Publicada
Actualizada

Quien fuera Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody parece condenado a la discordia. Rami Malek actúa siempre priorizando el gesto, iluminando este o aquel detalle, que explican con precisión de bailarín más que contienen.

Quizás porque asociamos su absoluta presencia con la desconfianza a lo que la planificación sola puede evocar, pero no podemos dejar de verle por encima de las ideas que entraman sus personajes. Eso no es necesariamente malo, aunque lo ratifique como una excepción, el hombre de los disfraces entre una crítica que prefiere la transparencia.

Por ello, en sentido estético The Man I Love podría ser el papel más importante de su carrera. En la película, interpreta a Jimmy George, un sofisticado artista de performance en el Nueva York de los ochenta; una amalgama del carisma y la independencia radical de figuras como Ron Vawter o el cómico Frank Maya. Sosias de Franz Rogowski en Passages, Jimmy inicia un affaire caprichoso y desnivelado con un vecino nervioso (el debutante Luke Ford), el resopón sexual de su pareja estable, interpretado por Tom Sturridge (Sandman) como la Deneuve para el Bowie de El ansia.

Jimmy vive en fuga, siempre con la cabeza en otra parte. Canturrea, resiste a la pesadez que Ira Sachs, experto constructor de tiempos y lugares concretos, deja justo fuera de plano (El día de Peter Hujar era una película escrita sólo con pies de página). Si no actuara, si no sobre-actuara, no sobreviviría.

La crisis de "la ciudad del sida y las cintas de vídeo baratas", así la llamó la crítica lesbiana Ruby B. Ritch, será prisma suficiente para interpretar los arabescos negligentes de esta vedette, y quien busque más corre el riesgo de perderse por los huecos de un hombre que es, en tanto que lo ven. Y que, por tanto, como las antiheroínas de Tennessee Williams o de John Cassavettes, es actor, máscara y personaje al mismo tiempo.

Andy García revive el Hollywood de antes

Algo similar propone Diamond, debut como director del actor Andy García, que es a la vez un homenaje al noir de detectives y a sus caras y lugares. García parte de la historia que su hija escribió para una tarea escolar veinte años atrás, lo cual de por sí es ya un gesto de amor, para presentarnos a la lengua rápida y el sombrero alicaído del investigador privado Joe Diamond, al que también interpreta. Joe vive en Los Ángeles, para él la ciudad de las estrellas y la sangre seca, aunque hayan pasado ochenta años desde la época de Marlowe.

El as dramático del argumento, claro, pasa por desvelar los motivos que han sustraído a este hombre-tributo de la normalidad presente, aunque el trauma que explica la psicología de esta suerte de Leningrad Cowboy del cine noir nunca impacta con la gravedad que debería. Eso es porque no veremos nunca a Andy García como un freak.

Siguiendo la estela de la presencia de Malek, la nariz rotunda y la voz sedosa del actor se reviste del aura todos los personajes que ha encarnado: el antagonista de Ocean’s Eleven, el hijo de Sonny en El Padrino: Parte III, el compañero impagable de Los intocables de Eliot Ness. Podemos sustraerle de la vitrina, pero lleva la historia del cine en el cuerpo. Y al contrario que el caso Malek, eso no es necesariamente bueno.

Por fortuna, todos los nombres del reparto estelar al que convoca como figurantes en su juego del Cluedo (Bill Murray, Vicky Krieps, Dustin Hoffman, Brendan Fraser…) llegan, filman su escena y pasan a otra cosa.

También apreciamos, puede que cayendo en un cierto paternalismo, la mirada cariñosa que arroja su película sobre la ciudad: García, que rodó en apenas dos semanas y un presupuesto ínfimo, se ha cuidado de encontrar los pocos rincones de la urbe donde aún reinan el hierro y la madera oscura. Andy García convoca, atiende y juega; no le pedimos más.

Mr. Oizo ha muerto

Si las explicaciones estorban, sobran más aún para las dos películas –no una, ¡dos!– que Quentin Dupieux ha presentado en Cannes, prueba definitiva de la inocuidad y el allanamiento actuales de quien años atrás fue una voz diferente dentro del cine francés. El fallecido Mr. Oizo habrá escrito Le vertige (en Quincena de Cineastas) y Full Phil, Fuera de Competición, de un plumazo, o así lo parece por la sencillez de dos provocaciones que se agotan desde su premisa.

Full Phil encuentra a Kristen Stewart y Woody Harrelson dentro de una suerte de grand bouffe en la que una hija tortura a su padre de las maneras más retorcidas posibles, que incluyen levantar falsas alarmas ante un servicio feminista hipersensible y engullir kilos de comida –entrantes, principales y postres de todo tipo y en rotación– mientras es él quien engorda.

La devaluación de Dupieux es aún más preocupante en el caso de Le vertige, fantasma blando del calcetín al revés de Reality, que acaba de cumplir los doce años y que era un experimento surrealista incomprensible y deslenguado. Animada en un 3D como de la primera PlayStation, la película sigue a un monigote con la cara de Alain Chabat mientras trata de probar a su amigo (con rasgos de Jonathan Cohen) que el mundo es, en realidad, una simulación.

Magnífica oportunidad perdida para proponer un tratado sobre los sinsentidos de la posverdad, desde la fisura (anti)estética, Le vertige se interesa antes por cómo un hombre sin mucho brillo convence a otro de una idea absurda.

Aunque flotemos en las aguas absurdas de la realidad paralela de Quentin Dupieux, en esta piscina no abandonamos nunca el tacto frío de las baldosas bajo los pies, una igual que la otra, y así hasta llegar a la pared. Habrá que volver, ¿no?