Aplausos a Teresa es una obra pequeña en tamaño y grande en pulso. Se presenta en el Teatro Luchana de Madrid con la modestia de lo íntimo y la ambición de lo necesario: hablar de la soledad en un tiempo que presume de conexiones.
Aquí, una conversación basta para encender una luz. Un saludo de mañana puede abrir una grieta por donde entra el aire. La pieza no discute con la tecnología; observa sus consecuencias. Vivimos a un clic y, sin embargo, cada vez más lejos del otro. En ese hueco se instala Teresa.
Ella tiene 78 años y una obstinación que no pide permiso: sigue siendo bailarina. El cuerpo ya no responde con la obediencia de antes y la vida cotidiana exige ayuda para lo práctico, pero la cabeza mantiene un compás propio.
La memoria —caprichosa, frágil, insistente— organiza el espacio como si fuera un escenario. Allí aparece la otrora bailarina y ahora actriz Marta Herrero Cagigal que encarna a Teresa desde una mudez escénica cargada de resonancias. Su silencio no es ausencia: es cámara de ecos. Explota en recuerdos que quizá fueron, quizá se inventaron, quizá se mezclaron con deseos antiguos. Esa ambigüedad sostiene la emoción.
Por la escena pasan Cisnes que mueren, Cármenes en efervescencia y aplausos que sólo resuenan en una memoria vulnerable. No hay reconstrucción histórica; hay destellos. El pasado no vuelve entero, regresa en fragmentos, en gestos, en una música que activa un paso, en una carta que abre un tiempo. La danza aparece como una forma de insistir. Aunque sea en ficción, insiste.
Entra entonces July Wayarmina, la cuidadora y confidente. Su presencia trae el presente con una energía distinta: una mujer cubana que sueña con ofrecer una vida mejor a los suyos en la Isla y que, casi sin proponérselo, termina escribiendo la vida de Teresa.
Su voz contrasta con el silencio de la otra. La cotidianidad suena fuerte a su alrededor, y ese ruido –hecho de tareas, horarios, planes– subraya la delicadeza del mundo interior de la ex bailarina. Entre ambas se teje una relación que no busca redención: busca compañía. Y la encuentra.
Un momento del espectáculo 'Aplausos a Teresa'
Los objetos, las cartas y la música funcionan como puentes. No explican; conectan. Cada elemento ocupa su sitio con una economía de medios que favorece la verdad escénica. El tiempo se vuelve elástico: July mira hacia delante; Teresa baila hacia dentro. Una avanza; la otra persiste. En ese cruce, la obra encuentra su pulso.
Marta Herrero Cagigal compone una Teresa que vive en la contención. Su cuerpo guarda una historia que el gesto revela a medias. Cuando aparece la danza, lo hace como un recuerdo que se activa más que como una demostración. El escenario se llena de una dignidad discreta. El silencio se vuelve respiración compartida. La actriz sostiene la fragilidad sin subrayados, con una presencia que confía en el tiempo de la mirada.
July, en cambio, aporta una sonoridad necesaria. Su energía cotidiana, su deseo de mejorar la vida de los suyos, su manera de nombrar el mundo, establecen un contrapunto que evita la melancolía fácil. La relación no se organiza en torno a la compasión; se organiza en torno a la escucha. Y eso cambia todo. Cuando alguien escucha, la soledad pierde territorio.
Aplausos a Teresa se mueve fuera de los circuitos habituales de la danza. No busca un despliegue técnico ni una coreografía como argumento. Prefiere una dramaturgia de cercanías, donde el gesto cuenta más que la proeza y la memoria más que la forma. Aun así, la danza está en el centro: como deseo, como recuerdo, como salvación mínima. Danzar, incluso en ficción, salva vidas. Y, a veces, une almas.
La puesta en escena acompaña con sobriedad. Nada sobra. Todo suma. La música no ilustra; abre puertas. Los objetos no decoran; sostienen acciones. El espacio del Luchana se convierte en una habitación compartida donde el público entra sin pedir permiso y se queda en silencio. Ese silencio es un logro.
Hay algo hermoso en que sea July quien termine escribiendo la vida de Teresa. No para apropiársela, sino para ordenarla. En ese gesto, la obra dice mucho sobre cómo se construyen las biografías cuando el cuerpo ya no alcanza y la memoria pide ayuda. La escritura aparece como una segunda danza: otro modo de sostener el mundo.
Zalo Calero firma aquí una pequeña joya. No pretende grandes efectos; apuesta por la precisión emocional. Es un espectáculo para días de lluvia en la capital, cuando la ciudad corre y uno necesita quedarse. Para recordar que un saludo basta. Que una conversación puede encender una vida. Que los aplausos, a veces, suenan por dentro. Y que Teresa sigue bailando. Porque mientras alguien la mire, el escenario existe.
Aplausos a Teresa
Texto y Dirección: Zalo Calero
Elenco artístico: Marta Cagigal, María Barrionuevo (alternante), Badia Albayati, Aida Muñoz (alternante)
Control técnico / y en escena: Miguel Ribagorda, Aitor Gibello (alternante)
Diseño de iluminación: Nicolás Orduna y Miguel Pérez Muñoz
Diseño de escenografía: Madeja artesanos
Diseño de vestuario: Jasanzo
Espacio sonoro: Iván Oriola
Coreografía: Marta Cagigal
Fotografía: Laura Torrado
Video arte: I-TEK
Voces en off: Virginia Hernández, Ana Peiró, Cristina P.G
