Vienen de la ira materializada en adoquín. Del ladrillo visto bajo el cielo encapotado. De un pasado plagado de eufemismos y un presente que los ha convertido en destino turístico.
Por eso, su provocación no es un souvenir. Su rabia es genuina. La mamaron de pequeños a través de las ubres de quienes sufrieron los llamados Troubles. Y la escupen en rimas: atrás quedaron las balas. Kneecap, un trío de rap norirlandés, lleva un tiempo en el que apenas requiere presentación. Su existencia es igual a rebelión.
Rapean en gaélico, reivindican una identidad históricamente perseguida, mezclan hedonismo y memoria de guerra, apoyan abiertamente a Palestina y acumulan titulares por sus choques con el establishment británico. Y, mientras algunos políticos y medios piden cancelarles, ellos llenan festivales, estrenan una rareza audiovisual entre el documental y Trainspotting, publican nuevo disco y están de gira.
Tras su paso por el Primavera Sound de Barcelona, este lunes actúan en Bilbao y el martes en Madrid. Este último álbum, FENIAN, profundiza en ese cóctel de agitación política, cultura popular y voluntad de expandirse musicalmente.
FENIAN rememora a los nacionalistas irlandeses del siglo XIX que lucharon por la independencia. En décadas posteriores, este término se utilizó como insulto. Kneecap lo recupera como una declaración de orgullo ancestral. Y lo convierte en el epígrafe de 14 temas arrojados desde una combativa y mestiza trinchera.
“Hemos jugado con distintos estilos –punk, trip hop, electrónica...– porque vimos que podíamos crear algo más”, explica DJ Próvaí, nombre artístico de J. J. Ó Dochartaigh.
“Entre nuestro mánager, Dan Lambert, que es un genio, y yo, más científico, hemos logrado mucha variedad”, añade el fundador por videollamada, oculto tras el famoso pasamontañas tricolor –naranja, blanco, verde: la bandera de la isla esmeralda– que luce públicamente.
Kneecap podría percibirse como una anomalía: tres jóvenes haciendo versos gamberros en una lengua minoritaria y conectando las cicatrices de Belfast, su ciudad, con la escena underground y las drogas recreativas. Pero el fenómeno ha dejado de ser local y parecen decididos a demostrar que detrás del ruido también existe ambición artística.
Los ecos de los Troubles
Pero la política sigue siendo algo indisociable. En la capital del Ulster, la infancia jamás fue sinónimo de inocencia. La urbe, con cerca de 350.000 habitantes, continúa dividida por alambradas, barrios y símbolos que forjan un carácter especial. Los integrantes de Kneecap crecieron entre los ecos de aquel conflicto que enfrentó a republicanos y unionistas (partidarios de la pertenencia al Reino Unido y la corona), dejando miles de muertos. Y consideran que esa experiencia atraviesa inevitablemente su música.
“Hemos sufrido los Troubles, vivimos bajo ocupación y existen grandes problemas sociales. Nuestros padres han pasado muchas penurias y el Gobierno no les ha ayudado. Aquí, eso ha llevado a juntarse en comunidades”, sostiene DJ Próvaí. Kneecap no surge de la nada, sino de una tradición concreta de resistencia y furia juvenil: “Somos una continuación del punk de los 70”, afirma.
Ambos aparecen como expresiones nacidas de contextos violentos, atravesados por el desempleo, la tensión identitaria y el desencanto. La diferencia es que Kneecap incorpora además la lengua como herramienta central. Sus canciones conjugan militancia e ironía, referencias sexuales, consumo de estupefacientes y absurdo. Huyen de la solemnidad revolucionaria. “Crecimos con gente que nos contaba unas historias que no podíamos trasladar al pop”, dice DJ Próvaí.
"La historia de Irlanda es muy trágica, por eso nosotros tenemos mucho humor negro". DJ Próvaí
Ese peso narrativo alumbra parte de su capacidad para transformar episodios traumáticos en algo festivo. Una actuación de Kneecap congrega arengas sociales, loops incisivos, bromas obscenas y referencias al brutal pasado de su tierra. Una rave montada sobre décadas de odio sectario. Diluyen esa agresividad acumulada en retranca. “La historia de Irlanda es muy trágica, por eso nosotros tenemos mucho humor negro”, arguye DJ Próvaí. Pero no se libran de la controversia.
Durante los últimos meses, el trío ha sido acusado de apología del terrorismo por la supuesta exhibición de una bandera de Hezbolá y comentarios relacionados con Hamás durante un concierto. También ha sufrido campañas de presión por sus mensajes sobre Palestina y por acusar abiertamente a Israel de cometer un genocidio en Gaza.
Nada les ha acobardado. En FENIAN vuelven a cargar contra este Estado, contra los medios de comunicación y su censura o contra los miembros del Parlamento británico. Incluido el primer ministro, Keir Starmer. Le citan directamente en Liars Tale, donde le llaman “la puta de Netanyahu”.
DJ Próvaí mantiene el piropo y no duda a la hora de definir al Gobierno del Reino Unido: “Es una colección de colonialistas. Lo más civil que han hecho ha sido torturar y apoyar genocidios, aquí y en África. Es una especie de pareja injusta e indeseada”.
Y no dejan de ganar adeptos. Se les ve en los carteles de Glastonbury o Coachella, poco sospechosos de antisistema, y agotan entradas de su gira, que incluye España. Un progreso paradójico para unos chavales que se criaron entre bloques donde los muros eran lienzos. Donde las proclamas olían a llanta quemada y esquirlas en el asfalto.
“Los irlandeses han peleado mucho por su acervo. Que sigamos teniendo nuestro propio patrimonio cultural y social es un milagro. Por eso lo reivindicamos”, sentencia DJ Próvaí.
