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Para quienes visten camisetas negras con lúgubres logotipos en vez de traje y corbata, las Big Four no son las cuatro grandes consultoras, sino las cuatro bandas más importantes del thrash metal: Metallica, Slayer, Anthrax y Megadeth.

Esta última, liderada por Dave Mustaine (La Mesa, California, 1961), dice adiós tras más de 40 años de carrera con su decimoséptimo y último disco, que acaba de ver la luz, y una gira de despedida que llegará a España en mayo –25 en Valencia, 27 en A Coruña y 29 en Bilbao–.

Además, la banda ha lanzado el documental Megadeth: Behind the Mask, que pudo verse recientemente en cines y que alterna las canciones del disco con declaraciones de Mustaine.

Megadeth ha vendido a lo largo de su trayectoria más de 50 millones de discos y, con 6 millones de oyentes mensuales en Spotify, sigue siendo una de las bandas más seguidas dentro del amplio territorio del heavy metal.

Su álbum de despedida, titulado simplemente Megadeth, es una muestra paradigmática de thrash metal. Este subgénero nació hace cuatro décadas y media como “una respuesta al carácter excesivamente comercial del glam metal, que cogía la velocidad del speed metal, la técnica de la NWOBHM [la nueva ola del heavy metal británico de finales de los 70] y la agresividad del hardcore punk para crear un estilo nuevo de voces agresivas, baterías con doble bombo, sorprendentes cambios de ritmo y riffs acojonantes”.

Esa es la definición que hace de este estilo el periodista musical Jesús Casañas en su libro Metallica. Nos veremos en el infierno, editado hace dos meses por Alianza Editorial. Aunque la palabra thrash, que significa apalear, explica bastante bien por sí sola su carácter.

El ángel caído

En 1983, el guitarrista Dave Mustaine fue expulsado de Metallica por sus problemas con el alcohol y las drogas, cuando la banda californiana daba sus primeros conciertos en salas de Nueva York. Sus miembros tenían entonces entre 19 y 21 años.

El día de su segundo concierto en la Gran Manzana, “como de costumbre, Dave llegó a la prueba de sonido bien cargado de alcohol, y viendo que no daba una, se esnifó dos largas rayas de cocaína, con lo que reanudamos la prueba con ‘Metal Militia’ y entonces sí que tocó bien, sin equivocarse”.

Así lo recuerda James Hetfield, el líder de Metallica, según recoge Mariano Muniesa en su libro Metallica. Historia viva de la grandeza y la miseria en el Heavy Metal (Quarentena Ediciones, 2012) y replica Jesús Casañas en su propia biografía de la banda.

“Durante el show tocó bien, pero estaba como loco; respiraba con mucha agitación, sudaba a chorros, le temblaba un bazo y tenía una vena en el cuello que parecía que le iba a estallar. Cuando terminamos, en el camerino, según entró cogió una botella de Jack Daniels y se bebió casi la mitad de un trago. Yo me lo quedé mirando, y entonces me respondió muy violentamente: ‘¿Qué coño miras, jodido payaso?’. No le dije nada, y se hizo un silencio muy tenso durante unos minutos hasta que Lars [Ulrich, baterista de Metallica] soltó alguna de sus paridas y empezamos a reírnos, aunque de manera muy forzada”.

Al día siguiente lo echaron de la banda y lo montaron en un autobús de vuelta a la Costa Oeste. El sustituto de Mustaine en la guitarra solista fue quien aún hoy ocupa el puesto, Kirk Hammett.

Mustaine, inventor de la técnica del “acorde araña”, que combina los dedos 1-3 y 2-4 para poder hacer progresiones rápidas, se quedaba fuera de la que se convertiría en la mayor banda de la historia del metal.

Cualquier otra persona se hubiera hundido después de aquel trauma. Pero en aquel largo y humillante viaje de vuelta de 48 horas, él se juró que montaría otra banda, una que tocara mejor y más rápido que Metallica.

Y se puede decir que casi lo logró. Consiguió crear, que no es poco, la segunda banda más importante de aquel incipiente estilo llamado thrash metal. No solo eso: en su nueva banda, además de tocar la guitarra, sería el cantante y el compositor principal.

Mustaine vio un folleto del ejército en el que se mencionaba el término “megadeath” (megamuerte, unidad de medida equivalente a un millón de muertes), le quitó la “a” y así nació el nombre de su futuro nuevo grupo, antes incluso de reclutar al resto de músicos.

El único miembro constante del grupo ha sido Mustaine. La historia de Megadeth está repleta de expulsiones y salidas debidas a problemas con las drogas (no solo de su líder), a conflictos personales y al férreo control del grupo por parte de Mustaine, además del desgaste que produce estar en una banda de renombre internacional con una alta exigencia técnica, física y mental. Cuando se suman adicciones, egos, dinero y giras durísimas, la rotación de músicos se convierte en algo normal.

