancia de seguridad que se recomienda en estos tiempos insólitos. No son suficientes los escollos para disuadir a las voces más irreverentes de expresar su contundente reivindicación. Hasta doce ponentes, prestigiosos historiadores y notables autores de novela histórica, participan durante esta semana en El Descubrimiento de España, el curso organizado por la Universidad Complutense que se celebra en El Escorial. “Nuestra historia, aunque algunos se empeñen en ignorarla y ensuciarla”, según las palabras del director del curso, Antonio Pérez Henares, era el motivo principal de estas conferencias. La tónica común en los discursos ha sido la defensa, sin complejos ni prejuicios, de los episodios pasados de nuestro país. Un pasado que no deja de entremezclarse con nuestro presente, levantando ampollas cada vez que se le rescata.

“La historia de España está sometida a un juicio moral permanente”, se lamentaba en su intervención la escritora Elvira Roca Barea, aclamada por novelas como Imperiofobia y leyenda negra. Esos juicios, según el criterio del escritor Pérez Henares, no se corresponden sino con “la ignorancia, el enemigo colectivo de este país”, cuyos “tres hijos trillizos” son “el desprecio, la vergüenza y el odio”. Para el autor de la reciente Cabeza de vaca, novela que ahonda en la figura del explorador Álvar Núñez, la sociedad española está subyugada a una “teocracia representada por el dios de lo políticamente correcto”. Además, que “los mayores defensores de la leyenda negra sean españoles” le provoca una enorme perplejidad. 

Se refería, entre otras cosas, al término “genocidio”, utilizado de manera recurrente desde los sectores más izquierdistas en los últimos años para referirse a la conquista de América. Bajo el criterio del periodista y escritor, el de España “no es un imperio colonial, sino a la manera romana”. O sea, pretendían trasladar nuestra idiosincrasia y nuestra cultura al Nuevo Continente. “Cuando algunas repúblicas como Argentina y Chile asesinaron a sus indios, ya se habían independizado”, aclaró. Por no hablar de las estatuas de conquistadores españoles que hoy derriban los norteamericanos, aquellos que “nos llaman xenófobos y no permitieron el matrimonio interracial hasta 1967”.

Elvira Roca Barea. Foto: Jesús de Miguel

En términos similares se expresaba el novelista Santiago Posteguillo: “No podemos juzgar con parámetros exactamente iguales a individuos en contextos tan lejanos a nuestro presente”. Así, “lo que ha hecho la HBO con Lo que el viento se llevó es para matarlos”, sentenció a propósito de la decisión del canal estadounidense, que recientemente eliminó de su catálogo la legendaria película de Victor Fleming por una supuesta connotación racista.

Al hilo de la corrección política y su principal punta de lanza en los últimos tiempos, el feminismo, Posteguillo justificó la presencia de uno de los personajes más importantes de su bibliografía, Julia Domna, protagonista de la novela por la que obtuvo el Premio Planeta en 2018: Yo, Julia. “El relato histórico contado por hombres apartaba a las mujeres”, reconocía, por lo que, en su defensa de la emperatriz consorte como histórico icono femenino, hubo de ser muy prudente y obstinado para rescatar la versión más legítima del personaje. En la misma línea, Roca Barea reivindicaba la actitud de Isabel I de Castilla, que “escogió al varón con el que casarse en una maniobra de empoderamiento femenino sin precedentes”.

La periodista Isabel San Sebastián desarrolló esta idea con apuntes históricos muy elocuentes, a propósito del rol femenino durante la invasión musulmana, donde “la mujer prácticamente no tuvo entidad”. Al mismo tiempo, celebró cómo la historia había empoderado a las mujeres del norte de España, habitantes de pueblos con tradición celta y, por tanto, históricamente “más resistentes a las invasiones”. En su ponencia, dedicada al fin de la etapa visigoda y el consecutivo dominio musulmán, quiso aclarar que este “no fue precisamente un periodo floreciente, sino especialmente cruento”. Y apostilló: “Hoy queda muy progresista hablar de pacifismo, de que no hubo conquista y de que Covadonga ni siquiera existió”.

¿Cómo hacer un gran país?

