Desde los orígenes de la carrera aeroespacial, o puede que antes, desde que la modernización de la astronomía empezara a mapear la inmensidad del cosmos, una pregunta ha obsesionado al ser humano: ¿Estamos solos en el universo? En esa inmensidad de estrellas, satélites y planetas, ¿de veras la biología no ha encontrado un camino alternativo al que ha desarrollado en la Tierra?
Pero la cuestión para el hombre no es la existencia de otros seres que simplemente se nutran y se reproduzcan. Lo que se plantea es si allá afuera no habrá otro que, como él, comprenda, que, como él, piense y cree. Alguien con quien se pueda comunicar de tú a tú. Se trata, en el fondo, de un "¿hay alguien ahí?" al que se teme que nadie responda, pero más aún que alguien, de hecho, lo haga.
Pero puede que ese interrogante no sea más que un reflejo de una especie de pecado original: el de haber sido los responsables del exterminio de otra especie humana que también era capaz de razonar y comprender el mundo. Y es que, en los remotos tiempos del Paleolítico, hubo una humanidad alternativa a la que constituyó el Homo sapiens: el neandertal, con quien compartimos linaje (que se ramificó probablemente a la altura del Homo heidelbergensis) y que desapareció hace entre 30.000 y 40.000 años.
El arqueólogo y paleoantropólogo francés Ludovic Slimak (Francia, 1973) ha dedicado su vida al estudio del Homo neanderthalensis. Entre excavación y excavación, a veces dedica algo de su tiempo a difundir pequeños extractos del inmenso conocimiento que desentierra en los yacimientos.
En 2024, llegó a nuestro país El neandertal desnudo (Debate), en el que rechazaba ciertas ideas preconcebidas sobre estos homínidos. Ahora, con El último neandertal (Debate, 2026), se centra en el final de esta especie, desmintiendo de nuevo ciertos mitos y sacando a relucir las conclusiones a las que podemos llegar con la —en la mayoría de casos vaporosa— información de la que disponemos.
El punto de partida de Slimak es el descubrimiento en 2015 de los restos de un neandertal en el yacimiento de la cueva de Mandrin, en el valle del Ródano, en Francia. Un hallazgo que, durante varios años, pondrá patas arriba no solo las concepciones del propio paleoantropólogo, sino todo el conocimiento hasta ese momento acumulado respecto al ocaso de esta especie.
El neandertal de la cueva de Mandrin es bautizado por Slimak como Thorin, en honor a un rey enano de la saga de J.R.R Tolkien El señor de los anillos. Uno de los últimos de una raza que se acerca lentamente a la extinción.
Cubierta de 'El último neandertal' (Debate, 2026)
Slimak y su equipo se topan con parte de la mandíbula y algunos dientes de Thorin. Más tarde, encontrarán fragmentos de la cara y cráneo y falanges de la mano izquierda. El revuelo es mayúsculo porque este repertorio de huesos está en una capa muy superior de lo que debería estar. Ni siquiera están en el interior de la cueva. Lo encuentran en un hundimiento natural junto a la pared exterior de la cueva, rodeado de varios objetos de sílex que, posteriormente, datarán en torno al 42.º milenio antes de nuestra era.
Ello lo convierte en uno de los últimos de su especie. Pero, para Slimak, la datación arqueológica de Thorin según las herramientas que le rodean es insuficiente. Al fin y al cabo, está en una capa mucho más externa que la correspondiente a los últimos milenios de la especie neandertal.
Para dilucidar esta incógnita, se sumerge en una investigación "paleopolicial" en la que se sirve de otras ramas de la ciencia. La sorpresa vendrá, de nuevo, cuando la radiometría por carbono-14, por un lado, date a Thorin en el 35.º milenio, y la paleogenética, por otro, lo sitúe en más allá del 100.º milenio.
Es en ese momento cuando nos imaginamos al arqueólogo sosteniendo la mandíbula de su neandertal a la manera de Hamlet y, en lugar de aquello de ser o no ser, espetando un "¿Pero y a ti qué demonios te pasa?".
