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“Me encanta el olor del napalm por la mañana”… No cualquier actor, dentro o fuera de Hollywood, hubiera podido decir esta frase tan siniestra como lapidaria a fuer de, por supuesto, apocalíptica, haciendo que sonara como auténtica poesía. Un actor demasiado joven o guapo, no resultaría creíble. Uno demasiado serio y veterano, demasiado triste.

Solo Robert Duvall, siempre igual a sí mismo y siempre diferente, tenía exactamente el físico y el carácter que podía convertir un personaje como el del Teniente Coronel Bill Kilgore en inmortal. Hasta tal punto que con tan solo unos minutos en la pantalla durante las casi dos horas y media de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), salimos del cine recordando tanto o más a Robert Duvall que a Marlon Brando y Martin Sheen. Algo que Coppola sabía muy bien, pues ya lo había experimentado al convertirle en el inolvidable consigliere de las dos primeras entregas de El Padrino. Eso, se llama carisma.

Algo que a Robert Selden Duvall, hijo de una actriz aficionada emparentada con el general Robert E. Lee y de un contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, le sobraba por los cuatro costados. Ni guapo ni con pelazo, ni gordo ni delgado, ni aparentemente musculoso (pero ojo, experto en jiu jitsu y bailarín de tango), Robert Duvall, que parecía no envejecer o bien no haber sido nunca demasiado joven, es el paradigma del gran actor de Hollywood en el que nadie piensa como estrella, pero que se convierte en una a la chita callando, a base de trabajo, buen hacer y mejor saber. 

Por supuesto, no hay que olvidar que antes de debutar en la gran pantalla, ni más ni menos que en Cómo matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird. Robert Mulligan, 1962), se había curtido en los escenarios teatrales, con un duro aprendizaje en la prestigiosa Neighborhood Playhouse School of Theater de Nueva York, estudiando con Sanford Meisner, quien aplicaba el sistema de Stanislawski con una metodología diferente a la del Actor´s Studio, pero no menos exigente.

Duvall salió de allí, donde también estudiaran su amigo Gene Hackman, James Caan, Steve McQueen, Diane Keaton, Dustin Hoffman o Joanne Woodward, entre otras figuras del Nuevo Hollywood, para interpretar a lo largo de toda su carrera, dentro y fuera de Broadway, obras de Tennesse Williams, Agatha Christie, Arthur Miller, Jean Anouilh, George Bernard Shaw o David Mamet, con quien estrenó American Buffalo en 1977. 

Por ello, no es raro que Duvall fuera capaz, con la misma ancha y noble faz de tribuno y la misma amplia y regia calva, de dar vida a cowboys y violentos hombres de la frontera —Valor de ley (1969), Joe Kidd (1972), Sin ley ni esperanza (1972), Lonesome Dove (1989), Gerónimo (1993), Open Range (2003)—, profesionales del crimen —La organización criminal (1973), Los aristócratas del crimen (1975), Asesinato a ritmo de tango (2002), donde baila y dirige a su última esposa, Luciana Pedraza—, profesionales de la lucha contra el crimen —Tras la huella del delito (1973), Colors (1988), Un día de furia (1993), John Q (2002)—, legendarios personajes históricos —Eisenhower en Ike (1979), Stalin (1992) o el general Lee en Dioses y generales (2003), todo queda en familia—, y “simples americanos vulgares y corrientes”: cantante de country alcohólico en Gracias y favores (1983), que le valió el Oscar; granjero en Tomorrow (1972) o El secreto de los McCann (2003); miembro de una bien diversa fauna deportiva, en El mejor (1984), donde le roba plano al mismísimo Robert Redford sin ser tan guapo, en Days of Thunder (1990), donde le roba plano a Tom Cruise sin ser… bueno, ya saben, o en Camino hacia la gloria (2000).

Fuera protagonista o no, Rober Duvall llenaba siempre la pantalla y era capaz de llevarnos al cine a ver casi cualquier cosa con tal de que en ella estuviera... Robert Duvall. Por no mencionar sus múltiples papeles televisivos, ganador también de un muy merecido Emmy por el western Los protectores (2007).

Profundamente americano, republicano a la antigua que dejó el partido en 2014 para seguir su propio sendero libertario —huyendo de la distopía como en THX 1138 (1971)—, Robert Duvall, igual que su amigo Gene Hackman, no era una estrella de cine al uso sino un actor con tremenda personalidad y carácter, que no simplemente “de carácter”. Un genuino hijo de Tespis que brilló durante setenta años en un Hollywood que, como él mismo, ya no es de este mundo.