La Bella Otero es un mito que a casi todo el mundo le suena pero muy pocos realmente conocen a la persona que lo encarnó y lo moldeó con su capacidad fabuladora. Rubén Olmo, actual director artístico, del Ballet Nacional, pertenece a ese reducido grupo muy documentado sobre esta bailarina tan arrebatadoramente atractiva (hay que mencionar también a Carmen Posadas, que le dedicó una novela en 2001). “Yo empecé a saber de ella cuando estuve de invitado en la Compañía Metros de Ramón Oller en Barcelona. Hacía una pequeña parte de un espectáculo y tenía tiempo para investigar en mis primeras coreografías. Encontré una foto suya vestida de goyesca. Me llamó mucho la atención y, cuando leí un poco más sobre ella, vi claro que podía dar mucho juego para un gran ballet. Siempre la he tenido en mi cabeza desde entonces”.

Han sido alrededor de dos décadas rumiando la pieza que por fin ha terminado cuajando y que estrenará el próximo miércoles, 7, en el Teatro de la Zarzuela. Con el Ballet Nacional, claro. No podía ser de otra manera dada la envergadura del proyecto, que tiene empaque operístico, por los efectivos que moviliza y por su poso dramatúrgico. De algún modo, estamos ante una especie de biopic bailado. El autor del libreto es Gregor Acuña-Pohl, que ya firmó en su día el ‘guion’ de la Carmen que Johan Inger coreografió para la Compañía Nacional de Danza en 2015. Un precedente que no es baladí porque La Bella Otero vampirizó este tótem de la feminidad andalusí. “Hasta el punto de que iba contando que era nieta de la cigarrera”, apunta Acuña-Pohl. Una trola que cobró carta de naturaleza en algunos periódicos estadounidenses cuando viajó a Nueva York, ya como una estrella.



Aquel reclamo era infalible para públicos foráneos. Pero antes de cosechar triunfos allende nuestras fronteras y seducir a discreción a reyes, duques, políticos y personajes poderosos de toda laya, se produjo en su vida un trauma fundacional: el de la violación que sufrió en su aldea gallega con tan solo diez años. Desde entonces, receló de los hombres. Una sensación que se agravó cuando su primer novio la engañó. Marcada por esos precedentes, en lo sucesivo vio en el sexo masculino un mero instrumento para saciar sus ansias de medrar. Y se valió de sus encantos y atributos para conseguirlo.

“De ella se decía lo mismo que de Lola Flores: ni canta ni baila pero hay que verla”. Acuña-Pohl

Acuña-Pohl estructura su recreación como un prolongado flash-back. En la primera escena el público se encuentra con Agustina Carolina del Carmen Otero Iglesias, que así se llamaba realmente, en su apartamento en Niza, ya sexagenaria, sola y arruinada por culpa de su irrefrenable pasión por los casinos. “Está rodeada de espectros, los de las víctimas que dejó en el camino, sobre todo hombres. No diría que es una mujer resentida porque no me gusta juzgar a mis personajes. Cada uno que saque sus conclusiones. Lo más destacable de su situación es la soledad, que en el fondo ha buscado”, señala el dramaturgo especialista en guionizar coreografías. Esa ajada exvedette, encarnada por Maribel Gallardo, rememora su intensa existencia: la infancia gallega con la rudeza aldeana de los lugareños, el flechazo que sintió por Carmen cuando vio por primera vez en el Liceo la ópera de Bizet, su conexión con el mundo gitano a través de los cafés-cantantes en los que empezó a brillar, su cima triunfal en el Folies Bergère parisino durante la Belle Époque, su querencia ludopática por el juego, que le hacía pasarse las horas muertas entre naipes y ruletas…



En esta analepsis troceada en una sucesión de cuadros también se hace escala en un hecho crucial: cuando se topa con Rasputín, el taimado asesor de los Romanov. “Era en realidad un hombre muy parecido a ella: muy mujeriego, pero incapaz de enamorarse. La Bella Otero intenta conquistarlo pero este, curiosamente, la rechaza. Entre ambos se establece una relación más bien de amistad y complicidad”, precisa Olmo. El místico ruso es el hombre que termina apartándola del escenario, con poco más de 40 años. “Se atreve a decirle que ya no es precisamente una zagala, que su época dorada ha terminado y que es mejor que dé un paso atrás”, añade el coreógrafo y bailarín sevillano, que será precisamente Rasputín en las funciones del Ballet Nacional.

Carisma y magnetismo

En esa renuncia también influyeron mucho los abucheos que recibió cuando, audaz (acaso demasiado), produjo ella misma un montaje operístico de Carmen, sin tener las condiciones vocales exigibles. Fue humillante, su orgullo quedó muy debilitado. “Aunque también es cierto –aporta Acuña-Pohl– que un crítico dijo de ella aquello que luego se aplicó mucho a Lola Flores: ni canta ni baila pero hay que ir a verla”



No hay apenas documentos que permitan saber exactamente cómo era su estilo. Cabe colegir, por su manera de vivir a salto de mata, que su formación técnica fue deficiente, pero que la suplía con un carisma y un magnetismo desbordante. Olmo se ha pasado muchas horas escudriñando en sus fotografías las posiciones y los gestos junto a Patricia Guerrero, la bailarina encargada de evocarla con sus pasos y hechuras, alguien de su plena confianza porque ya trabajó a sus órdenes en sus tiempos como director del Ballet Flamenco de Andalucía. Guerrero y el cuerpo de baile del BNE desplegará un festín estilístico, que abarca desde el folclore carpetovetónico (muñeira) a la danza española más vanguardista, pasando por el célebre cancán francés traído a cuento del Folies Bergère.



Son bailes que se justifican por la propia trama, tan cambiante en las localizaciones, y que dan pie, a su vez, a músicas muy diversas que han sido elaboradas por un puñado de compositores, incluido Manuel Busto, que es quien finalmente las ha amalgamado con su batuta y los instrumentistas de la Orcam. La escenografía corre cargo de Eduardo Moreno, que ha diseñado una cúpula funcional que acoge la promiscuidad de espacios. “La Bella Otero–concluye Olmo– nos ofrece una doble lección. Una positiva: la de la mujer que, salida de una pequeña aldea, conquista el mundo mediante una reinvención de su identidad. Y otra negativa: la de que la ambición puede también acabar siendo muy dañina”.

@alberojeda77