Como Quentin Tarantino revivió a Sharon Tate, también el responsable de la fantástica comedia autobiográfica Quatretondeta (2016), Pol Rodríguez, confía una vez más en el poder de la ficción para echar cuentas a una historia real, pero injusta.
Es la historia de su familia, que sobrevivió casi cien años al cargo del restaurante Can Lluís, en el barrio del Raval, el “barrio chino” –ni la Guerra Civil ni una bomba anarquista pudieron con ellos–, y que convirtió su barra emblemática en espacio de encuentro de artistas, celebridades y, en última instancia, de la clientela vecina.
Hasta que un fondo de inversión israelí compró el edificio donde se situaban, subió el alquiler y, a pesar de las resistencias y negociaciones incansables de la familia, simplemente los echó.
El niño Pol Rodríguez vivió el esplendor tardío del negocio familiar, pero su recuerdo está empañado por un desahucio frío, impersonal, inexplicable en términos humanos. Quizás por ello, de adulto, ha necesitado explicar aquella historia con sus propias palabras, eso es, bajo el mismo nervio del thriller de calle que ya orquestó para su anterior serie, Year Zero (2022), producida por Kathryn Bigelow. Y quién sabe, puede que dándole al restaurante un final mejor.
“Para mí, personalmente, Ravalear es un espacio de venganza cinematográfica", explica el director. "Mi familia fue desahuciada de un negocio familiar de noventa años, y de alguna forma es un homenaje íntimo a esa vida de negocio familiar que para mí fue tan importante y que tenía cosas muy bonitas”.
Para sostener esta venganza que es fría pero sobre todo personal, Rodríguez ha contado con la mano de Isaki Lacuesta en la dirección de dos episodios, a quien conoció en el restaurante y fue su compañero en Segundo premio (2024). En el guion, encontramos a Edu Sola o Isa Campo, entre otros.
“Al mismo tiempo, creo que la serie tiene la posibilidad de denunciar una situación injusta”, asegura Rodríguez, que apunta que el 50% de las compraventas en España en los últimos diez años se han hecho sin hipoteca. "Eso significa que quien compra la mitad de las viviendas es gente que invierte”. Lo cual deja a las generaciones del mañana un futuro francamente negro en el derecho más básico, a la vivienda.
María Rodríguez Soto y Enric Auquer. Foto: Lucia Faraig
“Creo que todo el mundo que ve Ravalear siente en algún momento que podría estar ahí, que le podría pasar”, afirma sobre la precariedad universal a la que nos arrojan empresas sin conmiseración ni motivo. “Puedes firmar un contrato de alquiler el mes que viene y no sabes quién te vas a encontrar al otro lado, ni cuánto te va a durar”.
En la sección oficial del Festival de Berlín acaban de proyectar los dos primeros capítulos de una contienda de seis y con Enric Auquer, Sergi López, María Rodríguez Soto, Francesc Orella, Quim Àvila y Lluïsa Castell como los miembros de este clan que ya nada tiene que perder.
Produce Arcadia (Robot Dreams, El cuerpo en llamas) y llegará en unos meses a HBO y 3Cat. Conversamos con Pol Rodríguez poco antes del estreno mundial sobre mirar tu hogar con ojos de cineasta, la intersección entre familia y wéstern, y sobre la responsabilidad política y el deber asumido.
Pregunta. ¿Qué tiene de inherentemente cinematográfico, el barrio del Raval?
Respuesta. El Raval es muy curioso. Yo me he criado allí, he vivido allí mucho tiempo, y me preguntaba: ¿tengo que mirarlo ahora de forma cinematográfica? Retratar tu propio espacio, tu día a día, para hacer una película implica decidir dónde pones la cámara, qué contextualizas, qué miras...
»Cuando empecé a fijarme con ojos de cineasta pensé: vamos a subir cámaras a las azoteas, a las calles; vamos a mostrar esta multiculturalidad; vamos a rodar en espacios reales; vamos a mezclar actores con gente del barrio; vamos a dejar que la realidad se vaya filtrando poco a poco en el proyecto.
»No quería un plató. Busqué construir dentro del barrio, coger un edificio, rehacer un restaurante en un espacio vacío y que todo funcionara de verdad, de forma realista. Aspiramos a un thriller realista, sin pistolas.
P. El Raval es ahora la plaza de los skaters, el local de patatas fritas a 1€ en Joaquim Costa, la Fatbottom…
R. Yo he conocido otro Raval. Es un barrio en transformación continua, y no solo ahora. A principios del siglo XX la esperanza de vida allí era de 35 años.
»Es un kilómetro cuadrado densísimo, sometido a una presión urbanística brutal. Aquí la gente de fuera, del puerto, venía a divertirse. Es verdad que su población ha tenido pocos recursos, pero también es un barrio lleno de solidaridad y de lucha. Es uno de los barrios de Europa con más ONG y entidades socioculturales.
»Yo he vivido de todo allí: drogas, prostitución, pero también una unidad vecinal brutal. Era el sitio de los “coros” a principios del siglo, asociaciones que acogían a inmigrantes de Galicia o Andalucía para que tuvieran un espacio propio. Y esos coros todavía existen. Siempre lo he sentido como un espacio acogedor, hospitalario.