A Thorin no le pasa nada, pero a la ciencia sí. Finalmente, y corrigiendo unos asuntos relacionados con la calibración y la asunción de presupuestos erróneos en el mundo científico —cuestiones que tantas veces han puesto la zancadilla al progreso—, la edad del neandertal de Slimak queda fijada entre los 42.000 años y los 45.000 años.
Aunque no tan reciente como lo que el carbono-14 apuntaba en un primer momento, Thorin sigue siendo uno de los últimos de su especie. Al menos en esa parte de Europa, pues en las cuevas de Gorham y Vanguard, en el peñón de Gibraltar, se han encontrado instrumentos de artesanía neandertal que se calcula que tienen unos 28.000 años.
Precisamente en los descubrimientos de las cuevas gibraltareñas es donde el paleoantropólogo francés se apoya para emitir una de sus teorías, que a su vez escucha de Clive Finlayson, director del Gibraltar National Museum: durante la última glaciación, el nivel del mar estaba mucho más bajo que en la actualidad, dejando a la vista y disponible para su uso un corredor en el litoral mediterráneo que conectaría con el Ródano.
Según sostiene Slimak, es probable que, en los milenios inmediatamente previos a su extinción, los últimos neandertales se dirigieran a la Península ibérica por esta ruta. De hecho, el arqueólogo francés plantea la posibilidad de que el valle del Ebro se erigiese durante un tiempo como frontera social entre los Homo sapiens y los Homo neanderthalensis.
Área de distribución máxima del 'Homo neanderthalensis'. Foto: Wikimedia Commons
Algo que, por otro lado, también sucedió con el Ródano, según apuntan los descubrimientos en una y otra orilla del río francés. Tal y como se ha podido comprobar en las herramientas encontradas en los yacimientos de cada lado, durante un tiempo hubo un intercambio de conocimiento que, de pronto, se interrumpió: los unos aprendieron de los otros hasta que el canje de información se truncó y nunca se volvió a restablecer.
Y sin embargo, todavía no se conoce con exactitud la naturaleza del encuentro entre ambas especies. Pero, aunque no hay pruebas físicas fehacientes de un contacto, algo sí sabemos: los europeos portamos en nuestro genoma un leve legado genético neandertal.
De lo que también está seguro Slimak es de que la presencia del Homo sapiens es, de una forma u otra, causa directa de la extinción del neandertal.
Las poblaciones neandertales se extendieron por Eurasia. Nunca pisó África, de donde procede el hombre moderno. Este, por su parte, no pisaría Europa hasta el 57.º milenio aproximadamente.
En los 350.000 años de existencia del Homo neanderthalensis, coincidió 15.000 con el Homo sapiens. 15 milenios que serían los últimos.
Cuando la ciencia alcanza sus límites dejando demasiados vacíos como para plantear ninguna conclusión firme, Slimak recurre a la razón lógica y, sobre todo, a dar marcha atrás en asunciones que, según afirma, son erróneas porque se plantearon desde nuestra esfera subjetiva. O, lo que es lo mismo, tratamos al neandertal, aquel "otro" remoto, como a un Homo sapiens, como si ellos tuvieran la misma forma de percibir el mundo que nos rodea.
Lo que nos diferencia de los neandertales —señala Slimak— no es un supuesto salvajismo de estos ni una inteligencia superior por nuestra parte. Se trata, en cambio, de nuestra capacidad de repetir lo eficaz, de homogeneizar. Cada una de las herramientas de manufactura neandertal es única. Sin embargo, en el caso del Homo sapiens, "vistas 100, vistas todas", afirma el paleoantropólogo.
Ahí radica la "superioridad evolutiva" del hombre frente al neandertal: trajo a Europa una nueva forma de comprender el mundo a través de la simplificación y la estandarización. Cómo ello afectó concretamente a la supervivencia del Homo neanderthalensis, aquel "pecado original" que nos dejó totalmente solos en nuestro planeta, todavía es un misterio. Quizás sea necesario encontrar una nueva especie pensante mientras buceamos en el cosmos para resolverlo.
