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Los 2000 han visto la consolidación de una suerte de subgénero dentro del terror en general y del juvenil en particular, que rara vez llama positivamente la atención de los críticos o incluso de los aficionados “serios” al cine de terror (sí: al parecer existe “algo” que se considera a sí mismo “aficionado serio al terror”, a pesar de que esto sea el más flagrante oxímoron posible).

Me refiero al tema o esquema argumental que constituye, precisamente, el núcleo duro de esta pequeña, divertida y absolutamente disfrutable pieza de genuina high school horror: la súbita aparición de un objeto maldito, a veces algún tipo de juego de mesa, videojuego o elemento similar, de origen extraño o desconocido, portador de una maldición ancestral que se encargará de eliminar de uno en uno a los desdichados que hayan entrado en contacto con él, ya sea de forma voluntaria o accidental.

A veces existe un set de reglas o normas (algo tramposas generalmente) que, por estupidez, ignorancia o casualidad, los protagonistas/víctimas rompen o incumplen, con las consecuencias esperables. En ocasiones, como en el caso de Whistle, ni siquiera eso: el azar, la maldad y una vaga venganza secular contra el colonizador blanco, bastan para que quienes soplan curiosos el macabro pero bien diseñado silbato precolombino del filme atraigan sobre ellos la muerte. Y no sólo sobre ellos, sino sobre cualquiera que haya sido expuesto a su silbido mortal.

Hemos tenido ouijas, cajas que encierran todo tipo de demonios, cintas de vídeo ochenteras malditas, juegos de rol diabólicos, tableros de mesa asesinos, juegos de adivinanzas, de “verdad o desafío”, cajas de música… La estructura es casi siempre la misma y, salvo excepciones, sus protagonistas son un puñado de adolescentes inconscientes que ponen en funcionamiento unas fuerzas del mal que generalmente asumen características virulentas, contagiándose como una enfermedad mortal. Algo quizá nada casual en el siglo que ha visto extenderse el Ébola, la gripe aviar o la COVID-19.

Pronto, al menos si la película es buena, los personajes son sangrientamente eliminados uno tras otro, hasta que alguno consiga desactivar la maldición. Si puede. Como todos los subgéneros de moda, su fuerza es también su mayor debilidad, ya que la fórmula se repite de manera siempre muy similar, una y otra vez, con ligeras variaciones. Y es en estas variaciones donde el degustador del mejor terror comercial, pelón y entretenil, encuentra razones de sobra para gozar con Whistle.

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La primera y principal de todas es el objeto u objetos transmisores de la maldición, en este caso un bello y macabro silbato precolombino en forma de cráneo, encerrado dentro de una caja de piedra, cuya mera aparición incita a su uso, con los resultados más terribles.

Lo precolombino posee siempre una fascinación especial gracias a su peculiar estética mitológica, además de un vago resabio reivindicativo, que vendría a representar la justa venganza, en forma de maldición sobrenatural, de las razas exterminadas o esclavizadas por el colonialismo occidental. En este caso, sin distinciones: la culpa es de todos. Aunque sin duda Mr. Craven (dudo que el apellido sea casual), el gran Nick Frost, se comporta como todo un mezquino descendiente del avaricioso blanco opresor.

También resulta apreciable la variante de maldición introducida por el filme de Hardy: el silbato fatídico invoca no a los muertos ni a la Muerte en sentido genérico (al estilo de la saga Destino final), sino a la muerte concreta que correspondería en su futuro a quien lo escucha, anticipando su llegada para presentar la factura por adelantado.

Entramos así en el maravilloso mundo de las “muertes creativas”. Nada hay más satisfactorio para el espectador del género que descubrir que todavía se puede innovar en las formas más espectaculares y sangrientas de proporcionar el descanso eterno en pantalla a un personaje o, de hecho, a unos cuantos. En este capítulo, Whistle reserva varias sorpresas verdaderamente truculentas e imaginativas, que no desvelaremos.

Por lo demás, Corin Hardy, experto en estas lides tras The Hallow (2015) y La monja (2018), dirige con eficacia, ritmo y sentido del espectáculo, orquestando unas cuantas buenas set-pieces y con diálogos convincentes, apoyados en un reparto juvenil bastante atractivo y funcional (o sea: en función de ser progresiva y gozosamente eliminado), en el que destacan personajes tan atípicos como el reverendo Noah, predicador, yonqui y camello oficial del instituto, cadavérico y desquiciado Percy Hynes White. No esperen personajes con grandes arcos dramáticos y profundidad psicológica. No estamos aquí para eso. Amantes de la “elevación” y alérgicos al terror juvenil, abstenerse.

Un objeto precolombino maldito, bonito y mortífero, muertes creativas, protagonistas jóvenes y atractivos, una gran fiesta de Halloween, guiños a Wes Craven (y otros)… ¿Se puede pedir más? Sí, por supuesto: un buen finale. Y Whistle lo tiene. Así que permanezcan atentos a las escenas post-créditos, aunque quizá sea conveniente taparse los oídos. Por lo que pueda pasar. Solo diremos que si hay un Whistle 2 podría entrar ya de lleno en el subgénero apocalíptico.

Whistle. El silbido del mal

Dirección: Corin Hardy.

Guión: Owen Egerton.

Intérpretes: Dafne Keen, Sophie Nélisse, Sky Yang, Jhaleil Swaby, Nick Frost.

Año: 2025.

Estreno: 20 de marzo.