Conocido por sus sucesivas interpretaciones de Thor —cuatro en solitario y otras tantas en Los Vengadores—, Hemsworth es la estrella más "blanca" de Hollywood: carne de blockbuster, guapo a rabiar, con encanto natural y muy eficaz en lo suyo. Pero también quiere ser un "actor serio".
Si Dwayne Johnson suspira por el Oscar con The Smashing Machine, dando vida a un luchador de puño duro y corazón tierno, Hemsworth busca su redención interpretativa con Ruta de escape, adaptación de una novela de Don Winslow, autor ya llevado al cine con éxito por Jane Campion en El poder del perro (2021).
Son muchas las estrellas que acompañan al actor: Halle Berry como una agente de seguros engañada por el sistema, Mark Ruffalo como un policía orondo y cascado… pero Ruta de escape es, ante todo, un poema a Hemsworth.
El personaje lo conocemos bien, porque al cine y a la literatura norteamericanos les fascina desde siempre. Es el lobo solitario: el hombre que no se casa con nadie y vive al día, como si el mundo fuera a derrumbarse en unas horas. El cine francés —que siempre ha copiado muy bien a Hollywood— lo clavó con Alain Delon en El silencio de un hombre (1967), de Jean-Pierre Melville.
La propia Ruta de escape rinde homenaje explícito a los thrillers de calado social y político de finales de los 60 y 70, un periodo de renovación en un Hollywood cuya era "brillante" había terminado y que encontró en voces más personales y comprometidas una salida a su crisis. Ahí están los nombres de Martin Scorsese, Robert Altman o Michael Cimino.
Un guiño al pasado que llega en un momento en el que Hollywood atraviesa, de nuevo, una crisis del blockbuster. Tras la cámara está el británico Bart Layton, conocido por el documental El impostor (2012) y por American Animals (2018), también centrada en un robo. Layton comprende y homenajea con intensidad a los clásicos, aunque no siempre logra brillar a su misma altura.
En Ruta de escape se mencionan de forma directa thrillers protagonizados por Steve McQueen, como Bullitt (1968), donde los bólidos y las miserias de la élite juegan un papel central, o El caso de Thomas Crown (1968), en la que McQueen interpretaba a un millonario que roba por pura adrenalina. La idea es clara: repetir la fórmula que convirtió a McQueen en una estrella mundial, todavía añorada.
Películas de acción, con muchos gozos visuales y, en este caso, infinitas persecuciones en coche por la "101" del título original (Crime 101): la autopista que circunvala Los Ángeles y por la que el protagonista huye a toda velocidad tras cometer sus robos.
El buen ladrón
Se llama Jim Davis y es "el buen ladrón". La película no justifica sus actos, pero sí los contextualiza: nació pobre —algo malo en todas partes, pero vergonzante en Estados Unidos—. Ambientada en un Los Ángeles sofisticado, Ruta de escape aspira a ser una crítica de una sociedad hipercapitalista en la que solo cuenta el dinero.
Divertida de ver, a veces resulta un poco obvia en su búsqueda —oh paradoja— de la "complejidad moral". El mensaje es conocido: las élites están corruptas, todo el mundo "roba" lo que puede —explotando a trabajadores o beneficiándose de un sistema implacable—, y la pregunta queda en el aire: ¿quién es el bueno y quién es el malo?
La perfidia de esas élites se encarna aquí en un millonario viejo y evasor de impuestos que, cómo no, va a casarse con una joven de 25 años. Ruta de escape se sostiene gracias a sus imágenes espectaculares, un sentido del drama bien engrasado y unas vistas muy hermosas de Los Ángeles.
Hemsworth, algo inexpresivo, a veces carece del ardor necesario para que aflore ese "corazoncito" que la película insinúa. Berry está magnífica. El verdadero problema es que se echa de menos la ambigüedad de los ricos malvados del cine clásico, los de Tener y no tener o El sueño eterno: decían lo mismo, pero sin dirigir al espectador de forma tan explícita hacia una conclusión previa.