Los otros tres miembros originales fueron el bajista David Ellefson, el baterista Gar Samuelson y Chris Poland a la guitarra solista. A los dos últimos los sustituyeron Marty Friedman y Nick Menza en los años noventa, y les siguieron otros músicos hasta llegar a la formación actual, con Mustaine acompañado por James LoMenzo al bajo, Dirk Verbeuren a la batería y Teemu Mäntysaari como guitarrista principal.

Disputas con Metallica

El debut discográfico de Megadeth, Killing Is My Business… and Business is Good! (1985) fue un auténtico bombazo en el circuito underground. Aunque tenía una producción algo pobre, fue alabado por su sonido crudo, su velocidad, su energía y el alto nivel técnico de las guitarras.

El disco contenía la canción “Mechanix”, que Mustaine había compuesto incluso antes de entrar en Metallica, cuando militaba en Panic.

La canción fue grabada por Metallica en sus primeras maquetas, en 1982. Cuando despidieron a Mustaine, Metallica se quedó la canción. Hetfield redujo el tempo, reordenó las secciones, añadió otras, cambió por completo la letra —la original hablaba de un encuentro sexual descrito con metáforas del mundo del motor, mientras que la nueva versaba sobre el apocalipsis— y la retituló como “The Four Horsemen”, que apareció en el primer disco de Metallica, Kill ‘Em All (1983).

En los créditos oficiales de Metallica, “The Four Horsemen” figura como compuesta por Hetfield, Ulrich y Mustaine, es decir, se reconoce formalmente la coautoría, no una autoría exclusiva de Mustaine.

Los derechos de autor de esta y otras canciones cuyos riffs fueron creados por Mustaine han sido fuente de constantes disputas entre él y sus antiguos compañeros de Metallica. Aunque Mustaine nunca llegó a interponer ninguna demanda legal al respecto, ha hablado del tema en numerosas ocasiones.

La consagración de Megadeth

Con su segundo álbum, Peace Sells… but Who’s Buying? (1986), Megadeth subió el listón, con una mejora en la composición y la producción e introdujeron letras con mayor carga social y política (como la canción “Wake Up Dead”) y el grupo se convirtió en uno de los pilares del thrash.

Aunque ya no estaba en Metallica, a Mustaine le afectó profundamente la trágica muerte de su excompañero Cliff Burton, bajista de la banda, en un accidente de autobús durante la gira europea de The Master of Puppets. Al enterarse de la noticia, se sentó y escribió de un tirón la canción “In My Darkest Hour”, la más destacada del álbum So Far, So God… So What! (1988), como reacción inmediata al shock y al dolor.

En 1990, tras una acogida algo más tibia del anterior, volvieron a dar otro salto cualitativo con Rust in Peace (1990), para muchos el mejor disco de Megadeth. Con él iniciaron la etapa dorada de la banda, con la formación clásica: Mustaine, Ellefson, Marty Friedman a la guitarra solista y Nick Menza a la batería. En esta época casi alcanzaron la perfección técnica, con riffs muy complejos, solos virtuosos y estructuras progresivas, como en las canciones “Holy Wars…” o “Hangar 18”.

Countdown to Extinction (1992), que contiene su canción más famosa, “Symphony of Destruction”, y Youthanasia (1994), que se aleja un poco de la velocidad del thrash y se acerca más al heavy tradicional, también forman parte de aquella etapa gloriosa en la que Megadeth cosechó discos de platino y altas posiciones en las listas de Estados Unidos y otros países.

A partir de Cryptic Writings (1997) y “Risk” (1999) el grupo experimenta con un enfoque más accesible y orientado al rock alternativo y al hard rock, lo que genera división entre la base de fans pero también éxito en radio.

Los roqueros nunca mueren

Además de sus problemas con el alcohol y las drogas, Mustaine ha tenido varios problemas de salud que se han interpuesto en su carrera musical, pero ha salido airoso de todos. En 2002, mientras estaba en un centro de rehabilitación, se quedó dormido con el brazo colgando del respaldo de una silla, lo que le provocó un daño severo del nervio radial en el brazo izquierdo.

La lesión le dejó la mano prácticamente paralizada, hasta el punto de anunciar la disolución de Megadeth y necesitar meses de fisioterapia intensiva para reaprender a tocar. Los médicos llegaron a decirle que no volvería a tocar la guitarra, pero lo logró. Aquel proceso tan duro le sirvió además para mantenerse sobrio desde entonces.

En 2019 se le diagnosticó cáncer de garganta, lo que obligó a detener giras y pausar el trabajo normal de la banda mientras iniciaba un tratamiento agresivo. Recibió medio centenar de sesiones de radioterapia y nueve de quimioterapia hasta que quedó completamente curado. Una vez más, salió adelante y volvió a componer, tocar, cantar y subirse a los escenarios.

