Jugoso maridaje de teatro y filosofía el que nos ofrecen Ernesto Caballero y Javier Gomá en el recién refundado Galileo a partir de este sábado. El cruce de ambos, que tiene como precedente Inconsolable (emotivo texto de Gomá escrito a la muerte de su padre que escenificó Caballero en el CDN), ha dado luz ahora al montaje El lugar del otro. Lo componen, en realidad, cuatro piezas, dos firmadas por el filósofo (Don Sandio y La sucursal) y dos por el regista y dramaturgo (El reverendo Dodgson y Que venga Miller).

El cuarteto lo escenifica, lógicamente, Caballero, que cuenta con los actores Noemi Climent, Silvia Espigado, Pedro Miguel Martínez, Estíbaliz Racionero y German Torres. Este explica la premisa temática que hilvana todos los textos en liza: “Sólo mediante la imaginación podemos conocer y comprender (que no justificar) las conductas, creencias y circunstancias ajenas y, de este modo, ampliar nuestros horizontes cívicos y personales”. Y, por otro lado, cómo los ha conseguido compactar estilísticamente sobre las tablas: “Mediante un espacio común de representación definido por la esencialidad escénica, así como por un esmerado trabajo de interpretación dirigido a despertar la imaginación del público. Sin imaginación, las ideas se vuelven desconocidas. La imaginación nos desiguala al lograr que reconozcamos al otro como distinto. Nuestro trabajo busca este reconocimiento del otro que no necesariamente es empatía”.

“El escenario -añade Gomá- invita al público ver lo que les pasa a otros, actores y personajes, en primera línea. Por tanto, una de las más importantes funciones del teatro siempre ha sido una función ética y hasta filosófica”. Buen ejemplo es La sucursal, que acontece en un cajero donde una mujer que va a sacar dinero se encuentra con un mendigo que utiliza el habitáculo para guarecerse. “Se trata de un ejercicio de vivencia filosóficamente meditada”, apunta el director de la Fundación Juan March. “En este caso de dos cuestiones éticas fundamentales: la felicidad, que es sustituida por la idea superior de dignidad, que ninguna persona ni ningún banco pueden comprar por mucho dinero que saquen del cajero”.

La otra pieza suya, Don Sandio, toma el nombre de un egregio profesor que siente de pronto una parálisis ante el compromiso de ofrecer una conferencia. “Su drama, como confiesa de manera casi casual a una fotógrafa, su verdadera tragedia, es: ‘El de tener talento suficiente para saber dónde están las buenas ideas, pero insuficiente para producirlas’. Esto lo hace, en su opinión, indigno de obtener un aplauso, aunque sea el filósofo más prestigioso de España”. Es decir, no siente el derecho a ese premio con que recompensa un auditorio a quien le brinda “belleza, amenidad, emoción y conocimiento”, enumera el autor de la Tetralogía de la ejemplaridad, que confiesa que la inspiración para esta obra procede de su vasta experiencia como ‘pronunciador’ y espectador de miles de conferencias (recordemos el magnífico archivo de la Juan March en esta materia).

Ese bagaje le ha dado pie a elaborar lo que él llama “una teoría general del acto público”, que arroja conclusiones preocupantes y a la vez potencialmente iluminadoras. “Cada acto público -desarrolla- requiere un género literario y dramático distinto: no es lo mismo la defensa de una tesis doctoral, un acto de oposiciones, una conferencia, una mesa redonda, un discurso de graduación, palabras de un presidente de una empresa ante sus accionistas. Los públicos son distintos y las expectativas también. Pues bien, en mi opinión, en la cultura española es mi frecuente confundirse de género y de público, y de esa esa sensación general de tedio, cuando no de sadismo (con la pobre atención del asistente) que presiden nuestros actos públicos”. Resumiendo: que en este país la conferencias no se dan sino que se asestan, a traición.

Por su parte, Caballero regresa con Que venga Miller a uno de los temas centrales de su dramaturgia reciente. A saber: cómo la tolerancia deviene en intolerancia, que ya estaba en la base de La autora de Las Meninas y Viejo amigo Cicerón. "Siento debilidad indagar en escena fenómenos que, en principio, me resultan incomprensibles. Eso me sucede con la política de la cancelación, con la actual impugnación del pensamiento y el arte inconveniente, cuando es, precisamente esta inconveniencia lo consustancial al arte y al pensamiento”, señala el exdirector del Centro Dramático Nacional. Una deriva que, a su juicio, puede tener origen en un fenómeno concreto: la educación ultraprotectora que damos a nuestros hijos. Teoría que, admite, ha encontrado en el “esclarecedor” libro La transformación de la mente moderna de Haidt y Lukianoff.

De su cosecha es también El reverendo Dodgson. De la cultura de la cancelación pasa a la de la sospecha, que, en verdad, están íntimamente concatenadas. Trae a colación la vieja polémica que persigue a Lewis Carroll, acusado de pederasta. “Es una codiciada pieza de caza mayor para todos esos detectives moralistas del pasado. Tanto su figura como su obra es sacudida en nuestros días por un visión que, paradójicamente, termina entroncando con el puritanismo victoriano. Esta contradicción me parece muy interesante, así como las razones, ventajas y desventajas de la pérdida una mirada inocente sobre mundo de la que creemos, inocentemente, que estamos vacunados”.

En el lugar del otro se enmarca en el ciclo Teatro Urgente, que coordina Karina Garantivá, exhibirá también Hannah en tiempos de oscuridad, sobre textos de Hannah Arendt, y Las cárceles que elegimos, a partir de la obra de la Nobel británica Doris Lessing.

@alberojeda77