En 2024, durante el bien llamado brat summer, a Charli XCX le propusieron producir un esplendoroso documental sobre la gira mundial verde limón. La cantante rechazó, al parecerle una forma demasiado tradicional de explotar su marca, heterodoxa y desafiante.
En The Moment, la versión ficcionada de Charli acepta: el resto es una caída en espiral hasta los fondos más bajos de la mercantilización de tu identidad, siempre en nombre del arte.
La artista lleva tiempo coqueteando con el cine, y en el último Sundance la vimos junto a Natalie Portman y Jenna Ortega en la sátira sobre el mundo del arte The Gallerist, así como en la nueva película de Gregg Araki, I Want Your Sex.
El germen de The Moment nace cuando Charli escribe una carta a su amigo Aidan Zamiri, también director del videoclip de 360: “Era un texto que captaba la complejidad de lo que significa conseguir algo por lo que has trabajado media vida, pero luego sentir lo frágil y lo efímero que puede ser”, explica en la presentación del proyecto.
Sobre la inseguridad y el aferramiento al éxito fugaz de una, se asienta el intricado sistema de engranajes con fines mercantilistas de todos. The Moment mira de frente a los agentes del sello musical (liderados por una impaciente Patricia Arquette), los expertos en redes que Charli olvida rápido bajo efectos de la ansiedad, una maquilladora divertidísima –y muy desaprovechada– a quien da vida la humorista Kate Berlant, y toda una sarta de inversores-sanguijuelas dispuestos a sacar partido del éxito de brat.
Bromeaba en Sundance: “Esa imagen final tan controlada es lo que ve el público, pero antes de llegar ahí hay un recorrido enorme que es un p*to caos. Hay ideas loquísimas que propone gente completamente desquiciada que no tiene ni idea de quién eres como artista. Las marcas entran en la sala sugiriendo conceptos totalmente absurdos. Y tú piensas: ¿Cómo narices ha llegado esto tan lejos en la cadena?”.
Charli XCX no quiere enseñarte nada
Más en el medio que en el centro del universo que convoca, Charli intenta tomar partido entre su única amiga y directora creativa (la cineasta Hailey Benton Gates) y el cineasta al que se encarga el rodaje de la película documental que hará del lucrativo brat summer un verano eterno, Johannes, una suerte de señor Burns disfrazado de joven.
Interpreta a esta bandera roja con patas un Alexander Skarsgård pletórico, en palabras de la música: “Una persona que cree saber de qué va el mundo, aunque no entienda nada”. Y admitía: “Todos hemos conocido distintas versiones de ciertos personajes de la película, pero ¿están basados en personas reales? ¡No! Legalmente, ¡no!”.
Puede que The Moment no destripe la realidad con nombre y apellidos, pero sí hay una verdad palpable en los momentos de máxima ansiedad bajando por el esófago de la industria musical. Es muy real la luz de gas de determinados jefecillos con ideas, coartando sin mala intención alguna, también el carácter pijo-juguetón de los cameos de Rachel Sennott y Kylie Jenner, vistiendo cómodas los prejuicios que sobre ellas se arrojan.
Incluso resulta real la interpretación aturullada de Charli XCX tratando sin éxito de dibujar un viaje emocional concreto ante la cámara espitada, opresiva y temblorosa de Sean Price Williams, el director de fotografía habitual de los hermanos Safdie. Y las perogrulladas argumentales que en este clima ansioso vayan emergiendo –que no son pocas–, bajo la lógica cien por cien brat del “es lo que hay”, no serán nada más ni menos que eso: entretenimiento autosuficiente y despreocupado.
Una boutade repleta de estrellas
Karim Aïnouz es uno de los grandes nombres del cine queer brasileño contemporáneo tras Praia do futuro y Motel Destino, pero en su faceta comercial (La última reina. Firebrand) no parece encontrar un registro en el que ubicar su escritura dolorosamente colorista e hiperbólica. Prueba fehaciente de esta escritura autoral gratuita o provocación por sinónimo “pollo sin cabeza” es la extravagante Rosebush Pruning, que adapta libremente el debut cinematográfico de Marco Bellocchio, titulado Las manos en los bolsillos (1965).
No hay mucho que pueda escribirse al respecto de la trama que imagina, sobre un guion del colaborador habitual de Yorgos Lanthimos, Efthimis Filippou: en una opulenta masía del campo catalán, los hermanos que interpretan Jamie Bell (Desconocidos), Calum Turner (Animales fantásticos y dónde encontrarlos), Riley Keough (Jay Kelly) y Lukas Gage (Euphoria) pasan sus días ociosos sacando punta a sus excentricidades mientras, por debajo, dejan hervir una tensión sexual incestuosa y la violencia tras una convivencia marcada por los juegos de poder.
Mientras tanto el padre de la familia (Tracy Letts, el padre de Mujercitas) vive una segunda vida marcada por la ausencia de su esposa (Pamela Anderson, compartiendo escenas con Elena Anaya), que antes de morir devorada por unos lobos salvajes –o eso dicen– lo dejó ciego al deslumbrarlo con su dentadura nívea.
Cuando Elle Fanning se presenta como la nueva pareja de Jack (Turner), el equilibrio que el hermano mayor proporcionaba a la familia empieza a tambalearse y, de aquí, a una sucesión de provocaciones aunadas por el mero surrealismo: felaciones con pasta de dientes, carreras a caballo directas al precipicio y, en general, unos personajes preocupantemente dibujados para el lucimiento de la excentricidad.
Si heredara, como pretende, las virtudes de El discreto encanto de la burguesía, la de Karim Aïnouz lograría ser una película muy diferente. Sin embargo, aquí todo el mundo podría marcharse a casa cuando quisiera, y nos falta un hilo conductor relevante más allá de una narración machacona.
Elle Fanning, Jamie Bell, Riley Keough, Callum Turner, Tracy Letts y Lukas Gage en 'Rosebush Pruning'. Foto: Felix Dickinson
Ni lo excéntrico de este tropel de caras guapas y adineradas logra ligar los grumos de sinsentido en un todo interesante que ver, por realmente divertido o por emocionante.
En tono, Rosebush Pruning apuesta por un medio camino parecido al del drama y la sátira triste de Langosta, pero la suma entre este viñetario farsesco y la predestinación trágica que se advierte tras los sangrientos lazos familiares solo lleva a la negrura más absoluta y, francamente, aburrida.
