Cada año ocurre lo mismo, con la temporada de festivales llega el drama de los solapes. El chute dopamínico al conocer los golosos carteles de algunos festivales se va diluyendo a medida que se anuncian los horarios de las actuaciones, muchas de ellas coincidentes entre sí.
"¿Cómo se supone que voy a llegar a tiempo de Zara Larsson a Jennie?", preguntó una usuaria de Instagram al conocer los horarios del Mad Cool, que se celebrará en julio en Madrid. "Caminando o corriendo, como prefieras", contestó la cuenta del festival, muy criticado por algunos de los solapes de su décima edición.
Correr suele ser finalmente la opción necesaria para acortar las distancias, en ocasiones kilómetros, que separan los escenarios de grandes macrofestivales, donde parece ocurrir todo a la vez en todas partes.
El Mad Cool, con cinco escenarios, no es el más grande. Ahí están los siete escenarios del Lollapalooza, los ocho del Coachella (California), los 16 del Tomorrowland (Bélgica), la locura de las más de 100 plataformas y espacios de Glastonbury (Reino Unido) o los 17 escenarios del Primavera Sound de Barcelona, que acaba de terminar su edición algo pasada por agua.
Condiciones meteorológicas y cancelaciones excepcionales aparte, los macrofestivales se han convertido en la paradoja de la elección y una buena representación del FOMO (fear of missing out / miedo a perderse algo) llevado al extremo. "Aunque parezca que cuantos más grupos programa un festival, más grupos podrás ver, la realidad no es acumulativa, sino selectiva. Solo tienes dos ojos y dos piernas, de modo que cuanto mayor es la oferta, más grupos te verás obligado a descartar", reflexiona Nando Cruz en el pertinente ensayo Macrofestivales (Península, 2023).
"No es nada extraño encontrar a gente en las redes sociales que celebra la cancelación de un concierto que tenía muchas ganas de ver porque eso le evita tener que descartar otro grupo programado a la misma hora y que también anhelaba escuchar. Celebrar que un grupo cancele su actuación en un festival por el que has pagado: así de tarumbas podemos quedarnos cuando caemos en estas espirales de ansiedad musical inducida", reflexiona Cruz.
Para sobrevivir al Primavera Sound de este año, la revista web Sustrato llegó a crear un "QuitaSolapes", una herramienta pensada para elegir qué conciertos ver cada día que incluía, además, consejos aplicables a cualquier macrofestival: "No intentes ver trozos de conciertos para abarcar lo máximo posible", "si no puedes ver al final algo que te apetecía mucho, finge que nunca ha estado en el cartel" y "disfruta lo que estás viendo en cada momento sin pensar en cómo estará tu otro yo en el universo paralelo en que escogiste otra cosa".
Otras webs como Clashfinder son también un habitual recurso festivalero para organizarse antes de lanzarse a la aventura. "Cuando el Primavera Sound anuncia sus horarios, lo primero que hacemos mis amigos y yo es rellenar nuestros “clashfinders” y enviárnoslos", cuenta a El Cultural Adrián Fante, creador de contenido sobre música y conciertos en redes sociales.
A la hora de elegir entre un artista u otro, Fante reconoce que su primer impulso es priorizar el que más haya escuchado en los últimos meses y guiarse por lo que "le pide el cuerpo", aunque también suele decantarse por bandas que rara vez se dejan ver por España antes que por las que repiten en cada gira.
Además, los años de experiencia le permiten también intuir cuándo un buen grupo puede decepcionar por culpa de una mala programación de espacio y horario, ya sea porque "el escenario se les puede quedar grande para su propuesta intimista" o porque su sonido es "demasiado oscuro para las seis de la tarde". "Eso sí, a veces te equivocas completamente y te llevas gratas sorpresas. Es una de las cosas más bonitas de la música en directo".
Por otro lado, Fante considera que los solapes afectan sobre todo a los grupos emergentes. "Los cabezas de cartel siempre van a tener público masivo y, como mucho, pueden solaparse con algún concierto de un grupo mediano que suscite un interés especial y les pueda 'robar' algo de público. Sin embargo, los emergentes se suelen solapar con los cabezas de cartel, con grupos con cierto recorrido y, a veces, hasta con otros emergentes. También puede darse el caso de que no se solapen con nadie, pero el precio a pagar suele ser tocar a primerísima hora, cuando el festival acaba de abrir sus puertas".
Fante reconoce haberse perdido conciertos que quería ver en todos los macrofestivales a los que ha ido, aunque también le ha pasado en festivales medianos, con muchos menos solapes. "Hay micro-solapes (de 5 o 10 minutos) que pueden afectar mucho tu experiencia, ya sea porque te pierdes el final (a veces épico) del concierto que estás viendo o porque llegas tarde al siguiente y no te puedes posicionar como te gustaría por la afluencia de gente", matiza.
Y recuerda: "En el Primavera Sound 2025, decidí renunciar a los últimos 10 minutos del show de Parcels (que estaba siendo espectacular) para poder llegar a la primera canción del concierto de Been Stellar, que terminó convirtiéndose en uno de mis top 3 de la edición. Creo que tomé la decisión correcta, pero ese momento en el que te ves obligado a primar lo racional sobre lo emocional sientes un poco de bajón".
