Jonathan Nott (Solihull, Reino Unido, 1962), uno de los directores más demandados del mundo, asumirá el próximo mes de septiembre la dirección musical del Liceu. Todo sucedió cuando estaba dirigiendo El anillo en Basilea, tan cansado de sostener tanta energía desde el foso que llegó a pensar que quizá sería la última vez.
Al terminar, recibió una llamada: el teatro barcelonés quería hacer un nuevo Anillo y necesitaba un director musical. "No me había planteado trabajar en España, pero ocurrió, y sentí que había una razón para ello", explica a El Cultural por videollamada desde Reino Unido.
Para él, este encargo operístico es "como volver a casa". Niño cantor en Westminster, estudió canto y acabó como repetidor en Londres y en la Ópera de Frankfurt, donde empezó a dirigir gracias a Garry Bertini. De ahí pasó a Wiesbaden, Lucerna, el Ensemble Intercontemporain y orquestas como la Suisse Romande, Bamberg y Tokio.
El 23 de abril, en el ciclo de Ibermúsica, dirigirá a la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC) para interpretar Turangalila, una sinfonía de Messiaen que no sonaba en Madrid desde 1993.
Antes de su primer contacto con la orquesta del Liceu, con la que estos días aborda el ballet Nijinsky by Neumeier, hablamos con este maestro de Reiki sobre el "himno al amor y la alegría" de Messiaen.
Pregunta. La ópera ha sido una constante en su trayectoria. ¿Qué aporta ese bagaje ante composiciones sinfónicas ?
Respuesta. Sobre todo, el deseo de acompañar: crear un espacio donde otro pueda dar lo mejor de sí. El cantante trabaja con su propio cuerpo, con la respiración, y eso es frágil. La orquesta tiene que aprender a respirar, a sostener, a escuchar de otra manera. Siempre les digo a las cuerdas que, desde que empieza la frase, el viento se está "muriendo": necesita aire. Y si no hay escena, la orquesta tiene que contar la historia como un trovador.
P. ¿Entonces se trata de adquirir flexibilidad narrativa?
R. Exactamente. En la ópera, sobre todo en versión de concierto, la orquesta tiene que sostener el relato durante largos arcos de tensión. Una sinfonía dura veinte minutos; una ópera, horas. Ese entrenamiento es fundamental: si sabes contar una historia larga, contarás mejor una corta.
P. ¿Qué papel juega el público en ese proceso?
R. Es esencial. La música no es una presentación, es un intercambio. El público forma parte activa del círculo de comunicación. La orquesta no puede limitarse a tocar: tiene que ir al encuentro del público y compartir algo con él.
P. Habla a menudo de la música como energía.
R. Cuando tocas con otro, no para él, sino con él, hay un intercambio sin palabras. Es un campo de energía que puede superar la propia presencia física, como en figuras como Gandhi o el Dalai Lama. No me extraña que la gente los siga. No creo que la música pueda mentir: el artista puede creerse mejor de lo que es, pero la música expresa una verdad genuina, partes de la experiencia humana con las que luchamos y que no solemos expresar.
"La orquesta tiene que aprender a respirar, a sostener, a escuchar de otra manera. A contar la historia como un trovador"
P. ¿Cómo se relaciona esa idea con la precisión musical?
R.Cuanto más alineada esté la energía, más claro es el mensaje. En una orquesta no se trata solo de tocar juntos, sino de pensar juntos. Si intentas controlar el resultado, puedes ser preciso a nivel vertical, pero pierdes fluidez.
P. ¿Puede el público percibir esa diferencia?
R. Sí. Un concierto puede ser técnicamente perfecto y no funcionar, y el público lo percibe. Y al revés: cuando la energía fluye, el tiempo desaparece. Tras una Pasión según San Mateo alguien me dijo: "Han sido las tres horas más cortas de mi vida". Incluso quien no entendía la Séptima de Mahler acabó profundamente conmovido, en una vivencia cercana a lo que los japoneses llaman mono no aware, la belleza de lo efímero. No puedes crear o destruir la energía, solo transformarla, y el público nota cuando todo fluye.
P. Estos días dirigirá por primera vez a la orquesta del Liceu. ¿Cómo plantea ese primer encuentro?
R. Vamos a empezar una relación nueva, con muchas variables que no se pueden controlar. Mi trabajo es aceptarlas. Antes, muchas cosas no se podían explicar: el director mantenía un cierto misterio. Hoy queremos ser un colectivo, y eso implica eliminar barreras. Todo el mundo las pone, mi trabajo es ayudar a quitarlas. No puedo llegar diciendo que sé exactamente lo que hay que hacer: puedo tener una idea, pero necesito estar abierto.
P. ¿Cuál es su visión sobre lo que ha construido Josep Pons?
R. Ha sido una etapa muy sólida. El reto ahora está en el sonido, especialmente en el foso, que no es un espacio acústico fácil. Los instrumentistas tienen que "cantar" y entender el peso de cada nota dentro de la armonía, centrarse en dar continuidad, en la respiración, en la escucha.
P. ¿Qué hay detrás del repertorio que le gustaría abordar?
R. La ópera requiere planificación, y depende mucho de los cantantes. No se trata de cumplir una lista de deseos, sino de encontrar qué obra, en el momento y con los artistas adecuados, dice algo.
P. ¿Puede ser interesante trabajar repertorio sinfónico?
R. Mucho. Es fundamental no centrarse solo en la ópera, sino crear una base común con la orquesta y el coro, y ese repertorio permite construir una relación más rápida y flexible. Ahora hay unos cuatro conciertos sinfónicos al año, pero me gustaría hacer seis.
P. ¿Qué le atrae de Olivier Messiaen?
R. Mi relación con Messiaen viene de niño, cuando cantaba y escuchaba su música de órgano. Siempre me atrajo esa mezcla de ingenuidad y modernidad. Turangalila es compleja: seremos más de cien músicos construyendo un arco claro y contando una historia. El reto es no quedar bloqueado por la cantidad de información. Ahora me interesa volver a ella, borrar mis anotaciones y descubrir qué puedo encontrar que no veía hace quince años.
P. ¿Por qué debería escucharse hoy?
R. Las grandes obras expresan una verdad sobre la existencia humana, y hoy necesitamos ese tipo de experiencias más que nunca. Turangalila es energía pura: algo así como adentrarse en el sol. En su música hay algo que se nos escapa: un lenguaje primordial, a la vez familiar y extraño. Actúa directamente sobre el cuerpo: puede hacerte llorar o llenarte de euforia. No se puede pedir más.