Después de todos esos problemas de salud, lo que finalmente le ha llevado a anunciar su retirada es un raro síndrome en la mano llamado contractura de Dupuytren. Esto, junto con la artritis que sufre en los dedos (no tan visible como en el caso de Keith Richards), hace que le resulte cada vez más doloroso tocar la guitarra, tal y como reconoció en una entrevista con Mariskal Rock.

Durante este último accidentado cuarto de siglo marcado por los problemas de salud de Mustaine, los parones, los regresos y las sustituciones, Megadeth siguió publicando álbumes con dispar recepción crítica y de público.

Uno de los más importantes fue Dystopia (2016), que recibió buenas críticas y les valió el Grammy a la mejor actuación de metal por la canción que da título a ese disco. Le siguió The Sick, the Dying… and the Dead! (2022), con un sonido muy coherente con el anterior y con una buena acogida, confirmando su buen momento creativo.

Una despedida más que digna

Y así llegamos a este Megadeth homónimo, que vuelve a ser un derroche de técnica por parte de todos los miembros, buenos riffs y una producción nítida y potente. Tiene un enfoque retrospectivo, ya que hay canciones que remiten a todas sus etapas anteriores.

La voz de Mustaine, como era de esperar, ya no es lo que era, pero administra bien sus limitaciones actuales, con una manera de cantar más contenida que funciona bien dentro de su registro erosionado.

“Tipping Point” es un arranque fulgurante, puro thrash, rápido y afilado. “I Don’t Care”, muy pegadizo, pone de manifiesto la estrecha relación entre este subgénero del metal y el hardcore punk, algo que en el videoclip se evidencia con unos chavales patinando.

"Hey God?!", con un tono confesional en el que Mustaine habla de su relación con Dios, aporta vulnerabilidad y, por tanto, honestidad al conjunto. “Nuestros fans necesitan que alguien en la comunidad del metal tenga las pelotas de decir que está bien creer en Dios. Y si no crees, también está bien”, afirma Mustaine en Megadeth: Behind the Mask.

"Let There Be Shred", que habla de comerse el escenario y tocar hasta reventar la guitarra es, como no podía ser de otra manera con esa letra, una exhibición de velocidad y virtuosismo de las seis cuerdas, con Mustaine y Mäntysaari repartiéndose el protagonismo.

“Puppet Parade” está construida sobre un estupendo riff melódico; “Made to Kill” tiene velocidad, cambios de ritmo, parones y lucimiento por parte del baterista, Dirk Verbeuren; y “Obey the Call” empieza oscura y pesada para acelerarse y llenarse de solos en un apoteósico final.

“I Am War” es épica y potente y subraya el tono beligerante del disco; “Another Bad Day” es una canción correcta, pero pasa desapercibida entre las demás; y por último, “The Last Note”, el cierre oficial del disco, transita entre el hard rock y el metal y tiene una coda en la que el propio Dave se despide sobre una guitarra desnuda.

En definitiva, Megadeth es el canto de cisne de una de las mejores bandas de metal de la historia, que cierra muy dignamente su dilatada carrera.

Cerrando el círculo

Mustaine ha tenido una larguísima relación de amor-odio con sus antiguos compañeros de Metallica, con los que limó asperezas con el paso de los años. Incluso en 2010 se reunieron en la histórica gira que juntó a las big four del thrash metal: Metallica, Megadeth, Anthrax y Slayer. Y en 2011 Mustaine incluso se subió al escenario con Hetfield y compañía para tocar con ellos en el 30 aniversario de Metallica en San Francisco.

De hecho, este álbum de despedida se cierra con un bonus track que cierra el círculo: una versión de Mustaine y compañía del clásico que coescribió cuando aún estaba en Metallica, Ride the Lightning, que narra en primera persona la ejecución de un condenado a la silla eléctrica.

“He querido cerrar el círculo con esta canción para mostrar respeto, para tocar las canciones que he escrito con Metallica y para honrar nuestra amistad, a pesar de que ha sido tensa y arruinada por las emociones a lo largo de los años cuando no estábamos siendo amigables. Pero siempre he tenido un tremendo respeto por James como guitarrista y por Lars como compositor”, declaró Mustaine en redes sociales. (Nótese que no dice que tenga respeto por Lars Ulrich como baterista, algo compartido por muchos aficionados).

¡Aguante Megadeth!

Una de las anécdotas más conocidas de la banda y su base de fans es el lema usado por sus acérrimos seguidores argentinos. Durante su primer concierto en Buenos Aires, el 2 de diciembre de 1994, el público empezó a corear “¡Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth!” sobre la melodía del riff más conocido de la banda, el de la canción "Symphony of Destruction".

Aquello desconcertó a Mustaine. No sabía español y menos aún el significado del término argentino “aguante”, empleado como imperativo para dar aliento e incitar a la resistencia.

Cuando por fin lo entendió, la banda abrazó esa espontánea muestra de afecto y desde entonces en estadios de todo el mundo se ha coreado la misma consigna.

Sin duda, esta primavera se volverá a oír por última vez en los conciertos españoles de la gira de despedida de la banda.