P. Durante su proceso de documentación, ¿a qué voces acudió?
P. Por un lado, ya tenía mi propia experiencia: siete años luchando contra un fondo de inversión para intentar salvar el negocio de mis padres. Pudimos reunirnos con ellos, intentar negociar condiciones, pero no lo conseguimos y nos acabaron echando. Eso ya sirvió de investigación.
»Después, mirando al Raval, no quería apropiarme culturalmente de realidades que no eran la mía sin entenderlas bien. Gracias a [la guionista] Maialén Vélez, contactamos con muchas asociaciones del barrio. Dábamos clases de catalán para estar con los chavales de la calle y entender qué les preocupa, cómo hablan, cómo se visten, en qué situación están.
»También investigamos con los Mossos d’Esquadra el tema de las ocupaciones: cómo ocurren, por qué, cómo se defienden, cuál es la ley. Y hablamos con colectivos okupas para entender sus razones. Es un terreno lleno de grises.
»Investigamos también a fondos como Goldman Sachs, hablé con brokers, y te das cuenta de que incluso el que trabaja en empresas como aquella está luchando por su trabajo, igual que el [obrero] de abajo. La diferencia es la escala: tú luchas por mil y ellos por dos millones. Eso afecta a muchísima más gente. Pero el drama personal conecta, y eso era lo que me interesaba: poner en el mismo espacio a una niña pakistaní de segunda generación de diez años y a una bróker de un fondo de inversión, y ver dónde se cruzan.
La familia de 'Ravalear'. Foto: Lucía Faraig
P. En el clan protagonista vi reflejada una idiosincrasia muy catalana, la jerarquía del hereu, el segundo, la jove… ¿Qué forma quiso dar a esta geometría familiar?
R. Primero, parte de una estructura parecida a la mía, con dos hermanos, uno más loco y otro más sensato. Pero lo que me interesaba era la idea de la memoria frente al progreso, el cambio generacional. Cuando heredas un negocio familiar, asumes la responsabilidad de salvaguardarlo, pero al final también tienes que romper con eso para tomar tu propio camino.
»Es un poco lo que plantea la serie a nivel urbanístico: ¿hasta dónde debemos preservar los espacios que nos dan identidad y cuándo cambiarlos para buscar nuevos terrenos? Me parecía una alegoría que funcionaba muy bien. También está el conflicto de tu identidad particular frente a la familia, y el valor de enfrentarte a ella. Eso genera chispas.
»Cuando tienes un negocio familiar sabes que hay algo ahí que debes sostener, pero también que hay límites. Metes cosas nuevas, intentas modernizarlo, pero no siempre funciona. Es verdad que tiene mucho carácter catalán, esta cosa del hereu, pero también responde a una clase trabajadora que tira hacia adelante como puede, que intenta mantenerse unida hasta que ya no puede más. La pregunta es: ¿hasta dónde puede esta familia seguir junta haciendo lo que hace?
P. Mientras hablaba pensaba: wéstern, es un wéstern total.
R. No la había pensado nunca como un wéstern.
P. Lo digo por figuras como la del patriarca, con la ley antigua y un código de honor, frente a los hijos más modernos. La herencia, la tradición frente a la modernidad…
R. Yo me la planteé más como una ficción más cercana al universo de la mafia.
Sergi López en 'Ravalear'. Foto: Lucía Fareig
P. ¿Por qué no contarla simplemente como un drama?
R. Porque es más divertido. Y porque me atraía no hacer un thriller de drogas. Pensaba: ¿cuál es el valor más importante hoy en nuestra sociedad, el que nos afecta a todos? El techo. La vivienda. Y cómo se trafica con eso, sin ningún pudor y bajo la ley.
»¿Hasta qué punto tienes que respetar una ley que no te está protegiendo? Me interesaba estirar ese límite, tensarlo. Cuando hablábamos con el equipo de guionistas era muy interesante porque cada uno tenía un punto de vista distinto. Unos defendían una posición, otros la contrario. Buena señal.
P. Estamos en la Berlinale, donde se ha debatido mucho sobre la pertinencia política en el cine… ¿Tú cómo lo ves?
R. Yo, viniendo con una serie política, siento que es injusto que seamos los creadores los que tengamos que hacer política. Cada vez hay más proyectos políticos, sí, pero nace de la necesidad de denunciar una situación que no funciona.
»Estoy haciendo política con esta serie porque no me ha quedado otra. Pero no debería ser nuestro papel. Nosotros somos creadores. La política la tienen que hacer los políticos, y hay que exigirles a ellos que la hagan.
P. ¿Y en términos de visibilidad? Tener voz, ¿implica una responsabilidad?
R. Sí, implica responsabilidad, porque estás construyendo un discurso que va a llegar a mucha gente. Aunque no sea desde la rabia, hay un discurso detrás. A veces te toca hacerlo, aunque no controles el contexto ni sepas cómo se va a interpretar. Pero la capacidad real de cambio político, esa la tiene la política.
