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Nos habían avisado. No es que Van Morrison sea puntual, es que es impaciente: siempre sale antes de tiempo. En el primero de sus dos conciertos en las madrileñas Noches del Botánico solo fueron tres minutos antes de lo previsto; el año pasado casi diez.

Lo suficiente como para hacer rabiar a los rezagados de las barras y para que el público de las gradas cambiase los abanicos por los aplausos. No los dejaron muy lejos, el caluroso resol de las tardes interminables de junio todavía iba para largo.

Con el músico norirlandés hay que ser previsor, nunca se sabe por dónde va a salir. Su espléndida banda, que le ayudó a arrancar el concierto con Deep blue sea, de su último álbum (Somebody Tried To Sell Me A Bridge, 2026), parece curada de espanto.

Van Morrison en las Noches del Botánico este martes en Madrid. Rodrigo Mínguez

Van The Man, enjuto y presumiendo de su maestría con la armónica, la guitarra y el saxofón, demostró esta noche que también su fama de irreverente y mandón son ciertas.

Comenzó acatando normas y setlist, tocando las versiones bluseras de su último trabajo (Kidney Stew Blues, Madame Butterfly, Snatch It Back and Hold It), pero al cantar (de forma algo desaprovechada) Down To Joy, una de las grandes canciones de su penúltimo disco (Remembering Now, 2025), se le torció el morro y alteró el orden del setlist.

Un detalle menor e imperceptible para el público, pero significativo para quienes conocen el repertorio y, sobre todo, para la banda, a la que Morrison se dirigió durante toda la noche como un director de orquesta airado en pleno ensayo, dando indicaciones en directo.

Sus músicos —desde las coristas Sumudu Jayatilaka y Jolene O'Hara hasta el guitarrista David Keary y el saxofonista Richard Buckley— parecen saber cómo se las gasta el músico norirlandés y, si este provocó algún desajuste, nadie pareció inmutarse.

Ya de mejor humor, el músico y su grupo siguieron alternando baladas como las actuales The Only Love I Ever Need Is Yours y When The Rain Comes o la noventera Enlightenment, a las que el acogedor Jardín Botánico de la Universidad Complutense les viene como un guante, con su repertorio más clásico, heredero de su querido jazz y rhythm ‘n’ blues (Play The Honky Tonks, Ain't Gonna Moan No More).

Van Morrison en las Noches del Botánico este martes en Madrid. Rodrigo Mínguez

Morrison comparte con veteranos como Bob Dylan el placer de homenajear en directo a sus ídolos. Al cantar Real Real Gone (“Y suena Sam Cooke en la radio, y la noche está llena de espacio”), acabó mezclándola en uno de sus medleys con You Send Me, del cantante estadounidense. Y después de dedicarle a Ray Charles su canción If It Wasn’t for Ray, el cantautor quiso rematar con una versión de The Right Time.

Contra todo pronóstico y a medida que anochecía, el León de Belfast parecía contento, o al menos más risueño de lo habitual. Aunque en 2025 confirmó su asistencia al ciclo de conciertos in extremis, pareció sentirse tan cómodo en este pequeño oasis musical de la capital que pidió repetir otro año, no una, sino dos veces —este miércoles actuará de nuevo en Madrid antes de viajar a Barcelona—.

Esta vez dio las gracias al público hasta en tres ocasiones en un español de veraneante en la Costa del Sol y se podría decir que el público madrileño le robó al blusero gruñón alguna sonrisa. Todo un mérito. Incluso bromeó con su reputación de no deleitar al público con su presencia más de una hora: "Esto ha sido todo, amigos" (That's all folks"), llegó a decir en mitad del concierto. Todavía le quedaba algo más que ofrecer, aunque de la hora y media no le saque nadie.

Quienes conocemos su fama de cascarrabias y hemos presenciado sus tan brillantes como herméticos directos, no esperábamos un concierto de grandes sorpresas, ni grandes hits. Tampoco hizo falta. Quien busque de este octogenario la adolescente Brown Eyed Girl (1967) se puede ahorrar el dinero.

Aun así, es una pena que al autor de Astral Weeks (1968) se le note tanto que le cuesta cantar sus canciones más conocidas: una Moondance cantada rápido y a regañadientes fue lo máximo que le pudo dar al público que, por primera vez en la noche, alzó sus teléfonos para grabar la mítica canción.

No se le puede reprochar, eso sí, devoción por el directo. Morrison todavía disfruta tocando, y se nota, si no no estaría girando con 80 años. Pero a su edad puede hacer lo que quiera. Quizá por eso no necesita finales sorprendentes y acaba siempre con la misma canción, esa Gloria que le consagró a él y a Them.

Y con las mismas prisas con las que entró, se fue. La banda lo despidió y siguió tocando. Y aunque siempre parece que puede volver a salir en cualquier momento, Morrison no es de los que apuran.

A la salida, algunos espectadores reprocharon su comportamiento e incluso le tacharon de "impresentable" por marcharse de ese modo. Otros preferíamos recordar con una sonrisa lo que una vez dijo nuestro querido Javier López Rejas: mientras el público sigue coreando y la banda acaba sus últimos solos, lo mejor es imaginarnos a Van Morrison ya en el hotel diciendo: “Aquí paz y después Gloria”.