Se publica en castellano otra novela de Gaito Gazdánov (1903-1971), y eso es una jubilosa noticia para sus lectores españoles. No sé si somos pocos (todavía) o somos muchos, pero estoy convencido de que somos entusiastas y de que estamos ávidos de conocer los libros suyos que nos faltan.

Descubrimos en su día un “toque Gazdánov”, una escritura creadora de una atmósfera muy especial, de un clima de romanticismo, ensoñación y pesadilla, en los que resuenan ciertos géneros novelescos clásicos. Una evanescente base realista queda intervenida por elementos existencialistas, metafísicos y fantásticos que la transforman por completo.

Mi fascinación por Gazdánov se produjo, con trompetas de epifanía, con la lectura de El espectro de Aleksandr Wolf (1948) y El retorno del Buda (1950), publicadas ambas por Acantilado con traducción de María García Barris, traductora también ahora de Despertar (1966), recién editada por Karwán.

Acabada la II Guerra Mundial, en la que participó en condiciones desalentadoras, Pierre, un irrelevante contable parisino, muy desnortado y afligido por la muerte de su madre -su padre ya había muerto-, acepta la invitación de François y su familia e inicia sus vacaciones en un indeterminado lugar del sur francés, una zona boscosa -el inquietante paisaje es fundamental- en la que ocupará una austera y destartalada cabaña en la alejada finca de su amigo.

Un día, al atardecer, tumbado sobre su cama, siente una presencia y una mirada. Es una mujer, vestida sólo con una camisa pegada al cuerpo por la humedad, desaliñada, despeinada, descalza, inmóvil. No responde a sus preguntas, se aleja, desaparece. La aparición es realmente fantasmal, “algo realmente espeluznante”, piensa Pierre.

Trastornado, obsesionado, Pierre pregunta a su amigo: ¿quién es esa mujer? François responde embargado de dolor: “una bendita o una loca”. Le da alguna información, aunque poco sabe: no conoce su nombre, la llama Marie, apareció tirada en un camino, inconsciente, ensangrentada, hará unos cinco años, en 1940, en plena ofensiva alemana. La acogieron en la caseta del guarda de la finca, donde le llevan comida. No habla. “Vive como un animal enfermo e infeliz”, dice el amigo, sumergida “en algún tipo de oscuridad animal”. No conoce la higiene, no controla sus funciones corporales. Apesta. Sus ojos claros expresan siempre miedo. François confiesa que no ha trasladado a Marie a un hospital o a un manicomio porque ha preferido estar a la espera de que suceda algo, de que ella pueda mejorar o restablecerse. ¿De que suceda qué?

Y aquí llego al momento en el que, en determinadas ocasiones, sin saber si acierto o me equivoco -aunque sí que mi comentario queda muy limitado-, me resisto a revelar la continuación de la trama. Sólo diré que Pierre decide ocuparse de Marie, llevársela a su casa de París, cuidarla para ver si es posible su recuperación.

¿Pero quién es en verdad esa mujer? ¿Por qué apareció herida en un sendero? ¿Será peligroso convivir con ella? ¿Cómo era su pasado? ¿Ese pasado volverá a ella o sobre ella? ¿Llegará a recordarlo? Y si lo recuerda, ¿cómo reaccionará? Y si se recupera, ¿qué determinación tomará? ¿Cómo afectará a la vida de Pierre el arriesgado compromiso de atender a Marie? ¿Podrá convivir con ella antes, durante y después de una eventual transformación de Marie?

Es evidente que, libre siempre aquí del compromiso de hacer una crítica canónica, prefiero mil veces estimular la lectura de esta novela y de este escritor que encuentro tan diferente a la mayoría de sus colegas del siglo XX.

Nacido en San Petersburgo, joven combatiente en el Ejército Blanco en la guerra civil rusa, exiliado tras la victoria bolchevique, itinerante por Turquía y Bulgaria hasta instalarse en París en 1923, empleado en varios oficios alimenticios que intentó hacer compatibles con la escritura, nacionalizado francés tras colaborar con la Resistencia contra los nazis, periodista en Múnich desde 1953 en la emisora antisoviética Radio Liberty, Gaito Gazdánov escribió nueve novelas en las que recogió ecos de la tradición rusa y los fusionó en narraciones poco extensas, aunque de gran densidad literaria y de pensamiento, con diferentes esquemas de género, que pueden ir desde el detectivesco-criminal hasta el fantástico.

Se lee Despertar en blanco y negro. Las otras dos novelas citadas ya me parecieron que, siendo cien por cien literarias, ofrecían una imaginería y un imaginario muy cinematográficos, aunque todas son muy difíciles de adaptar al cine. Por dos motivos principales: porque en ellas, aunque la acción exterior sea muy sugestiva, tiene una enorme importancia el mundo interior de los personajes: sus traumas, sus afectos, sus turbulencias psicológicas, sus antecedentes. También, porque, sin perder la proporción respecto a las sugestiones de la trama, Gazdánov ahonda en un universo espiritual y metafísico y no renuncia a filosofar expresamente dentro de coordenadas existencialistas.

Uno lee Despertar, no sé, tomando prestadas imágenes del cine de un Von Sternberg o un Carné, mientras, según el momento, se siente transitando territorios de un Poe, un Dostievski, un Camus o un MacOrlan. Hay algo decididamente tenebroso y nocturno en las novelas de Gaito Gazdánov, novelas de escritor mayúsculo, muy literario, que se demora para dar grosor y profundidad de campo a personajes -su pasado emocional y afectivo- y situaciones, al tiempo que domina estrategias narrativas -giros, sorpresas, intriga- más cercanas a novelistas de mayor vocación popular. Esta mezcla lo singulariza enormemente. Como también su peculiar combinación de aspereza y ternura.         

Escribe: “Estamos entrando en la era del triunfo del individuo medio, en que decenas de millones de personas vivirán una vida idéntica, en las mismas condiciones, e incluso se asemejarán externamente, como ya se puede observar en algunos centros industriales del mundo. Observe al individuo medio y verá que en su vida no hay nada inesperado, nada extraordinario, nada sobresaliente: no es capaz de heroísmo, ni de mezquindad extrema, ni de realizar un delito que pueda distinguirlo de los demás, ni de la generosidad que podría hacerlo diferente a sus contemporáneos”.

Estas palabras, que a todos atañen, conciernen muy especialmente, sin duda, a Pierre. A Pierre, antes de conocer a Marie, antes de tomar la decisión de cuidar de ella. Después, todo cambia, lo que no quiere decir que Pierre deje de ser un tipo corriente. Sucede que los tipos corrientes, en según qué circunstancias, pueden llegar a ser algo que ni ellos ni nadie podía imaginar. Las novelas de Gaito Gazdánov nos hacen asomarnos siempre a un mundo que es éste, pero que está más allá de lo previsible.

@manuelghidalgo