Al ya de por sí estresante proceso de selección, Nando Cruz suma en su ensayo un factor que distorsiona por completo nuestra percepción: las redes sociales. "Mientras un espectador se dirige al concierto A, tú puedes recibir información de espectadores que están en el concierto B o en el C; justo los dos que descartaste tú. Es información que resquebrajará aún más tu ya de por sí frágil decisión".
Tetris musical
Armar los horarios de un macrofestival es un complejo encaje de bolillos donde el criterio musical rara vez es la prioridad; se imponen, en su lugar, factores como la logística o las normativas acústicas, cada vez más estrictas.
La organización del Mad Cool —que en su última reestructuración redujo su aforo a 55.000 personas por jornada y recortó sus escenarios de ocho a seis— se vio envuelta en polémica al desvelar que las actuaciones de dos de sus grandes reclamos, Moby y Foo Fighters, se solaparían.
Sin embargo, en estos eventos mastodónticos, contraprogramar a dos cabezas de cartel a la misma hora es muchas veces la única forma de dividir el flujo de asistentes; si todo el público se concentrara simultáneamente en un solo punto, el recinto colapsaría.
Ante la avalancha de críticas, el festival (que no ha contestado a las preguntas de esta revista) se justificó en sus redes sociales aludiendo a "las peticiones y necesidades de los artistas, que están por encima de nuestro control", defendiendo además que "los escenarios están a suficiente distancia para que no se pise el sonido".
Festivales sin trampa ni cartón
Aunque se produzcan solapes incomprensibles a ojos del asistente —especialmente cuando coinciden dos bandas de corte similar—, Fante es consciente de que los grandes festivales no lo tienen tan fácil a la hora de gestionar este tetris.
Sin embargo, como festivalero habitual, cree que las claves de una buena gestión horaria pasan por diseñar recintos de uno o dos escenarios, evitar programar actuaciones a primerísima hora (sinónimo de pasar mucho calor) y tener muy claro cuál debe ser el orden lógico de los artistas. Con esto en mente, señala como referentes al festival Observatorio en León, el portugués Paredes de Coura y el Canela Party de Torremolinos.
"Nosotros organizamos el festival al que nos gustaría asistir", cuenta a El Cultural Álvaro Fernández Maldonado, codirector del Canela Party, que se celebrará a finales de agosto en Málaga. "Si yo compro una entrada de un festival en el que aparecen equis nombres, me gustaría poder verlos todos".
Este festival, que nació en 2007 como un proyecto entre amigos en salas malagueñas, dio un salto de formato en 2022, pero manteniendo un aforo de 5.000 personas por jornada y con solo dos escenarios. "Para nosotros es importante que ambos sean iguales. No le damos más importancia a unas bandas que a otras, los dos escenarios tienen el mismo tipo de equipo sonoro y audiovisual. La idea es que en el momento en que acaba un concierto, empieza el otro", explica Fernández Maldonado.
El codirector del festival malagueño es consciente de que pueden "presumir" de no tener solapes por su formato pequeño e independiente —"En el Canela no vas a ver los nombres gigantes de los macrofestivales porque no tenemos acceso a ellos, ni el músculo, ni el presupuesto, ni la infraestructura"—, pero considera que "los solapes se han normalizado del mismo modo que se han normalizado otras prácticas abusivas".
"Como que existan colas para ir a los baños, para pedir cerveza, y que para evitar esas colas tengas que tener una entrada VIP. Nosotros estamos totalmente en contra de las entradas y la zona VIP. Un festival debe ser transversal, que todo el mundo pueda estar cómodo y disfrutar de la misma forma", sostiene.
El Canela Party cuenta con un público fiel y melómano—"Somos un festival pequeño que apenas puede invertir en temas de publicidad y nuestra mejor publicidad es el boca a boca"—, y ha sabido recoger su descontento hacia el modelo de los macrofestivales.
"Si los primeros festivales españoles se postulaban como refugio para melómanos que se sentían desatendidos por la agenda de conciertos, el crecimiento de estos certámenes ha provocado que vuelvan a sentirse desatendidos y expulsados. Ese sector del público sinceramente interpelado por la sobreoferta de opciones y, por lo tanto, víctima de la paradoja de la elección, es el que lo pasa peor, el que desarrolla más esos sentimientos de ansiedad y frustración", señala Nando Cruz en su ensayo.
Irónicamente, apunta el periodista musical, el público que se siente más cómodo en los macrofestivales es el que no tiene un interés especial por la música que suena allí. El perfil más purista, en cambio, es el que más sufre la "festivalización" de la música, atrapado por unos contratos de exclusividad que impiden muchas veces a los grupos pasar por las salas para concentrarlos en los grandes festivales.
Sin embargo, la oferta de estos macroeventos sigue siendo una opción tentadora para cualquier amante de la música en directo. "Cuantos más nombres interesantes en el cartel, más posibilidades de que tu ruta termine compensándote, aun habiendo solapes dolorosos", reconoce Fante. "La gente se puede pillar el cabreo cuando salen los horarios, pero su experiencia cuando llega el festival, generalmente, es buena. Y cuando sale el cartel de la próxima edición, meses después, ya se han olvidado completamente del tema solapes (hasta que vuelven a salir los horarios). Lo veo cada año".
