Veo La ley del deseo cada verano desde que tengo 23 años. La primera vez, a los doce, la emoción me arrasó. Pero, en el fondo, me carcomía la amargura por no ser yo quien encarnara a esa niña salerosa, interpretada por Manuela Velasco, que vivía mezclada en las intrigas de los adultos y cantaba Ne me quitte pas subida a un travelling. Una espina larga clavada en mi corazón de niña no prodigio. Luego cantaba la canción frente al espejo de mi cuarto, las manitas en el pecho, moviendo los labios sin emitir sonido, para que nadie en casa supiese de mi hondo penar. Quería formar parte de ese laberinto de pasiones que, aunque comprendía a medias, ya me había atravesado entera.
En esa época intenté escribir mi primera novela. Por supuesto, jamás terminé ese monstruito: las tramas se enroscaban y enroscaban hasta perderse. Aún me hundo de vergüenza al recordar el título: Memorias de una chica difícil. La protagonista, mayor que yo, vivía en la península, entre reformatorios y casas abandonadas. Una realidad lejanísima que, desde mi isla, intentaba arañar con los deditos de la imaginación y un mapa de España de Salvat con el lomo deshecho. Disfrutaba especialmente escribiendo las fugas. En una de ellas, la protagonista y un chico mayor que ella escapaban del reformatorio, robaban un coche y llegaban a Madrid. Yo jamás había estado en la capital, pero en mi cabeza latía muy fuerte, llena de promesas. Entre el gentío de un bar, los pequeños delincuentes aceptaban unas pastillas ofrecidas por un desconocido (así me habían dicho que llegaban las drogas a tu vida) y vislumbraban a Almodóvar. Él les sonreía. Nunca sabrían si había sido una alucinación.
Por todo esto y más, aunque siempre me han gustado las tormentas, la noche del rodaje temblaba. Éramos un grupo de actrices, directores de cine, artistas, cantantes, músicos, escritoras, un productor, una arquitecta, un director de orquesta y muchos mitos de hoy y de siempre, invitadas por Almodóvar a figurar en una escena de la que no sabíamos casi nada. “Una foto de grupo histórica”, dijo alguien de producción. Pero antes de rodar éramos, sobre todo, un grupo que esperaba, intentando no despintarse, no arrugarse la ropa, viviendo lo que cada una, alguna vez, había soñado a su manera. Mientras esperábamos, estalló la tormenta. Cuando amainó, nos llamaron a rodar.
Reconozco que, a veces, la obra en sí queda en un segundo plano frente a mi interés por los esfuerzos previos. Por encima de la culminación, amo los making of, los diarios de creación. Me gusta beber esos sudores. En ese sentido, ver a Pedro dirigir fue algo sobrenatural, una performance dentro de otra performance. Diría que, más que dirigirnos, nos contagiaba.
En un momento de Amarga Navidad, Bárbara Lennie visita a su madre, enferma en el hospital. Esta, ya perdida en los caminos de la demencia, le habla de una tormenta que sólo existe en su cabeza. Al final, la película nos abandona con el tecleo del ordenador, trepidante, fulminante, peligroso, constructor y destructor de vidas. El sonido de la vida transmutándose en algo superior. La mente que crea es esa tormenta: el momento exacto en el que el cielo, cargado de fuerza, se dispone al siguiente estallido ensordecedor. Al día siguiente no sabes si todo ha sido un sueño. Porque a lo que más se parece aquello es a la alucinación de una niña de doce años. Como si un desconocido te hubiese invitado a pastillas y Pedro Almodóvar te sonriese mientras una maquilladora te repasaba los labios.
