Olvidados durante décadas en unas cajas custodiadas por la viuda de Lee Strasberg, los escritos inéditos de Marilyn acabaron viendo la luz bajo el título de Fragmentos. En España los publicó Seix Barral en 2010 con prólogo de Antonio Tabucchi, y su lectura, a veces desconcertante y siempre abrumadora, muestra la angustia de una estrella marcada por inseguridades íntimas y profesionales.
Para empezar, habla de amor, de su primer y desdichado matrimonio con James Dougherty y sobre todo de su relación con Arthur Miller, el hombre al que adoró y que fue quien más la hirió. Eso sí, como subraya el editor del libro, Stanley Buchthal, que nadie busque "nada sucio, ni de baja estofa, nada de cotilleos", porque "lo que el lector va a encontrar aquí es intimidad sin exhibicionismo, medición sísmica del alma. Sin restar nada al misterio de Marilyn, estos textos lo hacen más sustancial", explica.
La Monroe que emerge de estos fragmentos escritos sin puntuación alguna esconde además, en palabras de Tabucchi, "un alma que pocos sospechaban. De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de ‘neurótica’, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado". Y sí, Marilyn sentía demasiado.
La primera decepción amorosa la sufrió en 1943. Un año antes, con 18 años recién cumplidos y para evitar volver al orfanato, se había casado con James Dougherty, pero Marilyn pronto descubrió que le era infiel con una antigua novia y fue implacable: "Mi relación con él fue básicamente insegura desde la primera noche que pasé a solas con él. [...] Nunca habría estado con él si no hubiera sido por su afición a la música clásica, su intelecto que fingía ser más de lo que era. [...] Probablemente me atraía porque era de los pocos chicos que no me daban asco sexual".
En ese mismo fragmento evoca además sus primeros pasos como artista: "Era una chica pequeñita y delicada – a los 15 había hecho un papel principal en una comedia para la tele y frecuentes sesiones de posado con posibilidades innumerables de que me contrataran para el cine, de manera que vista desde fuera podría resultar inconcebible que hubiera tomado mis pequeñas inseguridades y las hubiera convertido en tensión nerviosa".
Lo más sorprendente de esta Norma Jean es que confiesa que no es bueno para alguien como ella someterse al autoanálisis, porque "no es tan divertido conocerse demasiado o creer que se conoce uno demasiado – todo el mundo necesita un poco de amor propio para superar las caídas y dejarlas atrás". A pesar de eso, fue paciente de alguno de los psiquiatras norteamericanos más célebres, frecuentó a psicoanalistas y sufrió un ingreso contra su voluntad en una clínica mental tras una sobredosis de barbitúricos.
Si sus notas son desgarradoras, sus poemas lo son aún más: "Vida – / soy de tus dos direcciones / De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo / casi siempre". Este otro parece incluso un presagio: "Ay maldita sea me gustaría estar muerta / absolutamente no existente / ausente de aquí / de todas partes / pero cómo lo haría".
"Sé por la vida que no se puede amar a otra persona, nunca, realmente [...] Creo que odio este sitio porque aquí ya no queda amor"
Otros dan cuenta de su inseguridad a la hora de actuar: "Miedo a darme las réplicas nuevas / quizá no sea capaz de aprendérmelas / quizá cometa errores / entonces pensarán que no valgo / o se reirán o me menospreciarán o pensarán que no sé actuar [...] miedo a que el director no me valore en nada. [...] luego tratando de recuperarme con la / idea de que he hecho cosas que / no estaban mal incluso buenas y he tenido / momentos excelentes pero lo malo es más pesado / de llevar y siento que no tengo confianza / deprimida loca".
Sus dudas sobre su talento no la abandonarán jamás: "Sigo / pensando que no seré / capaz de hacer el papel / cuando tengo que hacerlo es / como una horrible pesadilla".
Pero si la actuación quebraba su autoestima, la relación con Arthur Miller, su tercer marido, resultó aún más devastadora. Se habían casado en julio de 1956 y poco después viajaron a Londres para rodar, junto a Laurence Olivier, El príncipe y la corista. Marilyn atravesaba uno de sus mejores momentos ("Tener tu corazón es la única cosa completamente feliz que me enorgullece", escribía).
Por desgracia, un día encontró el diario íntimo del escritor, que este, tal vez sin querer, había dejado abierto. Fue entonces cuando supo que él estaba decepcionado de su relación, que se avergonzaba de ella, de su manera de ser, de hablar y de comportarse, y que dudaba de su amor. Ella entonces confiesa: "Sé por la vida que no se puede amar a otra persona nunca realmente".
El desencanto irá en aumento y en 1958, mientras Arthur trabajaba en la adaptación de su novela Vidas rebeldes (The Misfits), Marilyn se aburrió definitivamente de ser el ama de casa que soñaba Miller ("Creo que odio este sitio porque aquí ya no queda amor"). El divorcio se haría oficial en 1961, un año antes de su muerte.
Por su parte, los Kennedy solo aparecen citados una vez, en una entrevista en la que declara que "el presidente y Robert Kennedy simbolizan la juventud norteamericana con su vigor su brillantez y su solidaridad". Sin embargo, en una nota a pie de página se explica cómo en 1962 la actriz le preguntó a su masajista si le habían llegado los rumores sobre Bobby Kennedy y ella, y cómo los desmintió. "Todo es mentira. Además, es un esmirriado".
