En una edición excepcionalmente escasa para la cosecha española, Iván & Hadoum hereda el testigo de la Sorda de Eva Libertad, premio del público y de los exhibidores europeos (CICAE) en la sección Panorama del año pasado.
Se trata del debut de Ian de la Rosa, guionista de Veneno y director en Vestidas de azul, y tras los muy laureados cortometrajes Farrucas (2021) y Victor XX (premio en la Cinéfondation de Cannes en 2015).
Un Romeo y Julieta sobre el telón de un pueblo recóndito en la Almería de los campos de hortalizas: allí, Iván, joven capataz en deuda perpetua a una familia que lo sostuvo durante su transición de género, se enamora de Hadoum, un peldaño por debajo en la fábrica y asimismo en deuda a sus compañeras trabajadoras, todas en peligro ante un ERTE inminente.
Ian de la Rosa entiende a “Iván como núcleo emocional y Hadoum como contrapeso a todo lo que Iván cree que está obligado a ser”, explica en una entrevista previa al estreno.
“La intimidad es una forma de resistencia y que una revolución a gran escala siempre comienza con pequeñas revoluciones personales”, continúa, “y de eso trata esta película: de cómo el amor puede ser el inicio y el motor de una revolución que comienza a nivel personal”.
Iván & Hadoum aspira a ser divulgativa y emocionante a partes iguales. Por un lado, y desde el realismo sensible ya andado por sus hermanas mayores en el canon del Nuevo Cine Español (de Ojos negros a Secaderos), Ian de la Rosa trabaja por visibilizar los escollos de este romance prohibido –desvergonzadamente arquetípico– integrándolos sobre una escritura cercana, de estética documental.
Los cuerpos deseantes como móvil de la transgresión social, la clase como dique último de los afectos; los temas para una lectura provechosa quedan todos a la vista, entregando texto y guía de lectura fácil a la vez.
Más interesantes resultan las fugas que propone la misma película, borrones sobre la claridad del ensayo: los encuentros sexuales entre Iván y Hadoum –escondidos entre dunas, rocas y hazas– subvierten la organización ortodoxa del cuerpo en escena, del paisaje como telón de fondo.
Son cuerpos entre la polvareda, recortados ante la luz nocturna de la costa, imprimidos en negativo por las cámaras de infrarrojos que vigilan los campos.
Cuerpos, sin embargo, que se escapan por entre paréntesis demasiado breves y no muy afilados. Como sí logró El agua de Elena López Riera (un debut trampa, pues ella lleva muchos más años a las espaldas), servidore desearía que la representación del eros asalvajara de veras la fórmula conocida y la desbordara en una mezcolanza cinematográfica realmente transgresora. Por suerte, a Ian de la Rosa le queda cine por delante.
Sunny Dancer encandila Berlín
Hay algo de cuidadoso en juzgar una película por sus propios términos, especialmente ante propuestas como la segunda película del actor y director George Jaques (al lado de Jude Law en la colosal The Third Day: Autumn), de 25 años.
Sunny Dancer basa todo su encanto en el carisma de Ivy (Bella Ramsey), una joven de 17 que tras superar un cáncer acude a un campamento de verano para adolescentes con historial oncológico y que, sí, con la lengua bífida pero encantadora de Claudette Colbert y las otras heroínas del screwball, deja muy claro a sus padres (unos deliciosos Jessica Gunning y James Norton) que no quiere estar allí.
Jaques, también al cargo del guion, deja bien demarcadas las sombras de la conmiseración de las que Ivy trata de escapar rebelándose ante todas y cada una de las iniciativas “inspiracionales” del apodado “campamento quimio”, que regenta Neil Patrick Harris (porque, como en cualquier marginalidad, la frontera es difusa entre el caso inspiracional y un bonito florero).
Por contra, Sunny Dancer se escribe como un diario netamente optimista sobre un verano luminoso, un coming of age donde el cáncer es el centro de todas las conversaciones pero que, a la práctica, se construye sobre escenas de euforia adolescente soñada, con exceso de montajes musicales con hits trillados (pero infalibles) de Scissor Sisters o James Blunt, y con unos pocos inconvenientes argumentales que no cuestionan nunca la felicidad de su grupo de jóvenes protagonistas.
Sunny Dancer aspira a la euforia, al reconocimiento de une misme a través de la gasa embellecedora del cine. Si lo consigue, es abrazando las bondades de la fórmula conocida y apostando por un coro de jóvenes con filmografías muy breves a sus espaldas, juventud genuina.
Earl Cave, Bella Ramsey y Neil Patrick Harris posan en un photocall de 'Sunny Dancer' durante la 76ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Foto: EFE/EPA/Fabian Sommer.
Queda poco para que los adolescentes Daniel Quinn-Toye, Conrad Khan o Earl Cave adquieran la notoriedad que les separa de Bella Ramsay tras el éxito de The Last Of Us.
Ahora, y lo saben los directores de casting Daniel Edwards, Lucy Allen y Tom Payne, también tras Heartstopper, es la estación de la coming of age genuina.
Y ya está bien así. Explica George Jaques como quiso erigir un templo a la alegría, a pesar de todo. Cuando las criaturas padecen cáncer en las películas, dice, “es todo tan deprimente. Obviamente, la gente muere, y eso es horrible.
Pero no es frecuente encontrar a un joven con cáncer que se sienta simplemente miserable. Todos intentan disfrutar al máximo de la vida”.
Asimismo, recuerda, “están hartos de que los representen como niños enfermizos y calvos; quieren que se les muestre como estas personas que, aunque se enfrentan a lo peor que les puede pasar, siguen superándose y encontrando luz en los lugares más inesperados”.
Por ello, la película sólo patina cuando se ensombrece, en un último giro desequilibrado y fuera de lugar en términos de tono. Es decir, cuando antepone el efectismo argumental a la alegría; priorizando la receta al bizcocho, la perorata inspiracional a la vida por delante.