La jornada del martes fue especialmente reveladora, pues se presentaban dos propuestas dispares —no por ello enfrentadas— para construir un país sólido. Por un lado, la orgullosa ponderación de nuestra identidad nacional frente a la “leyenda negra” que arrastra la historia de España, a cargo de Roca Barea. La novelista dedicó su intervención a rescatar del olvido el “gigantesco” intercambio comercial entre América, Asia y Europa durante casi tres siglos, propiciado por los viajes del explorador Andrés de Urdaneta en 1564 y 1565, lo que supuso “un trascendental avance para la humanidad”.

Juan Luis Arsuaga. Foto: Jesús de Miguel

En este sentido, advirtió a los asistentes que “ustedes han aprendido la historia desde una perspectiva anglofrancesa”, pues desde el siglo XVIII en adelante “han introducido en nuestros tuétanos la noción de decadencia”, lo cual no sucede con la interpretación de la historia en los imperios francés y británico. Así, esa leyenda negra de nuestro país “se construye en la Europa Occidental con nociones anticatólicas y antiespañolas”, concluyó. 

Por otro lado, la voz más disruptiva con el tono general del curso fue la del paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, que propuso “tres recetas” para ser una gran nación: atraer talento de fuera —una visión más cosmopolita—; ser inclusivos sin excluir a nadie — “el que mucho aprieta, poco abarca”, resolvió— porque “un país sin ciencia y sin tecnología nunca será un país grande”; y dudar de todos los preceptos que se den por sentados. O, lo que es lo mismo, “huir de los dogmas”, que enlaza con la idea repetida durante todo el curso acerca de los peligros del sectarismo.

No obstante, la perspectiva de Arsuaga sobre la historia de España difiere del discurso más o menos unitario que andan formulando sus compañeros en estos días, tal y como apuntábamos. “Cuando nos ponemos solemnes somos insoportables. Nuestro estilo es la tragicomedia —el escepticismo y el desengaño a través de una mirada humorística— y el mejor ejemplo es Cervantes”, manifestó. Y añadió que “somos mejores cuando no nos juzgamos, sino que somos tolerantes con los defectos propios y ajenos”, antes de citar a los directores Luis García Berlanga y Pedro Almodóvar como representantes de la extensión contemporánea del autor de El Quijote.

Isabel San Sebastián

La exposición más dinámica tuvo lugar en el ecuador de las jornadas. Un gran acierto. Se trataba de un viaje visual por la historia de España a través de los cuadros de Augusto Ferrer-Dalmau, pintor realista de historia y de batallas. Los alumnos disfrutaron de “una pintura muy cinematográfica”, tal y como apuntó el escritor Emilio Lara con mucho tino. Ferrer-Dalmau, que no concibe la injerencia política en la historia — “mis cuadros no son ideológicos”, aseguró—, sí quiso incidir en la sensación que albergan la mayoría de los ponentes, según la cual España no ha vendido bien su historia. “No se pueden juzgar los hechos del pasado con las mentalidades del presente”, justificó, como haría Posteguillo en la jornada inaugural.

El miércoles concluyó con la intervención de la periodista y escritora Eva Díaz Pérez. Su conferencia, la más literaria de todas las expuestas hasta el momento, recreaba la época en que Sevilla fue capital económica del Imperio Español. Felizmente ilustrada con la lectura de distintos fragmentos correspondientes a otras novelas históricas, Díaz Pérez narraba en La Sevilla del Descubrimiento: el puerto de los asombros —así rezaba el título— cómo Los Reyes Católicos concedieron el monopolio del comercio marítimo con América al puerto de la ciudad hispalense: el Puerto de Indias. 

No se olvidó de agradecer al curso la puesta en valor de la novela histórica —“ficción verosímil”, apuntó— como “vehículo” entre el público generalista y el rigor histórico. “La literatura ha sido la gran recreadora de los tiempos pasados”, sostuvo poco antes de insistir en la principal motivación de estas jornadas: rescatar la memoria “injustamente olvidada” de España. Hoy participan los escritores José Calvo Poyato y Almudena Arteaga, y el diplomático Inocencio Arias. Mañana clausuran las jornadas el escritor Javier Sierra y Emilio Lara, secretario del Curso de Verano, con una conferencia en homenaje a Benito Pérez Galdós, “padre de la novela histórica española” según el escritor, por el centenario de su muerte.

@JaimeCedilloMar