Túnez siempre ha hecho gala de ser un país más liberal, con una marcada influencia occidental, que otros del mundo árabe. Pero en Túnez la homosexualidad sigue siendo un delito penal y considerada una terrible vergüenza para las familias. La matriarca de Tres mujeres prefiere que no se haga justicia por la muerte de su hijo antes que se airee que se acostaba con hombres.
Leyla Bouzid ya abordó la represión sexual en el mundo árabe en Una historia de amor y deseo (2021), éxito en toda Europa, en la que un joven inmigrante del extrarradio de París trata de resistirse al deseo sexual que siente por una joven vecina. Al mismo tiempo, descubre que existe una rica tradición árabe sensual mucho menos mojigata que los sermones de la mezquita.
En Tres mujeres, Bouzid (Túnez, 1984) construye un clásico "regreso al hogar". Lilia (Eva Bouteraa), una joven francesa de origen tunecino, ingeniera y exitosa pese a su juventud, vuelve a la ciudad costera de Susa, a unos 140 kilómetros de la capital, para reencontrarse con su madre, doctora y divorciada (la célebre Hiam Abbass), y con su abuela, muy conservadora, interpretada por Salma Baccar, una reconocida cineasta tunecina. Viaja acompañada de su novia francesa (Marion Barbeau), una relación que oculta.
Poco a poco, la protagonista descubre que su tío era homosexual y que su muerte quizá no fue accidental. Pero la familia prefiere que el culpable, si es que lo hay, no pague por ello antes que afrontar el "escándalo público".
Explica Bouzid sobre un filme con un fuerte componente autobiográfico: "La vida de mi tío quedó realmente arruinada. Fue un trauma para toda la familia. Con el personaje de Lilia quería abordar ese tema, pero intentando crear una transmisión positiva: que la vida del tío, que fue una tragedia, se convirtiera en una fuerza para Lilia".
Prosigue la directora: "El punto de partida de la película fue la casa, que en la película es la casa de mi abuela. Es la verdadera casa de mi abuela, donde he pasado las vacaciones de verano desde pequeña. La casa se va a vender y pedí a mi familia que me la dejaran para hacer una película. Con la casa también están la figura de mi abuela y la de mi tío materno, que me inspiraron mucho. Quería hacer una película sobre ellos, sobre esa relación".
Dolor y liberación
La directora no ha querido mostrar únicamente el lado más oscuro de Túnez, con policías que hacen bromas de mal gusto sobre un hombre que acaba de morir por su sexualidad o que consideran que cuando Lilia dice que es lesbiana está "provocando", porque "la homosexualidad femenina ni siquiera se concibe".
Según Bouzid: "No creo que sea más difícil hablar de la homosexualidad femenina; lo que es más difícil es tomarla en serio. Hay gente que piensa que no hay sexualidad entre dos mujeres porque no hay penetración".
La película también muestra la parte bella de la cultura tunecina: sus ritos, su gastronomía, su música o su profundo sentido del vínculo familiar y afectivo. "No se trata de juzgar a los personajes y decir que rechazaron a alguien porque eran malos, sino de explicar cómo actuaron en la época en la que actuaron. Hay tres generaciones, y cada generación es distinta", dice la cineasta.
De alguna manera, parece que las cosas avanzan lentamente. La abuela considera que ser ingeniera no es una "profesión de mujeres" y que su hija doctora "estuvo vagueando" en Oriente Medio porque terminó divorciándose. Y lo más duro: no quiere saber la verdad sobre la muerte de su hijo aunque eso signifique que el crimen quede impune.
Explica Bouzid, afincada en París: "Creo que es una película que puede tocar de forma directa y personal a gente de Europa, quizá de España o del Mediterráneo, porque esta historia podría ser exactamente la misma en muchos lugares. Para mí no es una cuestión de islam o de religión. Es una cuestión de cultura y de familia. De hecho, en la película no abordo realmente la cuestión religiosa".
Y añade: "Mucha gente española, croata, búlgara o italiana me ha dicho que la abuela de la película se parece a su abuela. Es una abuela mediterránea".
La cineasta insiste en que no quería construir una película desde la ruptura total con la familia: "La especificidad de la película es que, a pesar de las diferencias, intentan seguir siendo familia. No quise hacer una película que defendiera el individualismo, en la que Lilia se va lejos y ya está. Ella vuelve al final y quiere seguir siendo familia con su familia".
Y remata: "No está construida desde el rechazo de la familia, sino desde la pregunta de cómo hacemos para vivir juntos y superar esto para poder convivir. Hay que recordar que en Europa, al menos en Francia, la homosexualidad estuvo condenada hasta los años ochenta. Son evoluciones muy recientes".
"Lilia puede defender su homosexualidad y seguir siendo tunecina. No está obligada a vivir su homosexualidad como una occidental que rompe con su familia. Puede ser homosexual, tunecina y árabe".
La deriva de Túnez
La "primavera árabe" comenzó en Túnez en 2010 con el derrocamiento del dictador Ben Ali. Después llegaron las elecciones y parecía que el país avanzaba hacia una democracia estable. Sin embargo, Túnez ha regresado al autoritarismo. En el poder desde 2019 tras ganar las elecciones, Kaïs Saied consolidó su control con un autogolpe en 2021 mediante el que se otorgó plenos poderes ejecutivos.
Túnez, según comenta Bouzid, "está en una pendiente extremadamente grave y negativa, alentada por Europa, porque hace de barrera frente a la migración hacia Italia. Como cumple esa función, se le permite hacer lo que quiera en materia de derechos humanos".
Frente a esa regresión política, la situación de las mujeres tunecinas sigue siendo relativamente más avanzada que en otros países árabes. Dice Bouzid: "Túnez es uno de los países árabes con derechos más igualitarios entre hombres y mujeres, aunque todavía haya cosas que no son igualitarias. La mujer tunecina está en primer plano, es fuerte, y el cine refleja eso. Hay muchas realizadoras mujeres y eso abre puertas".
Parte de esa fuerza se refleja en la cantidad de películas dirigidas por mujeres que han surgido en el país en los últimos años. Tunecina es Kaouther Ben Hania, directora del éxito internacional La voz de Hind, sobre el drama palestino; también Erige Sehiri, autora de Entre las higueras (2021), centrada igualmente en la condición femenina; o Manele Labidi, responsable de Un diván en Túnez (2020).
